• Alejandro Deustua

La Dimensión Estratégica de las Olimpiadas de Beijing

Las Olimpiadas que China acaba de celebrar con tanto éxito deportivo son las terceras entre esas justas modernas realizadas por Estados totalitarios. El indicador es pertinente para esta potencia que, si bien se va abriendo económicamente, mantiene todavía un férreo control político sobre sus ciudadanos y evidencia una predisposición natural a acumular gran capacidad de poder.

Este registro tiene una significación mayor. En efecto, cada vez que un Estado totalitario ha albergado los juegos olímpicos desde que se realizaron las primeras olimpiadas modernas en 1896, el conflicto ha sido su contexto predominante.


Así ocurrió con las Olimpiadas de 1936 celebradas en Berlín bajo el mandato de Hitler. Luego de apoderarse del gobierno cuatro años antes, la Alemania fascista deseaba mostrar al mundo el poder que preludió la Segunda Guerra Mundial tres años después.

Más aún, en el año en que los Juegos Olímpicos pretendían cubrir con un manto de idealismo las tensiones generadas por el Eje y el impacto de la crisis económica, Alemania ensayaba la capacidad de su maquinaria bélica en la Guerra Civil española.

De manera menos dramática, la Unión Soviética inauguró los juegos de 1980 al año siguiente de su ofensiva sobre Afganistán ampliando al Asia Central la esfera de influencia del Pacto de Varsovia desafiada por el islamismo emergente. Esa acción, adoptada también en tiempos de crisis económica, terminó con un ciclo en la relación bipolar –la Detente- y, al margen del boicot promovido por el Presidente Carter contra los Juegos de Moscú, Estados Unidos adoptó luego la decisión de hacer retroceder a la URSS. La era del "roll-back" había empezado y con ello, luego de la apertura que propició Gorbachev, las condiciones para la implosión soviética se agudizaron.

Hoy China organiza los Juegos de Beijing en plena emergencia de un Estado que busca el status de superpotencia más allá de su excepcional condición económica. Y lo hace en un escenario interno donde el ejercicio de la coacción es correspondiente a la intensidad de las fuerzas de fragmentación regionales y étnicas que están lejos de ser controladas. Ello ocurre, además, en un contexto de crisis económica global fuertemente complicado por la irrupción del conflicto militar convencional en uno de los frentes euro-asiáticos -el Cáucaso- y de incremento de la amenaza del terrorismo en u socio norteamericano: Pakistán.

Por lo demás, si China y Rusia desean generar un nuevo orden mundial es evidente que esa complementariedad de intereses queda subordinada a los intereses nacionales de una potencia realmente emergente y otra que busca recuperar su status global.

Aunque las capacidades contemporáneas para sobrellevar una crisis económica global son inmensamente superiores a las del pasado y la disposición al conflicto interestatal no tiene las dimensiones pretéritas, la emergencia de ciertas potencias contiene altos niveles de fricción con no poca predisposición al desborde. Controlarla deberá ser para China una prueba mayor a la demostración de esplendor evidenciada en las Olimpiadas.



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