• Alejandro Deustua

La Señora Clinton y la Política Exterior Norteamericana

La inminente Secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha planteado ante el Senado de su país la necesidad de una política exterior bipartidista y un nuevo enfoque de relaciones internacionales.


Al tiempo de recusar implícitamte a maniqueos neoconservadores y hasta a los definen el interés nacional en términos de poder, ha reconocido una realidad: Estados Unidos no es capaz de establecer un orden internacional por sí solo ni el resto de miembros del sistema puede emprender esa tarea sin la primera superpotencia. Así se ha referido a la interdependencia. Aunque esa propuesta se remonta a la década de los 70 del siglo pasado, la señora Clinton ha preferido reconocerla como la lección fundamental de los últimos 20 años para enfatizarla. Así, la polémica sobre el unilateralismo norteamericano se reflejará en la búsqueda de más socios que adversarios, soluciones globales para problemas globales y más pragmatismo y principios que ideología.


Este claro punto de vista, sin embargo, se complicará si la señora Clinton insiste en proyectar el interés norteamericano mediante un juego de palabras: el “smart power” (o “poder astuto”). Más aún cuando esta novedad refiere un viejo sentido común: el poder incluye la diplomacia, la fuerza y toda la gama de instrumentos capaces de generar influencia. Este artilugio, que reclamará probablemente el concurso del creador de su antecedente (el “soft power”, que no es otra cosa que influencia sin uso de la fuerza), puede entorpecer mediante discusiones innecesarias la realización del interés nacional norteamericano: asegurar la seguridad de Estados Unidos, promover el crecimiento económico propio y ajeno y fortalecer la erosionada posición de la primera potencia.


En efecto, para confrontar los múltiples desafíos norteamericanos (retiro de Irak, paz en Afganistán, seguridad para Israel, realización de razonables aspiraciones palestinas, lucha contra el terrorismo y la proliferación nuclear, relaciones de confianza con Europa y adecuados modus operandi con China e India) Estado Unidos no puede darse el lujo de quedar atrapado en un trabalenguas. Su diplomacia debe estar a la altura de sus nuevas responsabilidades al tiempo que se reduce la responsabilidad de su componente militar.


Ello implica claridad conceptual y destreza instrumental para brindar a la crisis económica y a sus consecuencias financieras, geopolíticas y humanitarias una solución amplia. Especialmente si se va a reconocer al G-20 y a las potencias emergentes un rol destacado en ese proceso.


Similar claridad se requiere para el diagnóstico de la relación entre regiones. Y aquélla no aparece en el caso de nuestro Hemisferio: la afirmación de que las Américas comparten hoy valores e intereses comunes es obviamente errada. Si ése es más bien el objetivo, debe reconocerse la fragmentación que lamentablemente se ha instalado en el área. Las cumbres americanas deben identificar esta situación para diferenciar socios de adversarios y recuperar la convergencia en el tiempo.


Si ello no ocurre, la administración Obama puede cometer el error de, por ejemplo, otorgar un trato prioritario a la relación con Cuba y Venezuela postergando a los Estados democráticos y abiertos. Estados Unidos no debe cometer esa equivocación. Lo primero es reconocer a los socios y luego reconstruir el sistema interamericano y su agenda para que los autárquicos se acerquen a él y no al revés.



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