• Alejandro Deustua

La Identidad de la Unión Europea

La Unión Europea es, sin duda, el esquema de integración de mayor éxito económico, político y social en el mundo. En medio siglo ha evolucionado de una zona de libre comercio a una unión monetaria, y de un foro de cooperación elemental a una entidad de compleja cooperación política.


Sin embargo, a pesar de haberse expandido de 6 a 27 países miembros y profundizado el esquema cediendo considerables soberanía a un centro burocrático en Bruselas, no es aún una unidad política capaz de reemplazar a los Estados que la componen. Por ello no puede ser una superpotencia convencional.


La Unión Europea sí es, en cambio, una construcción funcional en la que los Estados miembros organizan mercados de escala, convalidan términos de gobernabilidad y multiplican el bienestar. Pero esa entidad no es equivalente a “Europa”, que es un milenario escenario civilizacional que, como tal, ostenta una heredad cultural, alberga a sujetos soberanos con intereses más o menos diferenciados y organiza nacionalmente a ciudadanos que responden a gobierno electos por el pueblo.


Confundir la Unión Europea con “Europa” y a ésta con sus Estados es un serio problema político, jurídico y de identidad que los europeos han alimentado generando expectativas sobredimensionadas y desentendimientos sobre el status y acción internacional de esa entidad.


Así, si la UE no es un Estado, difícilmente los individuos que se benefician de su generoso funcionamiento puedan ser considerados sus “ciudadanos ” aunque así se denominen.


Y si la Unión Europea es una entidad a la que se cede soberanía por contrato, los cesionarios –los Estados-, siguen siendo las entidades políticas predominantes. Son éstos los que, por voluntad popular se organizan bajo los términos de una constitución. Éste no es el caso del Tratado de Lisboa, que es un acuerdo interestatal que, aunque aprobado en algunos casos por referéndum, no establece ni una república ni un imperio sino que apenas articula el bagaje normativo de la Unión resumiendo las competencias de sus autoridades.


Por lo demás, son esos Estados los que tienen la condición de pequeñas, medianas o grandes potencias. Los mayores podrán ser parte de un futuro sistema multipolar. La Unión Europea, en cambio, no podrá participar de esa situación sistémica porque nunca será una superpotencia con intereses y poder propios, a menos que la unión económica devenga en unión política plena.


Y hoy no es ésta la tendencia en la UE cuando la inclinación por el federalismo es confrontada por serios problemas nacionales (el caso de Grecia, Portugal o Irlanda en el caso de la unión monetaria) o es subvertida por la recuperación de poder e influencia de los mayores Estados europeos (el caso de Alemania). Lo que sí es propio de la UE es el mérito de haber cuajado en el centro de los mayores conflictos del siglo XX, un escenario de paz y prosperidad inéditas. Ello se debe a su capacidad de implementar eficiente y gradualmente las normas de la integración. Pero éstas, como sus principios, son producto principal de la voluntad de sus Estados cuya evolución es la fuente no exclusiva de Occidente.


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