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  • Alejandro Deustua

La Ampliación Europea

Mientras las fuerzas de fragmentación (de la que el conflicto iraquí es sólo un ejemplo) desean apoderarse del denominado escenario global, la más ambiciosa ampliación de la Unión Europea muestra al mundo el poder integrador de la extensión occidental.


Sobre la base de la afirmación democrática, la vigencia de la economía de mercado y la capacidad de asimilar la legislación comunitaria (los criterios de Copenhague), 10 países del norte, centro y sur de Europa acaban de formalizar, este 1 de mayo, la mayor revolución geopolítica de la post-Guerra Fría. Una panregión que corre desde el Atlántico hasta las inmediaciones de Rusia (aunque todavía no hasta los Urales en la visión de De Gaulle) asegura la proyección de los valores y fuerzas liberales sobre Eurasia y reduce extraordinariamente la posibilidad de que esa parte del mundo vuelva a producir las hecatombes del siglo XX.


A ese objetivo la Comunidad Europea del Carbón y del Acero orientó, en 1951, la integración en la explotación de los recursos. Y la integración económica que inauguró el Tratado de Roma de 1957 fortaleció ese propósito a través de la construcción de un mercado que brindase estabilidad a la reconstrucción de Europa. De manera similar, las sucesivas ampliaciones de la Comunidad debían extender el progreso occidental minimizando las posibilidades de expansión del bloque comunista sobre la base de la creación de riqueza y distribución equitativa del bienestar.


En tanto la fuerza de defensa europea no logró establecerse, la OTAN -que acaba de expandirse también- debía garantizar ese resultado. 47 años después, la garantía de estabilidad a través de la integración se extiende por primera vez (si descontamos la unificación alemana) más allá de lo que Churchill denominó la Cortina de Hierro.


El proceso, sin embargo, todavía no ha acabado. En dos o tres años, se extenderá hacia el Mar Negro y, a través de Turquía, se proyectará luego al mundo musulmán aunque hoy no todos los que hoy se rigen por sus normas se hayan incorporado a regímenes que perfeccionan el mercado común como la unión monetaria.


Pero no todo en este proceso es elogiable. En efecto, la vigencia de viejas divisiones entre los miembros "continentales" (p.e. Francia, Alemania y, ahora nuevamente, España) y "atlánticos" (p.e. el Reino Unido, Holanda) estimuladas por serias divergencias en torno al conflicto iraquí y a la relación con los Estados Unidos, han debilitado la cohesión europea. La erosión de la convergencia macroeconómica se ha incrementado al vulnerarse los rangos de disciplina fiscal por los mayores potencias de la Unión y por la indisposición a realizar reformas económicas (previsionales y laborales) comprometidas por ellas. La insuficiente perfomance se refleja en insatisfacción con los niveles de empleo, en preocupación por la incapacidad de seguir la progresión norteamericana y en menor desarrollo tecnológico relativo.


Asímismo, la falta de progreso en la organización de la política exterior y de defensa revela una persistente divergencia de intereses estratégicos entre sus miembros. La pérdida de soporte en la opinión pública evidencia malestar con la incidencia de la "burocracia de Bruselas" en una complejísima legislación comunitaria y con la provisión de servicios públicos. La lentitud en la elaboración de la Constitución europea (que, entre otros objetivos, procura la institucionalización de un presidente y de un "canciller" comunitarios y la redefinición de la Comisión -el órgano técnico de la Unión-) muestra falta de consenso en la organización de la gestión pública. Y las asimetrías económicas y sociales entre los 15 que patrocinan la ampliación y los 10 que se incorporan proyectan incertidumbre entre sus ciudadanos.


Mientras estos problemas se resuelven, la Unión deberá también tener en cuenta regiones como la nuestra que teme que el peso de la ampliación concentre atención y recursos en el Este a costa de la relación con esta parte del mundo. La próxima cumbre eurolatinoamericana a realizarse en Guadalajara intentará dar respuesta a estas inquietudes. En ella seguramente se concluirá que, en tanto nuestra región pertenece, periféricamente, a Occidente y, por tanto, suscribe sus principios y vincula sus mercados, los latinoamericanos consolidaremos vínculos de asociación con Europa que, siendo imprescindibles, tardarán algo más en perfeccionarse.

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