• Alejandro Deustua

Paraguay: Cambio de Régimen

Los paraguayos acaban de optar por un cambio de régimen. Quebrando la hegemonía del Partido Colorado que, fundado en el siglo XIX, mantuvo el poder desde que la Guerra Fría se instaló hasta la fecha (pasando por la extensísima dictadura de Stroessner), Fernando Lugo ha ganado al frente de una heterodoxa coalición: la Alianza Patriótica para el Cambio.

El símil latinoamericano más próximo de lo ocurrido en el Paraguay es el reemplazo del PRI mexicano luego de tres cuartos de siglo en el poder. Pero a diferencia de ese cambio, ocurrido a finales de la década pasada mediante la elección de un líder conservador de un partido establecido (el PAN), en Paraguay asume un líder de situación heterodoxa al frente de una novedosa coalición de amplio espectro.

En efecto, Fernando Lugo debe aún esclarecer su status cívico (en tanto el Vaticano no lo ha apartado como sacerdote sino suspendido en sus funciones) mientras que la Alianza Patriótica por el Cambio que él dirige debe consolidar su escasa cohesión. Si es verdad que en ese frente la fuerza más consistente es el Partido Liberal Radical (un partido conservador de considerable arraigo en Paraguay), las organizaciones y movimientos de izquierda más o menos informales que lo integran amplían extraordinariamente el rango de intereses y orientaciones ideológicas que el presidente electo deberá mantener unidas.

No por difícil ese requerimiento deja de ser indispensable para dar estabilidad a una Estado cuyas bases institucionales son tan frágiles como las de otros Estados débiles latinoamericanos. Y lo será también para brindar algo de consistencia al centro de Suramérica donde se ubica Paraguay. Esta necesidad deviene de la historia (Paraguay ha participado en dos de las tres guerras “verdaderas” de la región: la guerra de la Triple Alianza en el siglo XIX y la guerra del Chaco en la primera mitad del siglo pasado) y de la geopolítica (esa nación ocupa con el oriente boliviano -parte de un Estado cuasi fallido- el corazón suramericano). La región no absorbería bien un escenario adicional de vacío de poder en su centro.

De otro lado, si en el ámbito de la política exterior, Paraguay debe resolver problemas de relación vecinal y de inserción externa, su necesidad de cohesión interna se multiplica. En el primer caso, el presidente Lugo deberá hacer frente a un muy difícil proceso de renegociación del contrato que regula la primera fuente de ingresos fiscales de ese Estado: la energía de la represa de Itaipú. Al respecto, el presidente Lula ya ha adelantado que no desea modificar ese contrato (y menos luego del antecedente boliviano que terminó nacionalizando activos de Petrobras) aunque ha ofrecido su mayor colaboración en otros campos.

Uno de ellos tendrá que referirse a la atención del los reclamos paraguayos sobre una mejor distribución de beneficios en el MERCOSUR. Aunque ese reclamo es compartido por el Uruguay, los socios mayores (Argentina y Brasil) no responden aún como debieran.

Y en el ámbito extra regional, Paraguay debe resolver problemas tan elementales como la clarificación de su relación con potencias mayores como China. Como se sabe, Paraguay es uno de los escaso países que mantienen relaciones diplomáticas con Taiwán (y, por lo tanto, lo reconocen como Estado independiente). Desde que en los años 70 la República Popular se incorporó al Consejo de Seguridad como Miembro Permanente, la comunidad internacional la reconoce como un Estado único aunque otorgue a Taiwan un status particular (Estados Unidos reconoce una sola China pero mantiene una asociación militar con Taiwan).

De otro lado, será necesario que el nuevo gobierno paraguayo aclare cuál es su posición en relación a Venezuela, Bolivia, Nicaragua (y Ecuador): ¿integrará informalmente el ALBA o será, como lo sostiene, monseñor Lugo, parte de la izquierda moderna suramericana?

Resolver estas incertidumbres es una responsabilidad del nuevo presidente electo tanto con sus ciudadanos como con sus socios latinoamericanos y hemisféricos.



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