• Alejandro Deustua

Irak: Un Factor de Desunión en el Estado de la Unión

Estados Unidos sigue siendo un Estado en guerra. Su enemigo compartido es el terrorismo global y su confrontación más dramática ocurre en Irak. En juego está el rol de la primera potencia en el mundo, la seguridad occidental, la estabilidad del Medio Oriente y una política exterior fundamentada en valores quizás más allá de lo que el realismo político norteamericano reclama.


De allí que sea explicable que en el mensaje anual del Estado de la Unión, el Presidente Bush haya concentrado su preocupación en este enfoque de seguridad antes que en una referencia más abierta de su política exterior. Lo que no es explicable es que el Presidente norteamericano haya insistido sólo en el rol norteamericano en este conflicto marginando casi completamente a las fuerzas multinacionales desplegadas en el terreno y a la responsabilidad de los miembros de la ONU (Res.1483).


Si bien esa preocupación unilateral corresponde a la inmensa proporción del costo de la guerra que Estados Unidos asume, su referencia excluyente contrasta con los otros escenarios en que la superpotencia está empeñado: Irán (en que el rol de la ONU es reconocido como determinante), Corea del Norte (en el que la importancia diplomática del Grupo de los 6 es destacada) y la cuestión palestina (donde la función del “Cuarteto” es fundamental en la búsqueda de una solución paz).


Por lo demás, el enfoque unilateral del problema es consistente con la escasa atención dada a la convocatoria de aliados al inicio del conflicto.


Pero el error unilateralista es mayor hoy si tiene en cuenta que el liderazgo y la cohesión nacional necesarios para librar un conflicto extenso en el tiempo e intenso en costos humanos y económicos ha caído hasta el 35% en Estados Unidos.


Y se eleva todavía más cuando la definición de victoria (entendida normalmente como derrota del adversario original: en este caso, el régimen de Hussein) se renueva para identificarse con la complejidad sangrienta de la reconstrucción y pacificación de Irak.


Sin embargo, si existe error en la definición norteamericana del conflicto (aunque no en la insistencia en hacer el último esfuerzo para no fracasar en su solución), éste es compartido por la comunidad internacional (especialmente la occidental) que, convocada por la ONU, no ha prestado todo el apoyo requerido.


Las consecuencias de esta falla de seguridad colectiva serán estratégicamente mayores. En efecto, si el escenario de fracaso predomina luego del avance logrado en el intento de institucionalización democrática en Irak, la situación de extrema violencia que los grupos terroristas y las facciones extremistas iraquíes han creado en su país puede, efectivamente, desbordarse y desestabilizar del conjunto del Medio Oriente.


La implicancia que ello tendría para la estabilidad internacional sería desastrosa tanto en relación a lo que se deja de ganar (un Medio Oriente más democrático y próspero) como por lo que ocurriría (la consolidación del terrorismo organizado, la mayor ascendencia del fundamentalismo islámico y una lucha por la hegemonía regional en la que un Estado extremadamente hostil, antioccidental y nuclear como Irán triunfaría).


América Latina no quedaría al margen de un escenario de esa naturaleza: la asociación estratégica de Venezuela con Irán y los vínculos que este país ha establecido con Ecuador, Bolivia y Nicaragua se encargaría de promover el conflicto en nuestra región.

Estados Unidos no puede fracasar en Irak. Pero para ello no basta la diplomacia regional o calendarios de salida. Se requiere también asistencia bajo los términos de la seguridad colectiva.



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