• Alejandro Deustua

Medio Siglo Después de JFK

Hace 50 años fue asesinado en Dallas el presidente norteamericano que, en un plazo muy corto, tuvo que afrontar las peores crisis de la Guerra Fría y, en el proceso, evitar una guerra nuclear a la que el mundo se asomó como nunca en la historia.


En efecto, John F. Kennedy, quien al asumir el poder prometió sobrellevar cualquier carga para lograr que la libertad fuera el quid pro quo del sistema internacional, tuvo que confrontar con realismo la crisis de Berlín de 1961 y la crisis de los misiles de 1962 en Cuba.


En la primera JFK contuvo la tentación de hacer uso de la fuerza para evitar la construcción del muro de Berlín. Midiendo bien el desafío soviético, que consolidaba la presencia de la URSS en Berlín Oriental y su dominio sobre Europa del Este, no permitió que el afán soviético de contener el flujo de población hacia Berlín Occidental fuera pretexto para reforzar la intención comunista de dominar esa ciudad neurálgica de la Guerra Fría.


Tal decisión fue vital para contener el intento soviético de progresar en las vulneraciones de lo pactado al término de la Segunda Guerra, mantener viva la aspiración a la unificación de la República Federal, permitir la consolidación de la Comunidad Europea y sostener las fuerzas seminales que derrumbarían luego a la URSS. El realista Kennan no podía haber sugerido mejor curso de acción al idealista Kennedy.


En la segunda crisis, la prudencia de JFK (que no había podido detectar a tiempo el establecimiento en Cuba de misiles capaces de hacer estallar ojivas nucleares en América en un rango que cubría buena parte del territorio norteamericano y latinoamericano) a la que se sumó Kruschev, impidió una confrontación militar que Castro no dudó en arriesgar.


Si la Guerra Fría había llegado a América Latina en la peor de sus formas (la amenaza de guerra nuclear), Kennedy propuso la Alianza para el Progreso basado en una iniciativa brasileña (la Operación Panamericana de 1958 que algunos quisieran olvidar) y en la reactualización de la Política del Buen Vecino de Franklin Roosevelt.


Esa Alianza, destinada a mejorar las condiciones de vida en la región (y a la que Cuba se opuso prefiriendo el camino de la violencia), fue aprobada por el sistema interamericano en la conferencia de Punta del Este (aunque sólo para desmadejarse en medio se complejidad administrativa y desinterés político).


Financiada principalmente por Estados Unidos y secundada por el BID, ésta obedecía a los términos del interamericanismo urgido por el conflicto: el que el fascismo impuso progresivamente sobre Europa y el que la amenaza del expansionismo comunista, basado esta vez en Cuba, proyectaba sobre la región.


Superada de lejos esa etapa que permitió la sobrevivencia de Europa y de América Latina bajo el signo de la libertad, hoy Estados Unidos sugiere que también ha pasado el tiempo en que la región dependa de la primera potencia para garantizar su progreso y condiciones de vida.


El Secretario de Estado Kerry ha resumido la materia declarando (como antes lo hizo Roosevelt en relación al intervencionismo) el fin de la Doctrina Monroe y planteando unos términos de cooperación que parafrasean a Kennedy: es tiempo de preguntarnos qué es lo que podemos hacer juntos y ya no lo que Estados Unidos puede hacer por América Latina.


A esa propuesta debemos responder: antes de que Estados Unidos se vuelque sobre Asia (una avenida bastante avanzada) o se hunda en el Medio Oriente, latinoamericanos y norteamericanos debemos resolver los términos de cooperación necesarios para que la primera potencia se involucre mejor en la región. América debe ser, como Asia y Europa, un factor de influencia y de progreso mundial establecido sobre principios compartidos y bases consensuales en un mundo fluido. Kennedy quizás hubiera hoy asentido.


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