• Alejandro Deustua

La Crisis Migratoria Europea y su Escasamente Atendida Dimensión Estratégica

La Unión Europea considera que su política migratoria está en crisis y que libertades esenciales, como la de libre tránsito de personas institucionalizada en el espacio Shengen, está bajo amenaza en el contexto de las más intensa crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial.


Los agentes de la “amenaza” son los refugiados y buscadores de asilo provenientes de los Estados fallidos del Medio Oriente y del Norte de África cuya manifestación más crítica se exhibe en las costas italianas y en estaciones de tren húngaras (y cuyas autoridades demandan a los refugiados que cumplan con la obligación de registrarse antes de proseguir viaje hacia Alemania).


El Primer Ministro húngaro Víctor Orbán ha dividido el escenario del debate entre los que requieren el cumplimiento de las normas establecidas en la Unión Europea y los que consideran que la crisis migratoria las ha rebasado y que, en consecuencia, se debe actuar.


Según The Guardian el caos que en esta materia se observa en Hungría está siendo afrontado por dos políticas distintas: las que establecen obstáculos físicos a los migrantes en las fronteras europeas y las que promueven cuotas de recepción de migrantes adecuadamente distribuidas entre los socios europeos.


Esta aproximación legalista y cultural a la crisis (el Primer Ministro Húngaro afirma que cumplir con las normas de registro implica también la protección de la civilización cristiana de Europa) no parece tener en cuenta seriamente su plena realidad humanitaria y estratégica. Ésta se origina en el fracaso de la “primavera árabe” que se inició en Túnez el 2010.


En esa oportunidad los países europeos y los Estados Unidos, incapacitados para actuar frente a la por la explosión social en los países del Medio Oriente y del Norte de África, decidieron, en buena mayoría, que deberían colocarse “del lado correcto de la historia”. Ello implicó que si las dictaduras de estos países debían caer, ello ocurriría con su aval (y, eventualmente, con su promoción abierta y encubierta mucha de la cual se canalizó a través de las redes sociales y otros apoyos clandestinos) sin importar si esas dictaduras habían desempeñado un rol pro-occidental (Egipto) o no (Libia).


En medio de la crisis social (cuyo generador fue el altísimo desempleo y la falta de oportunidades en el mayoritario estamento juvenil de estos países), las potencias occidentales parecieron menos preocupadas por cómo se reconstruiría el orden interno que se desmoronaba y quiénes estarían a cargo que por permitir una salida inmediata a la efervescencia.


Luego de que la democracia y/o monarquías más o menos legítimas (Túnez y Marruecos, p.e) se reconstituyeran, Egipto regresó a un orden que transitó del autoritario islamismo de los Hermanos Musulmanes al autoritarismo y la evolución dictatorial de un régimen militarizado. Pero el nuevo orden nunca llegó a Siria (que degeneró en una cruenta guerra civil con muy intensa participación externa), a Irak (cuya subsistencia está a cargo del ineficaz y sectario régimen chiita dejado por el fallido esfuerzo norteamericano de reconstrucción de ese Estado), a Libia (que devino en un páramo anárquico en el Mediterráneo muy cercano a las costas italianas) y mucho menos a los espacios conquistados por una organización fanática y asesina –el denominado Estado Islámico- que, a base de terror organizado, ha establecido los cimientos de un envenenado califato trasnacional.


De ese extraordinario colapso estatal colectivo y de su sangrienta realidad huyen los migrantes que ahora invaden las costas italianas y griegas, las estaciones de trenes centroeuropeas y los pasos subacuáticos franco-británicos a la búsqueda del paraíso nórdico luego de haber sorteado la trampa mortal del cruce del Mediterráneo.


Ello ocurre en un marco de explosión o reinicio de nuevos conflictos (15 en los últimos 5 años) en el Medio Oriente, África y Asia que han escalado la estadística global de refugiados, buscadores de asilo y desplazados a 59.5 millones de los cuales 3.8 millones provienen de Siria (sin contar los 7.6 millones de desplazados internos), 2.9 millones de Irak y 309 mil de Libia según el ANCUR.


Allí está el origen de la crisis migratoria europea. En consecuencia es allí donde se debería desarrollar los mayores esfuerzos de solución. Ello, sin embargo, requeriría un importante despliegue de fuerza occidental y de tropas de las Naciones Unidas en un escenario musulmán radicalizado. Los costos correspondiente son muy altos y el riesgo mayor. Pero eso es lo que demanda el desafío al modo de vida europeo.

Sin embargo, mientras no se actúe en esa fuente, el drama humanitario que plantea la migración árabe a la Unión Europea continuará.


Éste tiene una compleja dimensión global. Si los latinoamericanos creemos que ésta es una crisis que compete sólo a los europeos, estamos en un error. Debemos estar prontos a contribuir selectivamente a su solución de acuerdo con nuestras capacidades. Para empezar, debemos asegurarnos que la dimensión trasnacional del Estado Islámico que cubre ya varios continentes (expresada, p.e., en los reclutamientos) no se asiente en la región.


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