• Alejandro Deustua

La Catástrofe Económica Venezolana

En momentos en que la economía peruana se esfuerza por recuperar la confianza, las malas noticias sobre América Latina siguen llegando. Esta vez el FMI, a través de su director para el Hemisferio Occidental, ha anunciado una nueva revisión a la baja de la perfomance regional.


Sin embargo, si esta corrección estuviera en línea con la que acaba de realizar la CEPAL que redujo su proyección de crecimiento del 2014 desde 2.7% (abril) a 2.2% (agosto), las noticias sobre las nuevas proyecciones el FMI sólo serían reiterativas. Además, en ambos casos, todos los países del área seguirán creciendo este año…. salvo Venezuela que se contraerá este año -0.5%.


Esta cifra fría y singular muestra un escenario lacerante para los venezolanos e implica un riesgo regional.


Lo primero se expresa en una inflación de 60% que bordea la hiperinflación según algunas definiciones. Luego de incrementarse de 20.1% a 56.2% el año pasado (CEPAL), la inflación no puede ser controlada en Venezuela ni por el extremo control de precios que se ha establecido el gobierno.


En efecto, en una evolución acorde con la naturaleza autoritaria del régimen, en ese país el control de precios se realiza hoy a través de mecanismos que incluyen el aumento del control ciudadano. Tal es la naturaleza de medidas como la captura de huellas dactilares de quienes realizan compras de bienes domésticos para la supervivencia familiar.


Con la excusa de evitar el acaparamiento, este procedimiento es propio de un Estado policial que desea saber quién hace qué aun en el ámbito de la privacidad más elemental como es ir al mercado. Concluir que el gobierno venezolano emplea esa medida como un instrumento orientado a evitar un levantamiento o mayor desorden social en medio del descalabro económico no es entonces descaminado.


Especialmente cuando el gobierno chavista ha llevado a su país al desastre con tal de subsistir ideológicamente cueste lo que cueste.


En efecto, ningún otro término sirve para calificar los resultados de una política que, además, ha conducido a la doceava potencia productora y novena exportadora de petróleo (y tercera exportadora a Estados Unidos) (EIA) a tener que importar petróleo liviano para mezclarlo con el pesado de la cuenca del Orinoco y a comprar gasolina en el exterior por falta de capacidad refinadora.


Vista esta calamidad desde otra perspectiva, ésta podría haber sido una bendición si ella hubiera extraído a Venezuela de la total dependencia petrolera. Pero no ha sido así.


En efecto, el gobierno chavista, parte de cuya legitimidad deriva de su supuesta lucha por la recuperación de la soberanía absoluta y contra la dependencia, ha llevado a su país a incrementar la incidencia del petróleo en la canasta exportadora de cerca del 70% (pre-Chávez) a 96% en el 2012 (y 93% en el 2013) (CEPAL).


A esta barbaridad ha seguido un declive de las exportaciones totales del orden del -9% el año pasado que se explican más por la pérdida de volumen (-6.1%, lo que refleja ineficiencia productiva) que por reducción de precios (los petroleros, que apenas cayeron -2.9% en el 2013).


Si esta realidad se complementa con un descenso de la importaciones de -11% en un país que debe importar casi todo para poder sobrevivir debido a la cultura económica y a la crisis de la industria y de la agricultura (producida ésta por el desplazamiento sufrido por el poder excluyente del petróleo, los subsidios y controles de precios de alimentos), entonces el cuadro es una dantesca enfermedad holandesa en las sabanas venezolanas. En ese cuadro patológico resulta aún más extraordinario el hecho de que ¡la importación de gasolina sea responsable de alrededor del 20% de las importaciones!.


Ello muestra la segunda tragedia venezolana (luego de la petrolera): la escasez de divisas en un país miembro de la OPEP (una organización que se caracteriza por explotar el flujo de dólares de manera exuberante desde la crisis petrolera de la década de los 70 de siglo XX).


La primera víctima de esta escasez es, obviamente, el sector privado que no tiene acceso a las divisas necesarias para importar insumos básicos para la industria ni para bienes de consumido básico. Cuando se contaba con índices apropiados, esta situación ya había llevado a una carestía superior al 28% (por lo menos uno de cada tres productos de consumo básico no está disponible en el mercado).


