• Alejandro Deustua

Perú-Rusia: Una Visita Verdaderamente Crítica

La extrema debilidad de la relación entre Perú y Rusia ha ingresado al ámbito de la trivialidad y del ridículo y amenaza con involucionar hacia la desconfianza y la fricción interestatal.


De este último escenario se ha ocupado un miembro de la familia del presidente electo, el turbio manejo de un viaje suyo a Moscú y la cuestionable organización rusa del mismo.


Si bien la inconducta de familiares de Jefes de Estado que complican la gestión de estos últimos no es un fenómeno desconocido en potencias mayores (p.e., el caso del hermano de Richard Nixon en Estados Unidos), potencia menores (los sobrinos del presidente Toledo en el Perú) y pequeñas potencias (el hermano del presidente Rafael Correa en Ecuador), rara vez éstos han influido en escenarios de política exterior. Una excepción a esta fenomenología fue el aparente vínculo que la prensa estableció entre el gobierno libio y Billy Carter (hermano del presidente James Carter). Pero en ello no hubo compromiso del presidente ni de su partido.


Este no es el caso de Alexis Humala, hermano del presidente electo Ollanta Humala. Su visita a Rusia y sus entrevistas con altas autoridades de ese país han sido informadas por los anfitriones mientras en el Perú se desconocía el hecho y el sujeto que lo producía. Pero además ha generado versiones explícitamente contradictorias entre el partido del presidente electo (Gana Perú ha negado toda implicación) y la Embajada rusa (que ha reiterado que la visita se organizó teniendo en cuenta el interés de la parte peruana y el status del solicitante).


Como es evidente, estas versiones contradictorias que implican el desmentido del interlocutor ponen en riesgo el curso de la relación bilateral. Especialmente luego de que el Canciller ruso recibiera a Alexis Humala y otorgara al encuentro importancia suficiente como para merecer su difusión oficial mientras que Gana Perú niega su responsabilidad en la gestión de la visita y el presidente electo guarda silencio al respecto. No por enmarcarse en la informalidad el hecho, que conlleva una inaceptable falta de respeto mutuo, es menos grave.


Para corregir este impasse que puede afectar también la credibilidad de la futura gestión externa del Estado, los gobiernos de Perú y Rusia, deben evolucionar de la imputación a la solución del desentendimiento.


Ello implica la necesidad de que el presidente electo ofrezca una explicación razonable de los hechos y pasa por la designación, a la brevedad posible, de un Embajador experimentado en Moscú y por mejorar la calidad de la nuestra representación diplomática en Rusia. Mientras tanto, nuestra Cancillería debe asumir el rol de articulador de los contactos en el exterior del ciudadano que va a dirigir, a partir del 28 de julio, la política exterior peruana.


Ello debe complementarse con la disposición rusa a canalizar mejor sus contactos con ciudadanos peruanos y a esmerarse en la corroboración del status del interlocutor en concordancia con una práctica diplomática que tiene siglos de reconocida vigencia.


El incremento del control en este tipo de contactos, hoy demeritado por la proliferación de los intercambios transnacionales contemporáneos, puede no estar en línea con la quiebra de códigos de conducta que impone la globalización, pero es indispensable como lo muestra este caso en que el vínculo informal de representantes de Estado extranjero con un ciudadano local deriva en la atribución a éste de una representatividad que no le corresponde generando un problema interestatal.


Si bien ese tipo de contactos es moneda corriente hoy día, sus consecuencias en Estados débiles, sin instituciones fuertes y sin partidos bien organizados se prestan tanto a la conducta impropia de agentes locales que afectan el interés nacional como a la intervención inadecuada de potencias influyentes.


En estos casos la Cancillería del Estado débil está en la obligación de actuar contribuyendo a canalizar adecuadamente el vínculo entre el actor externo y el interno. Si no lo hace la exposición de la política exterior a este flujo de relaciones exteriores incrementará la vulnerabilidad del Estado débil y, en el largo plazo, puede complicar la calidad de su inserción y el deterioro de las relaciones interestatales especialmente cuando éstas ya están devaluadas.


Y éste es el caso de la relación del Perú con Rusia. Desde que el Perú estableció relaciones con la Unión Soviética en 1969 e inauguró una misión diplomática encabezada por el futuro Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuellar, el vínculo con esa potencia, luego de un primer momento de peculiar éxito, se ha deteriorado de manera sistemática. En efecto, luego de un momento de alto nivel estratégico enmarcado en la diversificación de las relaciones del Perú con potencias divergentes y por la designación de la Unión Soviética como fuente principal de aprovisionamiento militar, esa relación ha transitado casi a la irrelevancia apurada por ese punto de inflexión que fue la implosión soviética.


Hoy día el comercio bilateral con su heredera, Rusia, apenas bordea los US$ 200 millones, las inversiones de ese origen son inexistentes, la fuente de aprovisionamiento estratégico se ha enturbiado y no se registra aprovechamiento ni transferencia tecnológica disponible. Y mientras Rusia incrementa su rol como potencia reemergente, la relación del Perú pasa de la irrelevancia al ridículo como ocurre ahora.


Si el presidente electo desea revertir esta situación de manera acorde con el interés nacional, no es a través de oportunistas informales que lo va a lograr. Y mucho menos cuando éstos, además de complicar la relación bilateral, presentan al Perú como un Estado que pretende reorganizar la relación con una potencia mayor recurriendo a un clan familiar.


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