• Alejandro Deustua

La Multipolaridad No Está a la Vuelta de la Esquina

Al margen de su causa inmediata, el uso de la fuerza rusa en el Cáucaso ha estimulado el tránsito del sistema internacional hacia la multipolaridad. A ello ha contribuido intensamente la relativa pérdida de influencia norteamericana, el empuje económico y estratégico de las potencias emergentes y el creciente protagonismo chino, entre otros factores de poder.

Esas tendencias, sin embargo, no han consolidado aún un nuevo orden al que muchos aspiran. Es verdad que la capacidad de desafío a Estados Unidos se ha incrementado provenga aquélla de una pluralidad de potencias o de actores no convencionales. Y también es cierto que la capacidad de ordenamiento hegemónico de la primera potencia ha disminuido considerablemente, que la fragmentación de la unidad del poder en sus vertientes económica, militar o demográfica es más evidente y que el consenso liberal articulado por buena parte de la comunidad internacional en la década pasada se ha reducido.

Pero ni el reemplazo de los Estados Unidos como potencia predominante ha ocurrido, ni el poder de otros Estados se ha arraigado plenamente en la estructura del sistema como para culminar el tránsito de un precario y corto sistema unipolar a otro distinto. Es más, si se considera sólo las capacidades de poder (especialmente la militar), Estados Unidos sigue definiendo un polo que, aunque no suficientemente eficaz, es ciertamente superior. De allí que quizás nos encontremos hoy antes en un tránsito más dinámico de un “momento unipolar” a otro “momento multipolar” que en el reemplazo estructural de un sistema por otro.

Ese tránsito va acompañado por un incremento del riesgo económico y estratégico. En el primer caso, sin embargo, la crisis económica global es ciertamente menor que la de la “Gran Depresión” con la que algunos la han querido comparar. Y en el segundo, el mayor desorden global y la pérdida de consistencia de los regímenes que dan consistencia institucional al sistema no tiene el carácter catastrófico que ha definido todo cambio sistémico internacional excepción hecha del ocurrido en 1991.

Sin embargo, este último se está incrementando con el intento de algunas potencias de recuperar zonas de influencia (Rusia) y los intentos de occidentales de resistirlas, con la redefinición de las políticas exteriores y de seguridad de potencias nacionales o grupales (Estados Unidos y la Unión Europea), de alerta (la OTAN) o establecimiento de alianzas (los intentos sinorusos), con nuevos aprestamientos beligerantes (Irán) y renovadas dinámicas armamentistas y de alteración de sistemas de balance de poder existentes.

Todo esto ocurre en un escenario de gran ineficacia multilateral, de insuficiente cooperación económica y escasa coordinación global. Con ello los costos de establecimiento de un sistema multipolar probablemente serán muy superiores a los sufragados en 1991 cuando el sistema cambió, por primera vez, sin cobrar el precio de una gran “guerra caliente”.

Los Estados que aspiran a un sistema multipolar deben tener presente esta realidad. Especialmente aquellos que asumen que ese sistema es intrínsicamente equivalente a la democratización del orden internacional (una aspiración vana frente a las nuevas jerarquías de poder), al reino de la diplomacia (una utopía pacifista) o a plena autonomía nacional (una esperanza irracional en el escenario prevaleciente de la interdependencia que reclama mayor esfuerzo propio que ajeno).



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