• Alejandro Deustua

Medio Oriente: Fuerzas de Progreso y Reacción Terrorista

Si las elecciones iraquíes del 30 de enero constituyeron un gran avance en la estabilización de ese país y del Medio Oriente, la cumbre palestino-israelí del 8 de febrero en Sharm el-Sheik abre una nueva oportunidad para la solución definitiva del conflicto principal del área. El círculo virtuoso de un nuevo equilibrio en la zona, notoriamente marcado por un esfuerzo democrático aún incipiente, empieza a articularse. Sin embargo, como siempre en esa parte del mundo, el terrorismo intentará descarrilar el proceso (el atentado en el Líbano es la prueba más reciente) mientras se articula un nuevo balance de poder en el área. América Latina , que ha tendido a observar los sucesivos ciclos de violencia y apaciguamiento en el Medio Oriente considerándose lejana a los acontecimientos y articulando apenas iniciativas en el ámbito multilateral de la ONU, debe seguir más de cerca este desarrollo. A la luz de la mayor interdependencia de los centro de conflicto eslabonados por actores de alta movilidad (los grupos terroristas) y de consecuencias económicas ya conocidas (los skocks derivados de los flujos de los precios del petróleo), el impacto en nuestra región de lo que ocurra hoy en el Medio Oriente es menos indirecto de lo que tradicionalmente se asume La cumbre de Sharm el-Sheik (Egipto) entre el Primer Ministro israelí Ariel Sharon y el presidente de la Autoridad Palestia Mahmud Abbas ha terminado con la segunda Intifada y ha formalizado un alto al fuego militar (y de otro origen) entre las partes. Después de cuatro años de violencia y de escalada terrorista en el área, Israel ha encontrado un interlocutor consistente en la búsqueda de seguridad y la Autoridad Palestina ha abierto el camino hacia la constitución de su Estado en la medida de que luego se pueda reemprender el camino de la Hoja de Ruta. Luego del fracaso de los acuerdos de Oslo (1993) y de la pérdida de la oportunidad de Camp David (el 2000) para un solución definitiva en el área, el ciclo negociador que hoy se abre entre palestinos e israelíes puede, ésta vez sí, conducir a resultados sustantivos aplicables en el terreno. Para empezar, en el ámbito contextual, Jordania y Egipto, asistentes a la cumbre, han decidido normalizar relaciones diplomáticas con Israel (a la luz de la Intifada, los embajadores de ambos países fueron retirados). A ello ha seguido la expresión del interés egipcio en una retirada de las tropas sirias del Líbano (ordenado por la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de octubre pasado articulada gracias a la excepcional cooperación franco-norteamericana). Pero el resultado contextual más importante ha sido la vinculación de los procesos democráticos palestino e irakí y la posibilidad de que éstos asuman la dinámica principal en la zona. He allí las bases de un gran escenario fortalecido además, por la presencia de una fuerza superior en el área -la de la Coalición en Irak- y por la emergencia de un liderazgo conciliador en la Autoridad Palestina. La cumbre de Sharm el Sheik ha contribuido enormemente a configurarlo. Los beneficios inmediatos para los palestinos empiezan por el fortalecimiento de la investidura de Mahmud Abbas como presidente de la OLP y de la Autoridad Palestina. Si con anterioridad a la cumbre, el señor Abbas ya había demostrado su fuerza al paralizar los ataques terroristas palestinos a Israel, luego de la cumbre ha ganado legitimidad adicional al lograr la adhesión condicional del Hamas y la Yihad Islámica a la tregua. Su credibilidad, distanciada ya de la de Yaser Arafat, le permite ahora plantear una condición adicional a Israel –la liberación de parte de los 8 mil prisioneros palestinos- y luego proponer una ruta corta hacia la solución definitiva de los reclamos palestinos con anterioridad a la formalización del Estado. Israel, por su lado, ha consolidado también las bases políticas para reemprender la Hoja de Ruta. Su gabinete multipartidista -que incluye a la oposición laborista- ya no será de “desenganche” como se planteó originalmente sino uno que amplíe la plataforma negociadora del Estado. Para comenzar está cumpliendo con la liberación de 500 prisioneros palestinos (aunque subsisten complicaciones en relación con aquellos que tomaron parte en ataques contra Israel) y ya ha comprometido el total retiro de Gaza y de cuatro ciudades de Cisjordania. El riesgo de esta media no radica sólo en la resistencia de los 8500 colonos israelíes o la indisposición de un sector de la fuerza armada sino en la fragmentación de la unidad nacional. La compleja labor de persuasión interna del gobierno israelí sobre el particular será compleja además de costosa: la compensación prevista para los colonos se estiman en varios miles de millones de dólares. Y si el costo ya es alto en