• Alejandro Deustua

La Base Oceánica de la Integración Vecinal y Hemisférica

Restando un mes para el fin de año y algo más de un semestre para el término del gobierno del Presidente García, la relación con los vecinos se encamina hacia una nueva articulación estratégica.


A pesar del error sustancial que implicó la extensión de los acuerdos de Ilo como gratuito incentivo para mejorar la relación con el gobierno de Evo Morales y más allá de la consistencia de la buena relación con Ecuador, los compromisos pactados con Chile en la reciente visita del Presidente Piñera y los reiterados durante la vista de la Canciller de Colombia, María Ángela Holguín, indican que un nuevo eje estructural vertebrará nuestra relación vecinal. Como lo hemos promovido antes, ésta será alumbrada ahora por el Pacífico y se organizará en torno a los países con similares principios políticos y económicos. Sin desjerarquizar la primerísimo dimensión amazónica que brinda, desde el gobierno del Presidente Toledo la asociación estratégica con Brasil, ahora se confirma una dimensión oceánica en nuestro entorno inmediato articulada por las potencias medias suramericanas del Pacífico que son, a su vez, países “like-minded”. En el ámbito bilateral así lo confirma el Comunicado Conjunto suscrito por los cancilleres de Perú y Colombia apenas cuatro días después de la Declaración firmada por los presidentes de Perú y Chile. A pesar de su particularísima especificidad derivada de la singular realidad política de cada uno de estos vínculos, el hecho es que estos instrumentos se sostienen sobre similares fundamentos (principios compartidos), instrumentos (integración fronteriza, económica y bursátil) y conciencia de la necesidad de cooperación de seguridad.


En efecto ambos documentos confirman que quienes los suscriben son Estados liberales que adhieren a la democracia representativa y a la economía social de mercado (los documentos no lo especifican así, pero no dejan dudas al respecto). Sobre esa base se reitera la disposición a articular la integración con los países del Arco del Pacífico los que, además de adscribir a similares principios, han firmado también acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. Ello indica que a la condición de ribereño en esta parte del Océano no está demás añadir esa cualidad económica para proceder a la “integración profunda”.


En ella se inscribe la integración bursátil entre las plazas de Perú, Colombia y Chile que requerirá, además de buena regulación, cimientos de coordinación y regulación superior que, sin llegar a la unión económica, se acerquen a los requerimientos elementales de un mercado común.


En materia de seguridad, de otro lado, la heterogeneidad en el tipo de relación entre los tres países no puede diluirse si se tiene en cuenta su disímil fundamentación, circunstancias y problemáticas. Pero ello no elude la cooperación.


Así, la relación peruano-colombiana confirma una jerarquía estratégica superior derivada de la lucha conjunta contra el narcotráfico y el terrorismo, de la confianza derivada de ese emprendimiento y del intercambio de información consecuente. Ello no ocurre con Chile, pero, a pesar de la asimetría, de la divergencia histórica y de la controversia marítima, la relación bilateral parece haber reencontrado el camino institucional. Dadas las circunstancias, ello tiene un significado mayor para ambos Estados que debiera expresarse en una mejor gestión de las diferencias. Si esta masa crítica trilateral cuaja, como debiera, la aproximación a México será más fluida. Perú y Colombia tienen un interés especial en cooperar con México para desarticular la organización letal del narcoterrorismo al tiempo que los tres países suramericanos tienen o están en proceso de negociar acuerdos de libre comercio con ese país norteamericano (Chile ya lo tiene y Perú lo intenta sobre la base del acuerdo de complementación vigente). La dimensión geopolítica de esa aproximación en el Pacífico latinoamericano no sólo es viable sino que será formidable para una región que es la segunda entre las emergentes después del Asia.


Y una vez que la cohesión marítima se logre quizás generando una asociación colectiva, lo lógico es proceder a estrechar el contacto con Estados Unidos y Canadá para otorgar al enlace oceánico latinoamericano una dimensión hemisférica.


A la luz de la buena relación de Perú, Chile, Colombia y México con la primera potencia la concreción de ese objetivo no debiera estar muy lejano. Especialmente cuando Perú negocia el Acuerdo de Asociación Transpacífico que, en el marco de la APEC, interesa a Estados Unidos y de cuyo núcleo ya es parte Chile. Para que éste se logre, Colombia debe ingresar a la organización de la cuenca. Si ello forma parte del interés nacional colombiano, éste se sumará al núcleo de intereses coincidentes que está por consolidarse en una área cuya jerarquía se potenciará mejorando sustancialmente nuestra inserción y absorbiendo las remanencias eventuales de la solución de la controversia marítima peruano-chilena.



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