• Alejandro Deustua

La Visita del Presidente Chino a Estados Unidos (y a México, Costa Rica y Trinidad Tobago)

La visita del Presidente de China a Estados Unidos puede haber sido protocolarmente innovadora en la informal California y no haber logrado acuerdos extraordinarios. Pero ha iniciado un incierto proceso de entendimiento entre los presidentes Obama y Xi Jinping que pretende definir un “nuevo modelo” de relación entre la única superpotencia y la más importante potencia emergente.


Este desarrollo estratégico ha sido precedido de otro: la presencia del Jefe de Estado chino en lo que se conocía como la zona de influencia estadounidense en América (que se distingue claramente del escenario suramericano) desarrollada con el ánimo de cambiar el tipo de vínculo de los Estados del Caribe, y algunos de Centro y Norteamérica con la potencia asiática.


En el primer caso, una larga lista de intereses ha sido discutida teniendo en cuenta las crecientes capacidades chinas, su nuevo posicionamiento en escenarios de interés principal para Estados Unidos en Asia, Medio Oriente, África y lo que debieran ser nuevas responsabilidades globales.

En el segundo caso, el Presidente Hi Jinping no ha dudado de esgrimir la influencia económica real y expectaticia como sustento principal de su influencia geopolítica.

En efecto, en México (la tercera etapa de la gira) el presidente chino hizo saber que el quantum de su importancia se puede medir en términos del futuro y sustancial incremento de sus importaciones, inversiones y turismo en el exterior.


El mandatario chino inició el mes visitando Trinidad y Tobago, escenario que no fue sólo un tropical albergue que le facilitó una reunión con los líderes de CARICOM: Trinidad y Tobago es responsable del 6% de las exportaciones de gas en el mundo, de 25% de las que se originan en América Latina y el Caribe y principal exportador de LNG a Estados Unidos (EIA) a costa de una gran dependencia (40% de su PBI se debe al gas que concentra 80% de sus exportaciones) (BM).


Señalar la importancia del anfitrión trinitario como proveedor de energía hoy explotada por empresas europeas, generar expectativas de cooperación diversificadora y recordar el rol de ese país en el reconocimiento de China en los viejos 70 fue una carta ganadora. Ésta podría expresarse a favor del Caribe si China apoya la candidatura de Antigua y Barbados a la presidencia de la 68ª Asamblea General de la ONU.


En Costa Rica, el presidente chino también destacó la importancia estratégica de su anfitrión: no sólo se trata del único de los países centroamericanos que reconoce a la República Popular y no a Taiwán con el que, además, ha suscrito un acuerdo de libre comercio, sino que su posición geopolítica amerita la financiación de una refinería de petróleo (probablemente importado de Venezuela) cuyo valor se incrementaría en tiempos de dificultad (el interés por invertir en infraestructura pareció un atrevimiento complementario). Por lo demás, Costa Rica coloca en China buena parte del 20% de sus exportaciones: los microprocesadores Intel.


El impacto de la visita del presidente chino a Costa Rica se sentirá en Centro América. Es más, más temprano que tarde Centroamérica cambiará por China su actual lealtad a Taiwán. Al respecto, el presidente de Nicaragua Daniel Ortega ha anunciado que, además de la futura inversión china en el sector de telecomunicaciones (US$ 2 mil millones en tres años) incluyendo el lanzamiento de un satélite (otros US$ 300 millones aprox.), China ha expresado su interés en la construcción de un canal interoceánico considerando un financiamiento de US$ 40 mil millones para el proyecto. Al margen de que la ampliación del canal de Panamá está por concluirse matizando con esa realidad la viabilidad del ansiado canal nicaragüense, el Presidente Ortega no ha dudado en comprometer el valor geopolítico de su país con una incierta promesa china que aún se encuentra en el ámbito de las expectativas.


Éstas, que irrumpieron en México con anuncios estadísticos sobre la capacidad económica china, fueron albergadas por un cambio estratégico real. En efecto, el Presidente Peña Nieto ha iniciado una rápida aproximación con China probablemente influido por los Estados Unidos y porque no queda más remedio luego de que los gobiernos de los ex -presidentes Fox y Calderón mantuvieran distancia con esa potencia emergente.