términos absolutos, en términos relativos es quizás mayor teniendo en cuenta que la economía israelí no ha crecido a un gran ritmo en el 2004 (alrededor del 2%) a pesar de su recuperación mientras el desempleo sigue siendo alto (superior al 10%). Sin embargo, dado que no poca de esta baja perfomance es el resultado económico de la Intifada, la satisfacción del interés nacional israelí mediante el logro un arreglo definitivo estaría acompañado de la cancelación de un pasivo que ahora impide un mejor sustento de su población. Ese beneficio, sin embargo, puede quedarse corto frente a la posibilidad deque Israel devenga en un actor aceptado y creativamente interactuante en su medio. Esta proyección se potencia con la proyección democrática iraquí que ya tiene un Congreso razonablemente representativo (48.1% de chiitas, 25.7% de kurdos, 13.8% de oficialistas a los que, administrativamente debe sumarse un número importante de sunitas) respaldado por la comunidad internacional (la ONU ha avalado las elecciones en el terreno). En términos generales, el principal opositor de estas fuerzas del progreso es el terrorismo islámico. Pero el terrorismo no es una abstracción . El Fatah (y sus organizaciones próximas como el Tanzim y las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa) serán difíciles de controlar pero, por estar vinculados a la OLP, lo será menos que el Hamas y la Jihad Islámica. En efecto, estos dos movimientos terroristas perciben el problema palestino como religioso antes que político y su objetivo declarado sigue siendo la destrucción de Israel. Y aunque ambos han aceptado la tregua, lo han hecho no reconociendo el compromiso bilateral palestino-israelí sino como un ejercicio de autocontención sujeto a que “Israel cumpla”. Dada su tradición serán difíciles de subordinar (aunque el Hamas se ha embarcado ya en procesos electorales municipales con éxito destacable en Gaza y en principio, reiterará esa vía en las próximas elecciones de este semestre). Aún más difícil de controlar será el Hezbollah que opera desde bases sirias. Más aún cuando, a la luz del empuje internacional por lograr la retirada de las tropas sirias del Líbano al amparo de la Res. 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU, ese movimiento puede haber encontrado un nuevo impulso para descarrilar los intentos de pacificación y democratización en la zona. Aunque es muy difícil asegurarlo, el Hezbollah puede haber estado involucrado en el atentado contra el ex-Primer Ministro del Líbano, Rafik Hairiri, con los propósitos descritos. Dentro de las fuerzas perturbadoras “convencionales” puede listarse a Siria que, aunque brindó apoyo para la actividad de los electores iraquíes en el exilio, alberga a grupos como el Hezbollah y no está en apariencia aún dispuesta a retirar sus 15000 tropas del Líbano. Más aún, Siria acaba de establecer una alianza con Irán para oponerse a una eventual agresión norteamericana que Irán ve posible a la luz de la presión estadounidense para que esa potencia no desarrolle armas nucleares (proceso que aún no está probado por la AIEA). A la luz de este factor interviniente, la dirigencia teocrática iraní podía ser considerada también como un factor perturbador del progreso en la zona por su vinculación estratégica con Siria (aunque hasta ahora, la interacción de Alemania, Francia y el Reino Unido con Irán está siendo exitosa en el control de la eventual proliferación nuclear iraní) y por su influencia eventual entre los chiitas iraquíes. Y, en el ámbito del balance de poder, la acción rusa en la zona probablemente no perturba directamente el proceso pero sí lo complica al mantener la cooperación nuclear con Irán y la venta de misiles portátiles tierra-aire a Siria (armas que, fácilmente, podrían ser derivadas a grupos terroristas). Finalmente ha surgido como factor perturbador el eventual vacío de poder que se desea crear en Líbano (el atentado contra Hairiri) . Ésta podría derivar, si se intensifica la acción irregular, en el resurgimiento de la guerra civil en la frontera de Israel que ciertamente este país no enfrentaría desde una posición de pasividad. Como se ve, la amenaza al proceso de estabilización del Medio Oriente es grave y compleja. Pero el círculo virtuoso que genera la interacción del proceso democrático en Irak, la negociación palestino-israelí, la normalización diplomática de Egipto y Jordania con Israel y el proceso de independencia del Líbano ha adquirido una dinámica vigorosa asentada en la participación popular, la emergencia de nuevos liderazgos árabes, una cautelosa disposición conciliadora israelí y la presencia de una fuerza superior en la zona –la de la Coalición-. Para que ese proceso tenga éxito, Occidente debe incrementar su participación y América Latina buscar la suya.

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