• Alejandro Deustua

¿Mengua y Anarquía?

En abril el FMI confirmó los efectos (y no sólo los riesgos) de la tensión comercial entre Estados Unidos y China corrigiendo a la baja su proyección de crecimiento global de este año (de 3.5% a 3.3%). A pesar de que la desaceleración es múltiple (involucra al 75% de la economía global), la incidencia de ese conflicto bilateral ha condicionado la revisión. Sin embargo, el organismo espera una magra recuperación hacia el 2020.


Al respecto Morgan Stanley ha advertido que si la tensión se escala al punto de que Estados Unidos imponga aranceles de 25% a US$ 300 mil millones de importaciones chinas adicionales a los US$ 200 mil millones ya castigados y China responde, el horizonte recesivo estaría a un palmo de narices.


Peor aún, el conflicto se ha agravado con el ingreso de grandes empresas oligopólicas a la confrontación (Google contra Huawey) sumando a la tensión comercial el enfrentamiento tecnológico e industrial entre ambas potencias.


Su complejidad es evidente. Y la disputa arancelaria no se orienta sólo a obligar a China a que se comporte como una economía de mercado sino a corregir fuertes desequilibrios de la balanza comercial norteamericana (que se siguen incrementado). Una potencial guerra económica, y no sólo comercial, está a la vista.


Ello ocurre en un escenario estructural que no proviene del status emergente de China como potencia mundial sino como polo predominante. Y es también estratégico definido por los términos de un conflicto creciente que pueden escalarse en el escenario militar y expandirse a otros sectores de la economía.


Su peligrosidad ha obligado a The Economist a demandar su control. Pero no la reversión de un cambio de orden que ya se está produciendo mediante la erosión de regímenes liberales de la post-Guerra Fría. En efecto, a la involución democrática, de escenarios de integración y la reemergencia estatista se agregan hoy intercambios mercantilistas entre potencias en los que las ventajas mutuas parecen disolverse en creciente suma 0.


Pero atribuir esta confrontación a la fenomenología actual no parece sensato. Veamos.


Cuando China fue integrada al sistema internacional lo hizo bajo condiciones totalitarias que han mutado pero no desaparecido. Y cuando se incorporó a la OMC se estaba al tanto que ese país no era una economía de mercado. La fuerte incidencia del Estado en el control de los precios, costos, flujos de capital y asignación del crédito era evidente. Tanto como hoy es la vulneración sistemática de la propiedad intelectual y el uso sistemático de mecanismos comerciales punibles (dumping, manipulación del tipo de cambio).


Y sin embargo, algunos países le concedieron el status de economía de mercado (el Perú entre ellos).


¿Podrá ello cambiar en una negociación bilateral con un gobernante norteamericano que no desea reconocer el cambio de la distribución del poder mundial y que tampoco respalda el liberalismo internacional?.


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