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  • Alejandro Deustua

La Amenaza “Fascio-Circense” de Chávez

22 de Setiembre de 2006



Es de todos conocido que el presidente Chávez es verbalmente incontinente y diplomáticamente procaz. Su desprecio por los foros internacionales como su oportunismo para hacer uso de ellos para fines propagandísticos es también de dominio público. Lo nuevo al respecto es que la falta de respeto del señor Chávez pueda llegar impunemente hasta la más alta instancia deliberativa del multilateralismo –la Asamblea General de la ONU-, que la atención que sus miembros le han prestado no merezca mayor reacción y que la total desconsideración por las consecuencias nacionales y regionales de ese gobernante no llamen a preocupación sustancial a los venezolanos oficialistas.


Desde la época de Kruschev, quien en el colmo del desafío diplomático y la quiebra de códigos de conducta del foro multilateral por excelencia blandió un zapato para “dar a conocer una idea”, la Asamblea General no había atestiguado una imprudencia oratoria como la que Chávez acaba de exhibir en ese cónclave. Probablemente los aplausos que recibió, provenientes quizás de los representantes de los más radicales fundamentalistas, sean tan ignorantes de ese gesto como de las implicancias conflictivas del mismo.


Como es evidente, a la Asamblea General se concurre para expresar ante la comunidad internacional los intereses nacionales básicos de un Estado, sus problemas inmediatos o los grandes lineamientos de políticas de relevancia internacional. Aunque esas exposiciones, independientemente de su relevancia (que puede ser inocua) incluyan, eventualmente, el ataque a un enemigo o la denuncia de una amenaza o desafío, el respeto por ciertas normas básicas de la comunidad internacional está siempre implícito. Ese mínimo rasero estuvo ausente en el circense y sucio espectáculo de insultos que Chávez montó durante los 20 minutos de su exhibición contra el presidente de Estados Unidos. Independientemente de las proximidades o lejanías con la primera potencia, la presencia en el foro de la mayoría de los representantes durante la agresión verbal en marcha fue indicativo de la decadencia de la diplomacia multilateral y, por tanto, de los códigos de conducta de la Asamblea General. Quizás a ella probablemente también se habría referido el Secretario General de la ONU, el señor Annan, como síntomas del desorden mundial que él describió durante su última presentación en ese foro (los otros dos problemas destacados por él fueron la injusticia económica y la inaplicación de la ley).


En efecto, el señor Chávez pudo decir lo que dijo porque la quiebra de normas de conducta diplomática no derivó sólo de la informalidad sus cualidades personales o de sus tendencias totalitarias. Ello ocurrió porque el contexto lo permitió. Y éste es efectivamente de desorden producido no por el imperialismo, al que Chávez ignorantemente aludió, sino por la incapacidad del hegemón de establecer un orden correspondiente a su capacidad de superpotencia, al mal funcionamiento de los regímenes internacionales que deben contribuir a establecer ordenamientos parciales (la OMC, por ejemplo) y a la influyente emergencia en el escenario internacional de potencias y otros agentes antes subyugados por el sistema bipolar. Ese escenario es perfecto para la figuración internacional de gobernantes como Chávez. Pero claro, al costo de identificar el interés nacional del Estado que mal representa con un estructuralista norteamericano como Noam Chomsky (ni en los peores tiempos de la Guerra Fría alguna Primer Ministro de la Unión Soviética se le ocurrió exhibir El Capital de Marx como ideario), del alineamiento de Venezuela con los Estados y grupos fundamentalistas del Medio Oriente (como Irán y el Hisbollah), de procurar, en medio de la borrachera procaz, la reanudación del conflicto Norte-Sur que los países en desarrollo no deseamos reeditar y de promover sin derecho alguno la división del Hemisferio americano rindiendo honores excluyentes a su peor pesadilla: la dictadura castrista.


Un gobernante que trae consigo tamaña carga destructiva no puede pretender formar parte del Consejo de Seguridad sin incorporar mañana mayor cuota de desorden y de conflicto al sistema internacional (y menos cuando el postulante desprecia al órgano al que postula). Si ello probablemente no sea del interés de los países del Mercosur, bien harían éstos en revisar el compromiso de su voto por Venezuela.


Y en lo que hace al Perú, nuestras autoridades no pueden seguir guardando silencio al amparo de la reserva que corresponde a un miembro no permanente del Consejo de Seguridad cuando el peligro que de una mayor influencia chavista está perversa y fascistamente a la vista.

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