• Alejandro Deustua

La Creciente Tendencia Anárquica

En el marco del incremento del volumen de las exportaciones globales de armas convencionales (14% según el SIPRI) en el período 2009-2013 (años que abarcan la peor crisis económica desde los años 30 del siglo XX) y del escaso ritmo de crecimiento global actual (3.16% según el FMI que implica una baja recuperación de los países desarrollados, salvo Estados Unidos, y una poco vital perfomance de los países en desarrollo), la conflictividad internacional ha aumentado.


Ésta incluye la dinámica externa de los Estados y también su orden interno. Este último factor ya no es menor en regiones que, como América Latina, habían mejorado su gobernabilidad y atenuado una conflictividad armada a través de negociaciones (el caso colombiano). Hoy ésta incluye serios problemas de inseguridad ciudadana en Argentina, Brasil, Perú, Venezuela y México (descontando la que opera en países más chicos). La tendencia de este fenómeno, que podría haberse denominado anárquica, ya parece manifiesta aunque no afecte el núcleo de la gobernabilidad de esos Estados (ver “La inseguridad interna en América Latina” en www.contexto.org).


Teniendo en cuenta la creciente intensidad de esa dinámica (cuyo punto de inflexión puede ser el resultado del supuesto diálogo entre gobierno y oposición en Venezuela) no es irracional estimar que esta disfunción empiece a interactuar con dinámicas de conflicto externo visibles en el sistema internacional (especialmente si en el área se mantienen abiertas ciertas controversias territoriales). Ello configura un escenario de creciente anarquía internacional.


Desde el punto de vista estructural, ésta deriva del trance de finalización (o de recomposición) del “momento unipolar” en el sistema internacional en tanto la primera potencia ya no parece dispuesta a arriesgar el uso de la fuerza en la solución de conflictos que pudieran requerir de ese tipo de aproximación mientras otras la desafían. Hoy Estados Unidos parece atrapado en el “síndrome alemán” definido como la negación a desplegar tropas en el terreno salvo por un interés vital manifiesto.


Y, como ocurre desde el anuncio del retiro de Afganistán, el resto de países de Occidente no parecen dispuestos a reemplazar a la primera potencia en ese empeño (p.e., a pesar del lenguaje desafiante de la OTAN y de las sanciones económicas impuestas a Ucrania y Rusia luego de la secesión de Crimea) no hay signos aún de que la predisposición occidental vaya a cambiar más allá del despliegues navales en el Mar Negro y del incremento de armamento sofisticado emplazado en Europa del Este.


Sin embargo, como es evidente, el fenómeno en cuestión es sistémico en tanto involucra a Europa del Este y a Eurasia, confronta de manera directa a Estados Unidos y Rusia y moviliza a la OTAN, a la Unión Europea y China mientras la acción del Consejo de Seguridad se ve paralizada por el veto ruso y la abstención china. Un escalamiento en el Mar Negro o en el Báltico bajo esas condiciones ciertamente configuraría un peligrosísimo escalamiento anárquico de dimensión sistémica.


Esta situación puede interactuar con otros focos de tensión que han venido acumulándose en los últimos años. El primero está compuesto por la situación catastrófica de la guerra en Siria (en la que intervienen las fuerzas opuestas más potentes del Medio Oriente y las que están ligadas a él), la irresuelta negociación iraní sobre capacidades nucleares, las nuevamente frustradas negociaciones palestino-israelíes y las nuevas fricciones en el Golfo Pérsico que tienen a Arabia Saudita como nuevo centro controversial.


El segundo se concentra en Asia Central (que giran en torno a los conflictos que tienen a Pakistán y a Afganistán como centro) y en el lado asiático de la cuenca del Pacífico (especialmente en el Mar del Sur de la China). Éste último tiene también implicancia sistémica en tanto abarca alianzas y áreas de influencia contrapuestas que involucra a potencias emergentes y a los Estados Unidos. Éste desempeña un rol esencial ligado a sus compromisos de seguridad con varias de las partes (Japón, Corea del Sur) al tiempo que pretende desempeñar el rol de balancer con capacidades económicamente mermadas.


Por lo demás, las tendencias secesionistas en la mayor entidad de integración del mundo (la Unión Europea) genera inestabilidad interna en ella (los casos de Escocia, Cataluña, el Norte de Italia –donde al problema de la Padania se ha sumado Venecia- y el sureste de Francia –Córcega-) son los más visibles.


Estos problemas deben tomarse en serio considerando que de un eclosión secesionista en Yugoslavia surgió el peor conflicto armado escenificado en Europa luego la Segunda Guerra Mundial (y que, además, sentó el precedente de la mayor expansión de la Unión Europea luego de que la desaparición de la Unión Soviética apremiara la incorporación de la totalidad de los países de la Europa Central a la UE).


Y tampoco deben ser minimizados por la influencia que contra la tendencia secesionista en Europa pudiera tener una atenuación del secesionismo en los Países Bajos o la derrota electoral del independentismo en Quebec.


Por lo demás, hoy las tendencias centrípetas que puede generar Bruselas no parecen suficientes para compensar plenamente la insatisfacción que produce en la población europea la gestión y los efectos de la crisis económica en la zona del euro (que, sin embargo crecerá este año 1.2% vs. la renovada contracción de -0.5% el año pasado). En efecto, una encuesta de IFOP de la que da cuenta Ignacio Torreblanca en El País señala que 44% de los alemanes estarían dispuestos a abandonar el euro y 52% de los franceses considera que la pertenencia a la UE les perjudica).


Tal insatisfacción es la contrapartida de la pérdida de legitimidad de las instituciones europeas (del avance de los partidos “populistas” o “antisistema” en las próximas elecciones parlamentarias de la UE se tendrá un registro a finales de mayo). Esa dinámica va acompañada, en algunos casos, del fenómeno de “devolución del poder” (el retorno de lealtades hacia los gobiernos de los Estados miembros que antes se habían transferido a Bruselas). Sin embargo, debido a su escaso crecimiento, muchos de esos Estados son hoy incapaces de brindar los servicios públicos que sus ciudadanos les demandarán.


A este fenómeno de compleja anarquía –aunque aún no de alta intensidad- debe sumarse las irresueltas disfuncionalidades del gobierno norteamericano para cumplir con su mandato interno y desempeñar las responsabilidades de una primera potencia. La fricción subsistente dentro del Congreso y la que es aún manifiesta entre el Ejecutivo y el Legislativo sigue complicando el liderazgo norteamericano y, por tanto su proyección de poder en el mundo (aunque su crecimiento de 2.8% este año, proyectado por el FMI, es el más sólido entre las economías avanzadas).


Ese contexto, al que se suma la baja demanda de los commodities y el riesgo de una desaceleración china mayor –que el consenso considera, sin embargo, moderada en torno al 7.5%-, puede retroalimentar los problemas de inseguridad ciudadana en América Latina si los gobiernos del área no mejoran sustantivamente su capacidad de gestión.


El tempo de la estabilidad global e interna (que algunos confunden con la del “dinero fácil” y la “protección internacional gratuita”) parece haber pasado. Hoy toca a nuestros gobiernos (los latinoamericanos afines) perfilar mejor el escenario en que actúan y proceder con la mayor eficacia y responsabilidad posibles para restablecer una estabilidad que exigirá mayor contribución de todos.


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