• Alejandro Deustua

La Toma de Posesión de Obama

El Presidente Barack Obama ha anunciado una nueva era de responsabilidad para Estados Unidos y una nueva era de paz al mundo. Su discurso de toma de posesión, sin embargo, se ha concentrado en diagnósticos y objetivos normativos antes que en políticas específicas para concretar el nuevo tiempo. Éstas se anunciarán en el corto plazo para afrontar un largo y esforzado período de recuperación.


Asumiendo que esa renovación se logre, la nueva era parece más bien orientada a la recuperación de un status hoy cuestionado por la crisis económica y la guerra antes que a una gran innovación. Ello supone, sin embargo, la redefinición del liderazgo norteamericano en un escenario global más complejo y competitivo que requerirá un modus operandi distinto al que ejerció la administración Bush.


La severidad de la circunstancia ha sido bien entendida por el Presidente Obama quien, si bien distinguió entre su disposición a lidiar con los desafíos de la erosión nacional del significado social de su elección, encontró la forma de vincular ambos factores con un sentido pragmático.


Éste consistió en referir el sentido de su elección como una evolución desligada de alusiones reivindicacionistas o confrontacionales y orientada, más bien, al servicio de una causa común. Así, la referencia a la gesta del reconocimiento de los derechos civiles en Estados Unidos estuvo ausente de exagerados tintes raciales y fue más bien orientada a destacar los elementos de inclusión.


En ese contexto la reflexión sobre la identidad norteamericana se realizó para sustentar el esfuerzo restaurador. Esa identidad fue referida como plural aludiendo a las diversas influencias religiosas y culturales de sus inmigrantes antes que a diferencias de origen nacional o étnico. El factor cohesionador de esa pluralidad se reconoció explícitamente en los valores tradicionales de los Estados Unidos tal como los expresaron sus fundadores. Así Obama dejó en claro que Estados Unidos es efectivamente una nación y un Estado que, a pesar de sus múltiples orígenes, ciertamente no es un conjunto de entidades faccionalistas o fragmentadoras. En consecuencia Obama se presentó como un estadista ecuménico alejándose de toda tentación populista.


En ese contexto definió, de manera pragmática, el rol del Estado que va a gobernar: uno que funcione, no uno “grande” o “pequeño”, alejando su gestión de la controversia ideológica y partidista. Y también precisó el rol del mercado en este tiempo de recuperación como la fuerza más potente de generación de riqueza (es decir, inconfundiblemente capitalista) siempre que sea complementado con adecuada supervigilancia. En ello, como en otros puntos, se distinguió de la administración Bush (es decir, del liberalismo extremo del laissez faire) y de su antecesores demócratas (ideológicamente más proclives al intervencionismo socialdemócrata que al intervencionismo surgido de la necesidad que es el orden del día). De allí que la asignación de responsabilidades por la crisis no fuera imputada a nadie en particular sino a una “falla colectiva” en momentos en el que las fallas del mercado resultaban evidentes.


A esa misma colectividad apeló para atacar la noción de la inevitabilidad del declive nacional y para procurar la recuperación la “grandeza de los Estados Unidos”.


Con ese propósito se esmeró en recordar que Estados Unidos sigue siendo la primera potencia con capacidades económicas y militares quizás mermadas pero aún insuperadas. Sobre esa base deberá redefinir su liderazgo en el mundo, mejorar la seguridad nacional sin admitir la postergación de sus principios y ejercer el poder con prudencia.


En consecuencia, los fundamentos de la defensa implicaron la afirmación de que la seguridad nacional no puede desligarse de los valores que la sustentan ni optar por la mera eficacia. En ese contexto, y en implícita admisión de la complejidad, el poder no podrá ejercerse sin autorestricción.


Si la alusión al pragmatismoy al unilateralismo de la administración Bush fue acá evidente (aunque, paradójicamente, la administración Bush ejerció el poder siempre en nombre de valores generalmente definidos en torno a la libertad y a la existencia del bien y del mal), también quedó clara la autopercepción de una superpotencia predominante pero no hegemónica.


En este marco, a su vez realista e idealista, el presidente Obama aludió a los desafíos inmediatos de la política exterior norteamericana: Irak (un retiro responsable), Irán (la consolidación de la paz, la lucha contra la proliferación nuclear y el medio ambiente (que requieren de alianzas) y el combate del terrorismo (que fue el único caso al que se refirió en términos de una necesaria derrota del enemigo).


Por lo demás, no hubieron interlocutores explícitamente aludidos en el mensaje salvo en el caso del mundo musulmán. A los Estados que pertenecen a él ofreció más realismo que idealismo: la cooperación sobre la base de respeto e intereses compartidos.


Esta persistencia en definir al interlocutor en términos culturales (o de sus características políticas) fue ratificada en la referencia a los adversarios. Así sugirió a los enemigos de Occidente que recuerden que el valor de su confrontación será desconocido por sus propios pueblos (éstos premian a los que construyen, no a los que destruyen). Los gobiernos cubano, venezolano y boliviano, para mencionar sólo a las pequeñas potencias americanas, debieran tomar nota al respecto.


Finalmente, a los que se formaron en la corrupción o usurparon el poder les enrostró que, a pesar de que están “en el lado equivocado de la historia”, Estados Unidos podría ayudarlos a cambiar si es que están dispuestos a ser ayudados. Esta última referencia dista de la predisposición al “regime change” de la administración Bush.


Hasta aquí la novedad pragmática. En lo que hubo vacua reiteración fue en la referencia los países pobres (diferentes a los que como, el Perú, son países de ingresos medios), a los que ofreció, sin mayor énfasis, cooperación para satisfacer necesidades básicas. Aquí la oferta de la esperanza falló.


Pero ello fue la excepción. Obama ha sabido transmitir su esperanza y comprometer el esfuerzo para hacerla realidad. Los socios de Estados Unidos no sólo se beneficiarán de ello sino que son indispensables para ese propósito. Mientras aguardan por la precisión de las políticas específicas, éstos pueden expresar su disposición a compartir las responsabilidades del caso.



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