• Alejandro Deustua

Los Agentes Bursátiles Asumen El Control

Hasta hace poco los mayores riesgos de implicancia global que aquejaban a la economía norteamericana se referían a los grandes déficits fiscal y de cuenta corriente y al precio del petróleo. La presencia de la burbuja inmobiliaria se añadió a ellos aunque sin mayor estridencia hasta que estalló.


Hoy, cuando el deterioro del mercado hipotecario se ha extendido al crediticio y éste al bursátil, son pocos los que recuerdan el problema macroeconómico de los "déficits gemelos" o el efecto incidioso del precio petrolero A la luz de la menor generación de empleo en Estados Unidos (en diciembre el desempleo llegó a 5%), de reportes de pérdidas bancarias, de contracción del crédito, del menor rendimiento industrial y de debilitamiento del consumo en la última campaña, los indicadores microeconómicos han ganado sito en la atención de los agentes bursátiles.


Y lo ha hecho a pesar de que aún no hay registro efectivo de una desaceleración productiva, de la productividad o del ingreso anual de los norteamericanos mientras que la tasa de desempleo corresponde al denominado "desempleo natural". Sin embargo, los indicadores han sido lo suficientemente preocupantes como para complicar más el proyectado escenario de desaceleración económica (el crecimiento norteamericano del 2008 estaba proyectado entre 1.8% y 2%).


En este marco, alterado por un ataque de nervios generalizado, los agentes del mercado bursátil asumieran una iniciativa vendedora que ha dominado el comportamiento de los agentes de la economía real (los que, en efecto, siguen castigados por la pérdida de valor de activos -la vivienda-, el menor acceso al crédito y por el menor consumo en una economía hiperconsumista).


Y lo han hecho en escala global cuyo único mérito ha consistido en probar que la realidad de la integración de los mercados supera de largo, a pesar de sus elementos fragmentadores -como los regionales-, a la teoría del "desacoplamiento".


En otras palabras, la economía virtual ha apurado -nuevamente como en el 2001 o 1987- el rumbo de la economía real. Sólo que esta vez la primera está empujando a la segunda a agravar un previsto fin del ciclo económico (cuestión que aún no sido definida oficialmente por las autoridades norteamericanas) estimulando las proyecciones más agudas de una eventual recesión.


Bajo este clima, el FED ha reducido drásticamente la tasa de referencia de los fondos federales de 4.25% a 3.50% en decisión no vista desde 1982 y tomada fuera de una sesión ordinaria como no ocurría desde el 2001. Y sin embargo, ello no ha sido considerado suficiente por los mercados bursátiles que han calificado la medida como "desesperada" a la espera de nuevas reducciones (el objetivo del año parecería ser el de llegar a 2.50% o 2.25% y que a fin de mes el FED vuelva a reducir la tasa a 3.25%).


Considerando que los agentes bursátiles toman decisiones en función de indicadores de intención tanto o más que de realidades presentes, la explicación dada para considerar insuficiente la reacción del FED no parece adecuada para justificar su altísimo grado de desconfianza. En términos menos extremos, ésta está sólo parcialmente justificada: si bien el FED conocía el problema de la burbuja hipotecaria y no lo hizo explícito, los agentes bursátiles estuvieron encantados con las reducciones progresivas de la tasa de interés llevada a cabo por el señor Greenspan.


Es en este contexto que el escepticismo sobre el paquete económico anunciado por la Casa Blanca (1% del PBI norteamericano ó US$ 140 mil-US$ 150 mil millones) no ha sido considerado suficiente tampoco ("demasiado poco, demasiado tarde", dicen). Es verdad que el Ejecutivo de ese país no ha anunciado cómo lo va a implementar y que aún se discute a quiénes debe beneficiar. Pero si de ese compromiso ya no puede escaparse la Casa Blanca ni el Congreso ¿por qué reacciona tan violentamente el mercado?.


Así mientras los operadores del mercado bursátil dominan el escenario de la conclusión del ciclo económico en Estados Unidos (cuya nueva fase ascendente debiera visualizarse en un plazo de entre seis meses y año y medio), generan también desorden y gravísimo trastorno en el mercado global. Si de momento se ha pasado del pánico inicial a la alta volatilidad, la actividad especulativa de esos agentes continúa desenfrenada.


Ello puede generar que los indicadores principales (el DOW, el NASDAQ etc.) superen el límite psicológico de 20% de pérdidas para consolidar un mercado a la baja que retroalimentará la recesión. Cuando ello ocurra la percepción de que estamos, además, frente a un cambio estructural mayor de apresurada alteración de centros de poder económico (Soros) puede cuajar.


A ello se suma la especulación monetaria que, con un dólar presionado hacia la devaluación por la rebaja de intereses, tendrá efectos amplios que van desde la alteración de los precios en el comercio internacional hasta la acumulación de reservas por los bancos centrales.


Todo ello genera altísima incertidumbre que, por el momento, puede ser controlada nacionalmente por la menor vulnerabilidad de las economías menores como la peruana tan esforzadamente construida.


Pero esa resistencia tiene límites. En consecuencia la disciplina de una economía abierta y la diversificación de mercados deben incrementarse estimulando la producción y la demanda en el Perú y en mercados de escala factibles. A ello debe sumarse la promoción de soluciones a partir de coordinaciones plurilaterales que deben incluirse, de manera prioritaria, en nuestra política exterior. Ahora que se requiere orientación del Estado (como ocurre en la primera potencia) lo peor que pueda pasar es dejar todo a la anarquía del mercado comandado por especuladores de gran escala.



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