• Alejandro Deustua

La Lucha Contra el Terrorismo Islámico

Si no cabe duda de que el ataque contra Charlie Hebdo fue un acto terrorista y no un homicidio múltiple perpetrado por agentes del extremismo islámico tampoco la hay sobre sobre su fracaso. La masiva respuesta de la ciudadanía francesa, de sus dirigentes políticos y de los líderes europeos restaron del objetivo terrorista el miedo colectivo que pretendieron engendrar esos agentes atacando un controversial hebdomario satírico.


La inmensa multitud autoconvocada detrás de un eslogan común (“yo soy Charlie, policía, judío…”) en defensa de las libertades republicanas y de sus instituciones, de las cuales Francia es un baluarte, hizo trizas, en París, la miserable emboscada que quiso mutilar la libertad de expresión en nombre de una envenenada versión del Islam.


Ello no asegura, sin embargo, el fin de atentados de este tipo en Europa. En tanto el delito se perpetró en el marco de una yihad antioccidental convocada por el Estado Islámico y su vinculación con Al Qaeda es de esperar más ataques terroristas en ese escenario. Por lo demás, el uso del terrorismo contra libertad de expresión está bien enraizado en las diferentes formas de extremismo musulmán (los ayatolas contra Salman Rushdie y el periódico danés Jyllands-Posten, los talibanes contra Malala Yousafzai) para que vaya a terminar súbitamente.


De otro lado, la acción antiterrorista europea, enaltecida por el pueblo francés, parece ser hasta hoy sólo defensiva mientras la coordinación interestatal al respecto no sugiere aún grandes medidas y evidencia escaso despliegue militar ofensivo. Éste debe incrementarse con el objetivo de terminar con el Estado Islámico y de retomar, a través de socios árabes, el territorio sirio e iraquí arrebatado por el desplome del Estado en esa parte del mundo y el retiro norteamericano de Irak y en Afganistán.


De otro lado, es necesario replantear la pregunta sobre si Charlie Hebdo (como el Jylland-Posten) ha ejercido el derecho a la libre expresión responsablemente al yuxtaponer la reacción a la arbitrariedad asesina de la fatwa y a los excesos de imanes radicales con la mofa de la deidad musulmana. El debate jurídico sobre la materia no ha concluido. Dada su importancia, es hora de que tribunales superiores, como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, se pronuncien al respecto.


Simultáneamente es necesario iniciar la ofensiva diplomática contra el extremismo islámico. Al respecto parece razonable intentar traducir la condena general que ha merecido el acto terrorista en París (que ha incluido, quizás con doblez de miembros de la Liga Árabe y de gobiernos antisistémicos como Venezuela y Bolivia) en acción política eficaz y no sólo declarativa.


El centro de esa actividad podría ser el llamado de atención planteado por el gobierno egipcio sobre los peligros del uso de la religión como instrumento ideológico y sobre cómo el Islam puede llegar a ser percibido como amenaza global.


Bien harían los tutores de las interrumpidas cumbres América Latina-Países Árabes en plantear el punto.


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