• Alejandro Deustua

La Visita de la Señora Rousseff a Washington

La Presidenta Dilma Rousseff acaba de confirmar en Estados Unidos el status del Brasil como líder hemisférico y potencia emergente con intereses globales. A pesar de que la agenda en Washington se concentró también en la importancia de la baja política en la relación bilateral (p.e. en el reconocimiento de la importancia del sector privado como sustento de relaciones exteriores y de la prioridad estratégica otorgada a la educación), los asuntos de alta política vinculados al status y a las responsabilidades extraregionales del Brasil sobresalieron en el comunicado de ambas presidencias. Más allá de la preocupación mediática por las medidas protocolares que no rodearon la visita del señora Rousseff, el hecho es que los presidentes de Brasil y Estados Unidos reiteraron la calidad “equilibrada” de su asociación estratégica y su centralidad como las dos mayores democracias del Hemisferio. A ese reconocimiento de status compartido siguió el que corresponde sólo al Brasil: una potencia emergente y miembro importante de los BRICS (como se presentó en Harvard) responsable de muy buena parte del crecimiento global y cuya aspiración a un sitio permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU fue respaldado expresamente por el presidente norteamericano. Por lo demás, las responsabilidades globales del Brasil adquirieron identidad concreta en la cooperación dentro del Grupo de los 20 (definido como el más alto foro económico y promotor no del ajuste sino de los equilibrios globales con crecimiento y empleo), en la promoción de soluciones pacíficas y multilaterales en los problemas del Medio Oriente y el África (un énfasis más brasileño que norteamericano a pesar de la peculiar iniciativa turco-brasileña en Irán), en la cooperación “trilateral” entre Brasil y Estados Unidos en América Latina, el Caribe y África (un asunto de alta política a pesar de la distinta apariencia que presentan los temas de seguridad alimentaria, energía, agricultura o seguridad ciudadana) y en la promoción del nuevo ciclo de no proliferación nuclear (que involucra la evolución del estratégicamente vital Tratado de No Proliferación). El marco en que Estados Unidos expresa el reconocimiento del alto rol brasileño viene de la Guerra Fría (específicamente, de la época de Nixon) pero se concreta contemporáneamente en el 2007 con la presidencia de Luis Inacio da Silva. En las proximidades de ese año se concretan los acuerdos de defensa y de control de narcóticos mientras que los diálogos de cooperación económica, energética y de seguridad más importantes datan del año pasado. Para no perder el ritmo, la Presidenta Rousseff no se ha andado por las ramas cuando se ha tratado de ser explícitos sobre la importancia de Estados Unidos en la construcción de un nuevo orden y de la necesidad de que así sea (una conducta bien distinta de la de sus vecinos cubano y venezolano con los que Brasil guarda una relación ambivalente). En el ámbito regional, sin embargo, la cumbre de Washington no expresó en agenda concreta el liderazgo brasileño. Tal omisión deriva la prudencia pues el rol de esa potencia emergente no ha sido plenamente aceptado en el área aún. Por los demás la cumbre de las Américas que se desarrolla en Colombia en estos días se ocupa de desarrollar la temática hemisférica correspondiente. Aunque no todo es poder blando en la relación entre Brasil y Estados Unidos, la mención especial a la importancia del comercio bilateral (US$ 74 mil millones) y de las inversiones (especialmente de aquellas que viene acompañada con tecnología y gran escala como el caso Boeing) se afirmó en la importancia otorgada a las empresas y a la sociedad de ambos países. En ese escenario –que es el de las relaciones exteriores- destacó el rol de la educación cuya importancia política se expresó como prioridad estratégica en tanto este es el campo de la ciencia, la tecnología, la innovación y la competitividad. Aquí los brasileños, a diferencia de buena parte de los latinoamericanos, no se andaron con retórica: el afán por concretar intercambios útiles en sectores bien definidos tuvo su premio en instituciones tan venerables y revolucionarias como el MIT. El encuentro entre los presidente de Brasil y Estados Unidos puede no haber sido ni fundacional ni espectacular en resultados concretos (salvo por la ausencia de mención a la ronda Doha cuando se trató sobre la importancia del comercio global) ni liberador de fricciones en otros escenarios. Pero ha sido un paso que dio cuenta, en Washington, de la realidad incremental del Brasil como potencia emergente, de su creciente dimensión global y de su rol articulador o fragmentador de la asociación hemisférica y, por tanto, del sistema interamericano.


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