Ello ocurre a pesar de que los problemas del pasado se han agravado: la competencia de las exportaciones chinas con las mexicanas en el mercado norteamericano se ha intensificado, el inmenso déficit comercial mexicano con esa potencia se ha agravado (de US$ 46. 3 mil millones en 2011 a US$ 51 mil millones en el 2012 sobre un comercio total de US$ 62.6 mil millones según la Secretaría de Economía de México) y el fundamento de las mismas (la mano de obra barata y precios por debajo del mercado) ha derivado en una brecha de productividad que México no puede atajar (al respecto, hace un tiempo México llevó a la OMC una controversia por subsidios chinos a la producción de textiles).


El cambio radical de posición del Presidente Peña Nieto implica el reconocimiento de que México efectivamente no puede competir con las exportaciones chinas. En consecuencia ha planteado la cooperación. Ésta consistiría aparentemente en interesar a China para que emplee la plataforma mexicana a fin de exportar a Estados Unidos, en solucionar el conflicto planteado ante la OMC por la vía amistosa y en promover un mejor equilibrio (o mejor, un menor desequilibrio) de la balanza comercial.


Este cambio sustancial en la relación comercial lleva consigo el reconocimiento de que la participación mexicana en el mercado norteamericano será cada vez menor en relación a las colocaciones chinas (a pesar de que más del 80% de las exportaciones mexicanas se colocan en Estados Unidos, México ya ha sido desplazado por China del segundo lugar como socio comercial). La necesidad de diversificar el destino de las exportaciones mexicanas, hace tiempo reconocida, se ha incrementado con ese reconocimiento.

Con ese terreno ganado, el Presidente Xi Jinpig llegó a Estados Unidos para discutir una agenda puntual de intereses buscando convergencia donde había poco de ella y, a iniciativa norteamericana, desarrollar el “nuevo modelo” de relación.


En lo primero, las partes coincidieron en un interés vital hoy compartido en alguna medida (desescalar la amenaza nuclear de Corea del Norte y promover las conversaciones entre ésta y Corea del Sur para estabilizar la península) y en asuntos ambientales (un compromiso para reducir las emisiones de hidrofluorocarbonos hacia el 2050 -un logro importante a la luz de la reticencia china a comprometerse en esta materia).


Entre los desacuerdos resalta la imposibilidad de las partes de lograr un entendimiento sobre los ataques cibernéticos chinos (que China niega aunque reconoce la importancia que Estados Unidos otorga a la materia), sobre flexibilización de la posición china en los reclamos marítimos que involucran islas disputadas por Japón, Corea del Sur, Viet Nam y Tailandia que afectan la política exterior norteamericana “orientada a Asia” y sobre la resistencia norteamericana a varias demandas chinas (que Estados Unidos deje de vender armas a Taiwán, que la superpotencia cancele el veto a las exportaciones de alta tecnología a China y que Estados Unidos reconozca que el yuan no es la causa sustancial del desbalance comercial entre las partes).


Finalmente, el intento de definir un “nuevo modelo” en la relación bilateral sigue siendo, en apariencia, un proceso en marcha. La idea central del mismo (Estados Unidos admite la emergencia pacífica de China –lo que implica que esa potencia no es definida como una amenaza- y China no altera la estabilidad global) parece un parámetro razonable siempre que no implique reconocimiento de paridad hoy inexistente y que se considere que la fricción que genera la potencia emergente en relación a la que desea mantener el liderazgo pueda efectivamente ser gestionada en algún tramo.


Pero en tanto que esa fricción es inevitable y la gestión de la competencia tendrá puntos de inflexión que deberá ser manejada por cada uno de acuerdo a su propio interés en un marco de circunstancias cambiantes, algún grado de conflicto deberá admitirse para que el “modelo” no se divorcie de la realidad (y tampoco de los imponderables). Ello implica que la adquisición de capacidades por cada quien seguirá su marcha condicionando nuevos balances de poder en el ámbito global y regional. En ese proceso, hoy la diplomacia quiere mandar pero puede hacerlo menos mañana.


Además de tomar medidas de adecuación a un contexto estratégico sino-americano que hoy ofrece ventajas extendidas por la interdependencia (el acuerdo transpacífico, por ejemplo) el Perú debe repensar su relación con China y Estados Unidos tomando en cuenta la incertidumbre futura (que no es comandada sólo por la economía).


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