• Alejandro Deustua

Irán: Un Escalamiento Esperado

Es evidente que entre los escenarios de conflictos regionales, el Medio Oriente sigue siendo el principal y que Irán es en él el medular factor desestabilizador. Su pretensión hegemónica trasciende fronteras en Líbano, Siria, Yemen, Irak empleando para ello fuerzas regulares, para militares o simple población civil.


A cargo de ese mecanismo expansivo de carácter imperial y antioccidental estaba el General Qasem Soleimani del estamento del ejército iraní más poderoso: la Guardia Revolucionaria y de la fuerza Quds a cargo de operaciones asimétricas. En situación de guerra, el General Soleimani podría haber sido eliminado si no bajo las leyes que la limitan, sí al amparo de su “niebla” que ésta crea.


Pero Estados Unidos no está en guerra con Irán. Y el presidente Trump ha declarado que dio la orden de ejecutar a Soleimani para “evitar una guerra” frente a un “peligro inminente”. Ambas afirmaciones deberán ser explicadas al Congreso norteamericano entre cuyas competencias destaca precisamente la declaración de guerra. Ello debió haber ocurrido ayer pero en apariencia recién sucederá pasado mañana. ¿Es ésta una señal de que los fundamentos de la argumentación no están claros?.


Quizás sí. Y quizás no lo estén, salvo que se enmarquen en una sucesión de actos de beligerancia en que fuerzas iraquíes proraníes (apoyada por el gobierno del presidente de Irán, Hasán Rohaní, jeje inmediato de Soelimani) atacaron destacamentos norteamericanos en Irak matando a un contratistas estadounidense. Y que casi de inmediato, milicias iraquiés chiitas similares influidas por Irán, de manera extraordinariamente violenta atacaron la embajada norteamericana en Bagdad destruyendo parte del edificio (aunque éste no fue tomado, recordó el trágico incidente del consulado norteamericano en Bengasi, Libia).


La respuesta a esa agresión podría enmarcarse en al ejercicio de la legítima defensa que establece la Carta de la ONU. Pero el presidente Trump no ha invocado esa norma. Su recuente se reduce, hasta hoy, a afirmar que actuó de manera preventiva frente a un peligro inminente.


Y el riesgo inminente es hoy una sangrienta retaliación iraní en el marco de su decisión de incumplir con las normas del acuerdo nuclear que le impedían procesar material radioactivo en cantidades que le impidieran la fabricación del arma nuclear.


La retaliación así potenciada representará un escalamiento mayor que puede llevar a un conflicto con el uso de armas de destrucción masiva.


Nadie en Occidente desea esa evolución y probablemente ni China ni Rusia la amparen. Pero el Sr. Trump sigue sin ofrecer explicaciones ni derroteros de acción a su propio Congreso.


Y si la ejecución de Soleimani pudo haber sido llevada a cabo también como una demostración de fuerza para potenciar la posición del presidente norteamericano de cara a las elecciones presidenciales del próximo noviembre, el peligro nacional y global merece la explicación más urgente y verosímil. Al respecto se debe tener en cuenta que la comunidad internacional sigue al tanto de los falsos móviles de la guerra contra Irak en 2003 ofrecidos por el presidente Bush que llevaron a conductas erradas en una guerra pésimamente planificada cuya sombra aún planea en el medio Oriente.


Por lo demás, es hora de que Irán asegure a la comunidad internacional que no piensa escalar el conflicto. Y de paso, que liberará sus embajadas de personal ofensivo que hoy existe también en ciertas capitales de América Latina.


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