• Alejandro Deustua

Política Exterior Pendiente

Los discursos inaugurales de los Jefes de Estado tienen en el Perú múltiples variantes. Pero sean estos referidos al cambio de época (Belaunde, 1980), a una gran estrategia (la fallida de Alan García, 1985) o a requerimientos más funcionales (Toledo, 2001) todos destacan el diagnóstico, adornan con elocuencia una gran visión (a veces desmedida) y emplean un formato amplio.


No ha sido éste el caso del mensaje presidencial del Presidente Kucyznski que, en versión austera, ha proclamado la unión como leit motiv, a Belaunde como inspiración, al bicentenario como referencia, la “revolución social” como instrumento político y un “país moderno” como objetivo.


En él el gran diagnóstico fue recortado y reemplazado por propuestas ligadas, casi todas, a la provisión óptima de servicios básicos, a identidades elementales (“un país serio”) y al logro de un cierto status (el “mejor clima de negocios” de la región y la membresía en la OCDE).


A la parquedad de estas dos últimas aspiraciones se agregó un gran vacío instrumental en el sector externo limitado a una mención cooperativa y de integración.


En este marco, la responsabilidad de la presentación de políticas por el Primer Ministro es inmensa y el techo sectorial bien alto. Y en política exterior, que no es un capítulo central en estos mensajes, lo es aún más porque el contexto económico y de seguridad no es bueno.


Por lo demás, si en el ámbito vecinal los lineamientos ya están arraigados es necesario conocer qué hará el Perú frente a ciertas innovaciones estratégicas. Entre ellas resaltan el cambio del orden interno en Colombia (que por primera vez en medio siglo abarcará todo el espacio y a todos los habitantes de ese país), la mejor relación con Chile más allá de la restauración de los mecanismos institucionales o la interconexión eléctrica sin que el triángulo terrestre se oculte en el desván y los requerimientos chileno-bolivianos luego de que de la Corte de La Haya se pronuncie sobre si existe o no obligación chilena de negociar la salida boliviana al mar.


Y en una región en el que el autoritarismo renace (a la inaceptable realidad venezolana se suma hoy el golpe nicaragüense sin que en Cuba la represión flaquee) y el proteccionismo quisiera compensar las aperturas de Brasil y Argentina (Ecuador se resiste nuevamente al libre comercio incluyendo el andino), es importante tener certeza de que la cooperación no implicará aceptar una reemergencia regresiva.


Por lo demás, si el mayor compromiso de Estados Unidos con un socio regional (la ayuda a Colombia en el “post-conflicto”) no elimina la incertidumbre que genera la candidatura de un insensato aislacionista algunas previsiones deberán presentarse frente a esa eventualidad. Apostar al triunfo de la señora Clinton no basta.


Y más allá de la APEC y del TPP, las consecuencias estratégicas de la inversión china en momentos de expansionismo marítimo de esa potencia merece la evaluación de nuestra relación con el Asia. No menos exige nuestra relación con Europa post-Brexit.


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