• Alejandro Deustua

Mayor Cooperación Frente a una Amenaza Global

Las medidas de aislamiento social adoptadas en casi todo el mundo afectado por el Covid-19 y el consiguiente cierre de fronteras internacionales (y de fronteras internas dentro de países y espacios regionales de profunda integración como la Unión Europea) estimulan también la fragmentación de instrumentos de globalización (la suspensión de comunicaciones físicas –viajes-, de cadenas de valor y vínculos comerciales). En tiempos de resurgencia nacionalista, ello conlleva un grave riesgo para el tejido de interdependencia que cohesiona, además de la relación entre Estados, el sistema internacional.


A falta de un liderazgo manifiesto y visible en la respuesta colectiva a la amenaza sanitaria y más allá de que todos los Estados estén respondiendo de la misma forma copiando conductas y políticas de contención y mitigación de los efectos del virus, es necesario que las autoridades máximas y más ejecutivas de la ONU (el Consejo de Seguridad y el Secretario General) y los más representativos miembros de las sociedades afectadas recuerden que estamos frente a un problema global.

Si bien la cooperación interestatal es básica en este caso (aunque ahora sea morosa y escasa), la naturaleza de la pandemia y el ámbito de compromiso que reclama deben mostrar su dimensión universal.


Ello podría ser mejor destacado por la OMS (de cuya actuación recibimos más reportes estadísticos que cooperativos) o, por ejemplo, por el FMI que aún no llega a estimar con alguna precisión el impacto económico ni los riesgos futuros de una recesión global vinculados a la pandemia.


El destaque de tal señalamiento global redobla su importancia cuando el escenario de referencia es, por ejemplo, la Gran Depresión de los años 30 del siglo 20 que estuvo marcada por la escalada proteccionista (que hoy ver podemos reiterada en la relación sino-norteamericana que no ha desescalado el arsenal arancelario ni atenuado su rivalidad) y que estará presente p.e. en los rescates de grandes empresas occidentales y la asistencia sustantiva que los gobiernos aportarán a sus agentes económicos. Ninguna de esas acciones hará mención al principio de no discriminación sino que trabajará implícitamente contra él.


Como resultado podemos toparnos al final de la crisis con un nuevo fenómeno nacionalista inercialmente agravado por los instrumentos aislantes y fragmentadores empleados en la lucha contra la pandemia. Tal resultado puede trasladar la amenaza sanitaria y su enorme impacto económico a una situación política y social que, además de alterar la composición actual de los Estados, complique la relación interestatal degradando los términos de ese vínculo que hoy es, nuevamente, el agente principal de cambio sistémico. Tal escenario degradado podría incrementar tensiones y conflictos a niveles no previstos.


En consecuencia la Cancillería podría plantear multilateralmente la realidad de estos riesgos adicionales reclamando que la Asamblea General de la ONU, el Consejo de Seguridad y el Secretario General definan la situación como una compleja amenaza a la seguridad internacional y que, en consecuencia, se procure una aproximación más cooperativa al problema.


El fundamento de ese planteamiento se encuentra en la naturaleza misma de la pandemia: ésta, por naturaleza, es un fenómeno trasnacional que alcanza dimensiones globales. Si la comunidad internacional es la afectada, la acción cooperativa de los Estados debe ser enfatizada. Ello requiere de planeamiento, coordinación y ejecución conjuntos que hoy no están a la vista aunque la organización de los fundamentos de esas acciones deba ser responsabilidad de cada Estado. El Secretario General de la ONU debiera ser el agente cohesionador de los esfuerzos.


Si consideramos que en menos de dos meses la expansión del coronavirus se ha extendido de 0 a 220 mil infectados en 177 países y territorios con una tasa de mortalidad oscila entre 2% y 5% (OMS) y cuyo potencial de afectación es de 80% de la población de países como Alemania, (Merkel), ese fenómeno es esencialmente global aunque tenga claros componentes nacionales e internacionales.


Por lo demás, si entidades de la ONU estiman benignamente el costo en US$ 1 trillón (millones de millones) expresados en una desaceleración mundial de 2% (UNCTAD) y si analistas principales en Estados Unidos consideran que confrontamos un schock simultáneo de oferta y demanda (El Arian en Foreign Affairs) cuyo resultado sería una recesión global este año (no habrá salida rápida en forma de V), el costo para el mundo está a la vista (y también para América Latina cuya exportación de productos básicos caerá significativamente en un contexto de mercados a la baja, de volatilidad creciente y de fuerte contracción económica).


En consecuencia, la amenaza debe replantearse en términos globales reconociendo sus específicas particularidades locales para lograr una respuesta de ese mismo orden que incremente la coordinación de políticas en cada sector afectado.


Hoy en cambio asistimos sólo a reacciones nacionales más o menos copiadas de interlocutores más exitosos en el combate de la pandemia o de los que nos son más cercanos sin que la responsabilidad colectiva sea aludida permitiendo imputaciones incrementales relativas al origen del problema (China) o a la acción tardía (Estados Unidos y el Reino Unido).


Como la pandemia no concluirá en dos semanas (la esperanza de algunos) y más bien puede esperarse peores escenarios, estamos a tiempo de fomentar cooperación efectiva bajo responsabilidad.


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