Para corregir esta catástrofe Venezuela ha ensayado un pequeño ajuste este año que resulta absolutamente insuficiente para minimizar el déficit fiscal generado por un gasto corriente que, a su vez, se explica porque el 50% del mismo corresponde a subsidios y transferencias (CEPAL).


Son estos subsidios los que mantiene vivo el apoyo al gobierno de parte de los más necesitados que, marginados del mercado laboral privado y dependientes totales del que pueda proporcionar el sector público (lo que explica que el desempleo haya bajado al 7.2%), dependen vitalmente del asistencialismo chavista (del que forman parte también las “misiones” tan requeridas de presencia cubana).


Pero esos subsidios no sólo son internos: son esenciales para mantener la esfera de influencia regional que ha construido Venezuela a través de Petrocaribe y del ALBA. Allí están los 120 mil barriles de petróleo diarios que Venezuela otorga a Cuba a cambio de su “cooperación solidaria” (en realidad una presencia estratégica sustantiva que involucra a las fuerzas armadas, a los servicios de inteligencia y a las misiones educativas y de salud) acumulando unos US$ 3 mil millones de dólares que sólo son parte de lo que deben los restantes 17 caribeños y centroamericanos países miembros de Petrocaribe.


A esto ha llevado el control total de PDVSA convertida, además, en una especie de banca central o Ministerio de Economía paralelo en tanto debe contribuir a financiar gastos discrecionales que no se reflejan en los libros. Este es el caso del Fondo de Desarrollo Nacional (FONDEN), una entidad extraordinariamente opaca y, por tanto, de actuación difícilmente registrable. Y también del fondo chino-venezolano que financia la potencia asiática para estabilizar la balanza de pagos y que Venezuela paga con petróleo barato (CEPAL).


Tales fuentes extraordinarias de financiamiento permiten mantener a un Estado que tiene una presión tributaria de apenas 12.8% del PBI (con tendencia a la baja) y, por tanto, incapacitado para solventar socialmente el gasto público.


Para paliar este maremoto Venezuela tiene una política cambiaria de tres niveles con brechas inmensas entre ellos (una fenomenología que conocimos bien los peruanos en la década de los 80 del siglo pasado).


En efecto, como parte del mini-ajuste el gobierno devaluó el bolívar el año pasado en 47% llevándolo de 4.30 a 6.30 bolívares por dólar. Perú aún así el bolívar continúa sobrevaluado.


Como la demanda de divisas es de carácter vital, el gobierno estableció otro tipo de cambio del orden de ¡50 bolívares!, orientado a las empresas privadas siempre que éstas cumplan con ciertos requisitos e importen ciertos productos permitidos por el gobierno. Por cierto, esa oferta de divisas provendría de lotes que PDVSA ofrecería al mercado en subastas (lo que fomenta la competencia a muerte entre los privados por el medio de cambio).


Como este juego es de suma 0, el gobierno procedió entonces a establecer un dólar flotante a partir de ¡68 pesos! (que era el valor de la divisa en el mercado negro).


A nadie escapa que tamañas brechas son miel para la especulación y la corrupción que, como se sabe, abunda en Venezuela al punto que ex -simpatizantes del régimen como el catedrático Edgardo Lander y fundador del Foro de Sao Paulo (que hoy ejerce la cátedra en…..Estados Unidos) sostenga que el conjunto de la sociedad venezolana es, en términos generales, no sólo débil sino corrupta (un calificativo que la oposición, hoy dividida, no aceptaría y del que, en todo caso, pretende liberar a su país).


Sin embargo, este agujero negro económico que es el régimen chavista sigue liderando el bloque del ALBA y Petrocaribe no ha salido de circulación. Es más, Colombia sigue siendo un socio principal al tiempo que Venezuela es socio pleno del MERCOSUR desde el 2013 cuando el congreso paraguayo dio luz verde a los tratados correspondientes.


Si la hiperinflación genera externalidades y si la base productiva venezolana sigue dominada de esta manera por el petróleo no es imposible que los problemas económicos venezolanos se filtren a sus socios (como el Perú, especialmente en el mercado de confecciones y textiles) añadiendo gasolina (importada) a la desaceleración.


Ello nos lleva a una conclusión: o Venezuela se ajusta y se ordena o los lazos económicos con ella deben ser minimizados para evitar males mayores de los que no está ausente el incremento del riesgo regional.



Fuentes: CEPAL, EIA, Lander.


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