• Alejandro Deustua

Pérez de Cuéllar

Si las Naciones Unidas es la entidad que mejor representa los principios de la comunidad internacional, no es necesariamente el foro donde mejor se cotejan los intereses de los miembros del sistema internacional.


Como Secretario General de esa entidad, Javier Pérez de Cuéllar ha sido uno de los apenas ocho grandes gestores universales que han intentado armonizar los objetivos de libertad, justicia y bienestar que proclaman los principios de esa gran organización con el provecho propio de sus integrantes.


Por el eficaz y confiable desempeño de esa complejísima función universal estamos orgullosos los peruanos del compatriota que la realizó. Y también porque ese viejo diplomático, que inicialmente sólo representó al Estado, supo deponer la gloria que brinda la épica interestatal en una época convulsa para privilegiar la legitimidad en el ejercicio responsable de su cargo.


Su prudencia derivó de la conciencia de que el Secretario General de la ONU no es la autoridad más influyente en la comunidad internacional. Y si fuera la más representativa, ciertamente es la que mayores expectativas globales concentra. Como dice Pérez de Cuellar, la brecha entre esta última calidad y la crudeza del juego poder contextual envuelta en la extraordinaria densidad burocrática de la ONU no siempre puede cerrarse. Cuando ello ocurre, sin embargo, siempre queda una puerta abierta.


Ello se expresó con especial dramatismo en una década que transitó de la intensificación de la Guerra Fría a la esperanza cautelosa de la distensión bipolar y, luego, al cambio del sistema internacional sin que mediase una guerra total. A pesar de la recurrencia de los conflictos regionales y de la incierta relación entre países desarrollados y en desarrollo, esta gran excepción histórica se debió, en parte, a las Naciones Unidas.


Entre 1982 y 1991, el Secretario General Pérez de Cuéllar contribuyó a gestionar ese tránsito fundamental. Especialmente en su segundo período luego de un inicial “estancamiento”.


El escenario global en que éste se desarrolló estuvo marcado por la revolución conservadora y hegemónica de Ronald Reagan, el cambio de la ortodoxia comunista de Brezhnev por el reformismo de Gobachev, la apertura económica con totalitarismo político liderada por Deng Xiaoping, el radicalismo laissez faire de Margareth Thatcher y primer gobierno socialista de la V República francesa presidido por Francois Mitterand. Estos fueron los interlocutores de Pérez de Cuellar que, en el Consejo de Seguridad, tensaron el sistema internacional entre 1882 y 1986 para luego abrirlo a las posibilidades inmensas de una nueva era de progreso y mejor distribución del poder.


En ese proceso la reanudación diálogo Norte-Sur se probó imposible luego del fracaso de 1974. Y mientras los organismos multilaterales contribuían a la apertura latinoamericana en medio de la crisis de la deuda y Centroamérica albergaba una nueva confrontación bipolar, la ONU probaba su rol allí o en la guerra Irán-Irak, entre otros conflictos.

El Secretario General contribuyó a su solución gracias a la organización burocrática de la ONU pero también a pesar de ella y del conflicto de poderes en el Perú. Sin la oposición parlamentaria a su nombramiento como Embajador en el Brasil, Pérez de Cuellar no habría cumplido con su destino ni dado cuenta universal de su talento.



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