La Política Exterior en Un Plan de Gobierno
- Alejandro Deustua

- hace 3 días
- 3 min de lectura
7 de julio de 2026
Si un programa de gobierno no puede ser un tratado académico tampoco debe desarrollarse mediante lemas que trivialicen sus propuestas. Sin embargo, ello ocurre en estos textos que oscilan entre lugares comunes, planteamientos de generalidad extraordinaria o referencias arbitrarias desatentas a su viabilidad.
Estas características están también presentes en el capítulo de política exterior del programa de gobierno de Fuerza Popular. Para que éste pueda realizarse con alguna eficiencia los autores podrían esclarecer algunos de sus conceptos y presentar un diagnóstico verosímil del escenario en que el programa deberá llevarse a cabo.
Veamos algunos casos. La rotundidad de la propuesta de una política “soberana y pragmática” pareciera reflejar la idea de una soberanía plena o absoluta. Al respecto, quizás los proponentes deberían entender que la política exterior es tan soberana como el Estado que la comanda. Si el gobernante eventual no lo entiende así es probable que tienda al exceso y resulte en frustración. La explicación es sencilla: desde el siglo XIX los estados (y sus gobiernos) está al tanto de que la noción de soberanía absoluta ha cedido paso al concepto de soberanía relativa por la presencia activa de otros estados (hay 195 en la ONU vs los 50 que la fundaron en 1945), por la complejidad de las relaciones entre ellos y por las limitaciones normativas que contratan.
Y si esa política desea ser pragmática, cabría preguntar qué tipo de pragmatismo se propone. Si éste implica que el Perú posee todos los medios necesarios para lograr sus propósitos el camino estará plagado de reveses y conflicto con mínimos beneficios porque esos medios no están a su disposición.
De orto lado, si ese pragmatismo pretende ser más bien transaccional (hoy tan de moda en Estados Unidos) su realización dependerá menos de la negociación diplomática que de lo que el país, en trueque, puede realmente dar cambio para lograr su objetivo sin gran sacrificio. Dado que el Perú es una pequeña potencia que representa 0.27% del PBI mundial su capacidad medida en recursos locales no es extraordinaria.
Por lo demás, si el pragmatismo en cuestión incluyera la subordinación de facto de principios y valores a cambio de algún trato preferencial el Perú estaría arriesgando activos inmateriales en los que basa su posicionamiento en el sistema internacional. Y si la vocación pragmática implicase negociación de principios fundamentales (condicionamientos de libertad ciudadana -p.e. prohibición de la libertad de movimiento-; de libre mercado, p.e. aceptación de limitaciones arbitrarias de acceso de exportaciones;- o de pilares democráticos -p.e. invalidación de la Carta Democrática-) se estaría arriesgando la calidad estatal y sus términos de sobrevivencia a cambio de algún resultado menor.
De otro lado, la calidad y jerarquía de esos valores deben entenderse adecuadamente antes de procurar una política que no procura un “alineamiento automático”. Sobre el particular, el nuevo gobierno debe tener en claro que la actual condición liberal del Estado peruano está constitucionalmente bien arraigada y que, en consecuencia, éste ha optado por un posicionamiento en el sistema internacional ligado a una mayor coincidencia de intereses con otros estados liberales. Si la masa crítica de esos países se encuentra en Occidente, el nuevo gobierno haría mal en devaluar su posición en esa esfera civilizacional con cuyos países miembros el alineamiento debe entenderse como asociación fundamental. Y si, como es natural, la búsqueda de beneficios potenciales reclama una relación importante con otro tipo de estados (p.e. China), ésta puede ser bien atendida sin sacrificar el arraigo natural del país.
Al procurarlo pareciera necesario entender que la “relación estratégica equilibrada con Estados Unidos y China” no implica igual ponderación estratégica, ni equidistancia, ni equilibrio perfecto con ambos estados. Al respecto es más coherente procurar un balance posible que ponga mayor valor en Estados Unidos (que no es sinónimo de Trump) en tanto potencia occidental y geopolítica (vinculada a la realidad geográfica, de poder y de tradición que condiciona los términos de nuestra proyección externa).
De otro lado, el programa de gobierno en cuestión hace bien en priorizar el “fortalecimiento y profundización” de acuerdos comerciales. Al respecto, sin embargo, debe recordarse que alrededor del 90% de nuestro comercio exterior ya está cubierto por acuerdos de libre comercio. Y sin embargo, la concentración productiva nacional no ha permitido un mejor beneficio de esos acuerdos en los varios sectores cubiertos. Si la concreción de más acuerdos es bienvenida (ya existen 23), es hora de que el “fortalecimiento” implique mayor flujo inversión extranjera que contribuyan a diversificar la producción y a generar empleo.
Lo mismo ocurre con la integración a la que siempre es necesario referirse. Si bien la muy débil Alianza del Pacífico debe potenciarse ello no implica el sacrificio de la integración subcontinental. El desarrollo del mercado suramericano debe ser una prioridad no desmerecida (ni siquiera en relación a la APEC).
La lista sigue.




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