• Alejandro Deustua

Kim Jong Un de Nuevo en el Jardín de Alicia

¿Cómo se caza un puercoespín, cuya agujas aún siguen creciendo, y que, ahora se presenta como una oveja que clama por alfalfa?.


Esta podría ser el dilema norasiático que plantea Kim Jong Un quien, luego de que hace pocos meses desafiara al mundo con el apocalipsis nuclear, plantea hoy conversaciones destinadas a aliviar a la península coreana de esas armas.


La truculenta oferta es compleja: con posterioridad a los aprestos misileros transpacíficos, el déspota norcoreano planteó un diálogo con Corea del Sur que culminó, momentáneamente, con su asistencia a los Juegos Olímpicos de Invierno. El esperanzado presidente Moon-Jae aceptó la lúdica diplomacia del vecino del norte con la confección de un equipo biestatal.


Con posterioridad, el dictador envuelto en los gozos de la diplomacia romántica que siempre repudió, decidió que podía plantear la paralización de su desarrollo nuclear y misilero (y hasta revertirlo si fuera necesario) si el colérico presidente Trump aceptaba su invitación. Sin mayor meditación éste accedió a ese encuentro “cumbre”.


Es más, mientras Corea del Norte lograba el reconocimiento de su status nuclear en el paradisíaco jardín de Alicia en el País de las Maravillas que encantó al presidente Trump, el dictador Kim logaba una avance adicional: ahora éste se presenta de la mano del dictador chino Xi Jinping logrando el reconocimiento del status diplomático que su ofuscado aislamiento hasta ahora le había negado.


De esta manera Corea del Norte deviene nuevamente, aunque en un nivel de poder superior, en interlocutor estratégico, diplomático y legítimo de todo el sureste asiático y de las potencias mayores deben tratar.


Pero el cuento de Lewis Caroll no termina allí: en ese montaje bucólico y pseudo-pacifista China aparece, por fin, como el mentor que siempre fue de su negado hijo putativo. Y lo hace presentándolo al mundo como a una joven quinceañera.


Al respecto, sería absurdo creer que los protagonistas de este cuento infantil no estén al tanto de los ciclo de hostilidad y negociación con Occidente que ha marcado el comportamiento norcoreano desde que empezó a desarrollar su primer reactor nuclear a principios de la década de los 80 del siglo pasado. Y que también hayan olvidado las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad a Corea del Norte luego del incumplimiento de cada compromiso de reversión de esas capacidades.


Si los renovados interlocutores se embarcan en nuevas negociaciones con la potencia comunista debe ser sobre la base de algo más que una promesa de desmontaje misilero, reducción de cabeza nucleares y de compromiso de no proliferación. Sobre la mesa debe haber esta vez poder coactivo, vigilante e implementador de medidas regresivas del poder nuclear norcoreano a cambio de una nuevo intento de incorporación sensata del feudo de Kim Jong Un a la comunidad internacional.


En ese trance (un escenario mucho más delicado que el iraní), los interlocutores deben saber que, a cambio de garantías de seguridad para los vecinos de Corea del Norte y de prevención de una conflagración nuclear con esa potencia, estarán contribuyendo a acelerar el cambio de la estructura del sistema internacional y al establecimiento de un equilibrio de poder, quizás más precario que el pre-existente, en el noreste del Asia.


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