• Alejandro Deustua

Los Costos Regionales de la Tentación Iraní

La gira del presidente iraní por Brasil, Bolivia y Venezuela agrega inseguridad a Suramérica, una región que evidencia crecientes signos de fraccionamiento ideológico, incertidumbre vecinal e inestabilidad regional.


En efecto, el reforzamiento del vínculo de los países del ALBA y del Brasil - la potencia regional- con Irán en momentos en que este Estado se resiste a cancelar su apoyo al terrorismo y a esclarecer su desarrollo nuclear de uso militar, atrae a la región una fuente sustancial de conflictos externos. En consecuencia, intensifica en ella las fuerzas centrífugas que radicalizan la heterogeneidad de sus miembros.


Al hacerlo, los países del ALBA, pero especialmente Brasil, contribuyen a otorgar a la región un carácter estratégico disfuncional. En efecto, si Suramérica ha reducido su capacidad de influencia por el fracaso de sus procesos de integración y la quiebra de los principios que fundaban un incipiente orden político contemporáneo, ahora los reiterados anfitriones de Ahmadinejad, se embarcan en una dinámica que tiende a amplificar acá, sin capacidad de influencia mediadora eficaz, el conflicto regional más antiguo del mundo (el del Medio Oriente). Y ello ocurre generando alineamientos con uno de sus actores más agresivos (Irán) que, por ser contrarios a los principios generales que orientan la relación externa de los países del Hemisferio, terminarán anulándolos o colocándolos en el lado equivocado de una compleja ecuación estratégica.


No es otro el escenario emergente si Venezuela y Bolivia fortalecen su alianza estratégica con una potencia que, como Irán, ampara el terrorismo y persigue una agenda manifiestamente antioccidental. Y tampoco si Brasil avala la posición de un régimen que confronta a los regímenes globales que cautelan la seguridad internacional y el buen uso de energías capaces de producir armas de destrucción masiva. De otro lado, si la mayor potencia suramericana no se alínea nominalmente con los países del ALBA en la decisión de extender en la región un sistema basado en principios contrarios a los que profesan la mayoría de sus miembros, el vínculo con el actor externo que sí favorece el afán expansionista del ALBA deja entrever un alineamiento de facto con esa alianza antisistémica. Ello contraría la tradición de la política exterior brasileña.


El dramatismo de esta evolución se evidencia si se considera que Brasil se autoidentificó hasta hace poco como el “nuevo Occidente” y si, pretendiendo un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, confronta hoy abiertamente al Grupo de los 6 (los cinco miembros del Consejo de Seguridad y Alemania) y a la Organización Internacional de Energía Atómica que procura evitar que Irán convierta en capacidad militar su programa de desarrollo nuclear.


Por lo demás, el apoyo del gobierno de Lula a un régimen herméticamente teocrático cuyo presidente no sólo niega el Holocausto sino que ha anunciado su disposición a borrar a Israel del mapa va contra todo principio conocido de la política exterior brasileña sobre convivencia pacífica y derechos humanos.


El problema estratégico que plantea el cambio de la política exterior brasileña tiene en este asunto dimensiones universales y regionales. En el primer caso anuncia que Brasil está dispuesto a pagar el precio de la imprudencia para consolidar su rol como potencia emergente, asegurarse el respaldo de ciertos miembros de la Asamblea General de la ONU y desplegar un rol precario en el Medio Oriente donde su inserción económica y de seguridad se ha incrementado. Por lo demás, su futuro status como potencia nuclear parece enmarcar esta desmesura que contraría la iniciativa de buscar en Europa una fuente segura de tecnología militar.


Y en el ámbito regional, la flexible relación brasileña con el ALBA a través del vínculo iraní contraría los intereses fundamentales que orientan a la mayoría de los países del arco del Pacífico latinoamericano agregando fricción en Suramérica tanto en los ámbitos político y económico como en el de seguridad. Al proceder, además en contraposición abierta a Estados Unidos en un asunto de interés vital para el núcleo occidental transatlántico, Brasil debilita todavía más al sistema interamericano.


Ello fortalece el rol beligerante de Venezuela y Bolivia y muestra la inviabilidad del UNASUR y de su Consejo de Defensa Suramericana (la falta de credibilidad de esos proceso harán aún menos realizable sus proclamas sobre desarme que se debatirán este fin de semana en Quito).


Por lo demás, las posibilidades de mejorar las relaciones de estados como el peruano con Venezuela y Bolivia se reducen incrementando las opciones de las viejas mecánicas de poder (que, en su versión tradicional, tampoco serán aplicables a la luz del comportamiento transnacional de los agentes venezolanos y bolivianos).


De esta forma lamentable cobra vida el afán antiliberal del ALBA que la crisis económica podía haber contribuido a debilitar y se ilegitima el rol de la potencia regional. La emergencia de este escenario permite que el uso del término enemigo se vaya apurando en la región gracias a la imprudencia extrarregional de una potencia y dos que quisieran serlo.



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