• Alejandro Deustua

Política Antes del Grexit 2

Grecia y la mayoría de los miembros de la Eurozona coincidían en que el país helénico no debería salir de la unión monetaria. Esta equivalencia de intereses tornaba en políticas negociaciones técnicas anteriores. Pero en política los intereses cambian.


En este marco los ministros de Hacienda del Eurogrupo que dejaban la decisión a sus Jefes de Estado o de Gobierno, han vuelto sobre sus pasos.


El hecho de que la decisión de este jueves deba pasar por el Parlamento Europeo ya no confirma el status político de la nueva oferta griega como “base para reiniciar la negociación” consistente en una propuesta de retiro de exenciones de impuestos indirectos (30% del VAT) y el aumento de la edad de jubilación de 65 a 67 años (y que ahora parece haber cambiado).


Por tanto, el retorno de la confianza en el euro luego de la gran fuga de capitales griegos de la semana pasada, y la credibilidad de la Unión Europea y de su principio de solidaridad, se siguen perdiendo.


El deseo de la propia UE, del socio norteamericano y del resto del mundo que se orienta a que Grecia reestructure su deuda y no corra el riesgo de convertirse en un Estado fallido, está en el aire.


No ocurrirá lo mismo con los nacionalistas griegos y europeos que desean una devolución de poderes, ni con los tecnócratas cuyas disciplinas serán vulneradas, ni con los extremistas de izquierda y derecha que ven en la transacción griega una traición a pueblos y mercados, ni con ciertas poblaciones (especialmente alemanas) que piensan que Grecia sigue viviendo a costa suya sin recordar los beneficios de sus bancos.


Ellos podrían tener capacidad de bloqueo sin haber tomado nota de que a pesar de dos rescates por US$ 240 mil millones, de una caída del 25% del PBI griego, de un desempleo de 26%, del 40% de pérdida de sueldos y salarios y del aumento de la relación deuda-producto a 177% del PBI, Grecia no se acerca a los potables resultados españoles, irlandeses o portugueses.


Por lo demás, el conflicto social en Grecia, del que la corrupción es parte original, sólo ha amainado con la elección del Syriza cuyo boleto ganador decía “no más humillación”. Éste puede aún revertir si no se limpia el vínculo con la “troika” (hasta ahora, pagar US$ 1.6 mil millones al FMI para liberar US$ 7.2 mil millones de remanente del segundo rescate por el BCE). En ausencia de la liquidez necesaria, a la fuga de capitales seguiría la fractura del sistema de pagos griego.


Las fuerzas centrífugas que ese desastre generaría en el sureste europeo llevan consigo contagio económico, pérdida de credibilidad en el euro (cuyos efectos ya se sienten en los precios de los metales) y evidente daño al primer mercado común del mundo a través de su fuerte interdependencia comercial y financiera.


Además, ello pondría en cuestión el principal escenario de la reunificación alemana de 1990 y restaría credibilidad a la mayor experiencia integradora de la post-Guerra en un lugar en el que nació la Guerra Fría y que comunica frágil –y hoy peligrosamente- a Europa con Asia y el Medio Oriente.


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