• Alejandro Deustua

Política Exterior 2015

En el recuento de los mayores logros de política exterior del 2015, la Cancillería destaca los roles de un nuevo mecanismo de relación con tres países vecinos (las reuniones presidenciales y de gabinetes binacionales), de la diplomacia presidencialista en el ámbito regional y extra -regional y del multilateralismo restringido al ámbito de la Asamblea General de la ONU.


La innovación institucional en la relación con Ecuador, Colombia y Bolivia consiste en la aproximación sectorial (digamos, funcionalista) que complementa a la política tradicional y privilegia el ámbito de frontera como foco de atención.


En efecto, las reuniones presidenciales y de gabinetes binacionales se han ordenado en ejes temáticos (en general seguridad y defensa, asuntos sociales, medio ambiente y temas comerciales y de producción). A partir de la suscripción de los acuerdos de paz con Ecuador (1998) esas reuniones (8) han ordenado un microcosmos cooperativo que ocupa desde el desminado conjunto y creación de infraestructura hasta la atención especializada a los asuntos de pobreza (sin olvidar asuntos de más amplio alcance nacional como la organización de centros de comercio y navegación comprometidos en Brasilia o la dimensión histórica del Golfo de Guayaquil).


Esa rutina generadora de integración y confianza que compensa la diferencia ideológica entre ambos gobiernos no ocurre con Bolivia. A pesar de que el Titicaca y el altiplano presentan oportunidades de cooperación e integración sin par, el funcionalismo no logra superar el peso político en la relación con ese país.


Quizás ello se deba al irredentismo boliviano (que empequeñece la agenda), su expresión antiliberal (que bloquea la integración tradicional) y la construcción de una mitología oficial indigenista (que distorsiona el interés nacional boliviano).


Ello obliga a replantear mecanismos (la gestión del Titicaca y su cuenca) y facilidades desaprovechadas (zonas francas, accesos portuario y carretero) mientras se avanza en cooperación sectorial.


En cambio, la relación con Colombia se ha enriquecido con el nuevo mecanismo generando sinergias en el Putumayo. La cooperación de seguridad binacional se ha incrementado en la zona tanto como la atención a los asentamientos humanos y la proyección de integración comercial en el área.


La relación con Chile y con el Brasil no ha accedido a esta nueva aproximación. La primera por la persistencia de la problemática limítrofe que Chile plantea hoy en tierra y la segunda quizás por las complicaciones internas de la potencia regional.


En todo caso, este nuevo escenario intersectorial muestra que la Cancillería no es el agente exclusivo de la política exterior.


Así, en el plano multilateral la Cancillería no lista las COP 20 y 21 (de responsabilidad del Minam) ni la reunión anual del Banco Mundial y FMI (en el ámbito del MEF) prefiriendo destacar el rol jugado en la aprobación de la Agenda 2030 (indispensable herramienta de desarrollo) por la Asamblea General de la ONU.


En el escenario extra-regional la consolidación de la presencia económica (España) o de la tecnológica (Corea) requirió, en cambio, del presidencialismo como ocurrió en el ámbito regional (CELAC-UE, Shengen).


En casos como el de la Alianza del Pacífico el presidencialismo pudo ser útil para el liderazgo formal pero no para el impulso real (mayor interdependencia en un escenario promisorio pero aún escasos intercambios).


En el caso del conflicto interno venezolano, el presidencialismo se ejerce negativamente. El silencio oficial sólo ampara allá la confrontación y avala el autoritarismo.


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