• Alejandro Deustua

La V Cumbre de las Américas: Consideraciones Preliminares

La Quinta Cumbre de las Américas se celebra en Trinidad y Tobago en un contexto no previsto cuando empezó su preparación diplomática al concluir la anterior (Buenos Aires) en el 2005. Los trabajos burocráticos realizados a la fecha no concuerdan, por tanto, con las alteraciones contextuales ocurridas en el último medio año: la aceleración del proceso de cambios sistémicos, la gran crisis económica y una presidencia norteamericana que está revisando el conjunto de la política exterior de la primera potencia.


En tanto este nuevo escenario emergió con mayor intensidad a partir de octubre pasado (las primera manifestaciones graves de la crisis económica) y con la elección en noviembre de Barack Obama, la organización de la cumbre debió cambiar de orientación. Pero frente a la incertidumbre, la preparación de un texto infértil y declarativo al margen de las urgencias del momento continuó en apariencia. De esa pérdida de rumbo se salvaron algunos acápites específicos como los de medio ambiente, desarrollo energético y ciertos temas sociales vinculados a la “prosperidad”. Estos acápites, sin embargo, constituyen una agenda reduccionista y claramente insuficiente para plantear una “nueva era” en la evolución sistema interamericano.


Por ello esperamos que los Jefes de Estado y de gobierno que concurren a Puerto España puedan considerar una mapa de ruta para el proceso de redefinición hemisférica en que se han embarcado, mucho más por omisión que por acción, los miembros del sistema hemisférico.


Especialmente si el proceso que dio inicio a las cumbres americanas que se inició con la Iniciativa de las Américas de 1991 y se concretó con la primera cumbre en 1994 desea darse por cancelado cuando lo que ha fracasado es su cobertura y formato, pero no necesariamente sus contenidos.


Al respecto debe recordarse que el Brasil, que hoy no desea registrar su concurso como copresidente del ALCA, mantiene una relación especial con Estados Unidos sustentada en la relación energética, pero también en el comercio entre otras áreas. Y que todos los países centroamericanos y del Pacífico suramericano (salvo Ecuador) han suscrito acuerdos de libre comercio con la primera potencia. Esa masa crítica de interdependencia económica interamericana debe ser preservada antes de tirar por la borda sus avances en aras de una “nueva era” cuya definición política está aún desprovista de contenido y signada apenas por nuevo estilo de trato: la disposición del Presidente Obama para “oir” mejor a los latinoamericanos y caribeños para el diseño de una nueva agenda.


Como es obvio, ello implica fortalecer la relación interamericana en lugar de diluirla como pretenden los aliados del ALBA enrumbados en un imprudente y errado proyecto político (el socialismo del siglo XXI que heredará al socialismo cubano) y que desea para sí la constitución de un polo de poder disfuncional en la región.


Esa ofensiva diplomática (acompañada de un proceso de acumulación de capacidades) converge, paradójicamente, con la disposición norteamericana de reaproximarse a Cuba bajo términos de una incierta reciprocidad. En ese marco, el Secretario General de la OEA, quizás sin el consenso necesario, ha expresado su deseo de cancelar la vigencia de la resolución que suspendió la participación cubana en la OEA.


Ello estaría muy bien si Cuba expresara su deseo de que así ocurriera y sufragara la elemental condición de apertura del régimen totalitario que oprime a su pueblo. Tal premisa debería ser antecedida por otra: la revisión de todas las decisiones del sistema vinculada con la Guerra Fría para actualizar el sistema a los nuevos tiempos. En ese marco la decisión sobre Cuba tendría más sentido y consistencia.


Por lo demás, la Cumbre no puede concluir sin un programa hemisférico que, enmarcado en los lineamientos del G20, contribuya a atenuar el impacto de la crisis en la región y contribuya a salir de ella en el menor tiempo posible. Esperamos que la visión de los Jefes de Estado que concurren a Trinidad y Tobago sean permeables a los requerimientos de la coyuntura y del largo plazo. Si mantienen el curso inercial, el sistema interamericano se verá fuertemente mermado.



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