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  • Alejandro Deustua

Integración Regional, No Burbuja Suramericana

Las “burbujas” políticas, como las económicas, son fenómenos transitorios que distorsionan el valor de un activo, generan altos beneficios para los que la estimulan -mientras dura- y producen una contracción general de expectativas cuando revienta. La sobrexplotación mediática y política de la denominada Comunidad Suramericana de Naciones ha querido generar una “burbuja” de esta naturaleza en la región. A pesar de los esfuerzos de muchos, los especuladores políticos persisten en sacar partido de ella sin reparar en las consecuencias.


Contra las normas de la prudencia que deben regir un necesario, pero aún débil , proceso de integración suramericano, la “burbuja” ha consistido en la promoción espectacular de una entidad política y económica regional que debió haber adquirido partida de nacimiento en la reciente cumbre presidencial de Cuzco. La noticia de la inminente nueva entidad regional ha dado vuelta al mundo a bordo de medios periodísticos de la mayor importancia y propulsada por discursos “visionarios”, oficiales y oficiosos, sobre la “patria grande”, un súbito mercado común o una apurada unión monetaria. La sobrestimación marquetera al respecto es tal que ni siquiera la insípida Declaración del Cuzco –que no asume un solo compromiso suramericano que fundamente la nueva entidad- ha sido suficiente para desinflar completamente la “burbuja”. Peor aún, algunos medios y actores institucionales insisten en mantenerla viva y sacarle provecho hasta que se logre inducirle algún contenido.


Si es verdad que la organización de la región requiere de una idea fuerza, no es este irresponsable estilo publicitario la mejor forma de promoverla. Para ello debió bastar el compromiso presidencial con la implementación y financiamiento de los proyectos suramericanos de infraestructura física -IIRSA- y con la profundización de la convergencia suramericana cuya protocolización se ha alcanzado recién en octubre pasado. Por alguna razón –que no descarta la improvisación o la falta de consenso- la reunión cuzqueña de mandatarios regionales –varios de los cuales no asistieron por razones de salud- no adoptó estos compromisos. Con ello la “cumbre” generó aún más expectativas en torno a sus siguientes evoluciones mientras el despropósito diplomático quedó a la vista no obstante que, en la única seña de realismo, la Declaración de Cuzco señala que la comunidad regional será construida gradualmente.


A la falta de rigor diplomático en el trato del tema se ha sumado la inconsistencia política. En efecto, es alarmante que no pocos Jefes de Estado y algunos promotores andinos y mercosureños, hayan elegido lanzar la idea de una unión económica y política regional obviando los requerimientos procesales de la integración. El tránsito progresivo de una zona de libre comercio, a una unión aduanera, a un mercado común, a la coordinación de políticas y, finalmente, a la unión económica y política ha sido menospreciado. En lugar de ello, algunos han optado por una supuesta aproximación “integral” al proceso de integración en una clamorosa demostración de irresponsabilidad.


En efecto, si bien la gradualidad de un proceso de esta naturaleza no siempre es precisa en el sentido de que las diferentes instancias muchas veces se yuxtaponen, el hecho es que esos pasos constituyen el rasero universalmente aceptado para la ordenada construcción del mismo y de la entidad resultante. El costo de no seguir esta referencia es el fracaso de la experiencia eventualmente abrumada por compromisos incumplibles. La avidez burocrática de los especuladores de la “burbuja” suramericana ha expuesto la indispensable integración regional a este innecesario peligro.


Es más, lo ha hecho sin tener en cuenta la tradición de incumplimientos y de continuo replanteamiento estratégico de las instituciones derivadas del Acuerdo de Cartagena y las frustraciones que ya padece el MERCSOUR al respecto. Y, a mayor abundamiento, estos especuladores han preferido plantear el escenario de la integración regional como una experiencia fundacional desprovista de antecedentes de cuyos fracasos o disfunciones debieron haber extarido algunas lecciones. Para estos presurosos personajes, no sólo no existe el compromiso suramericano con la convergencia regional contraido en 1994 en el marco de las cumbres hemisféricas, sino que tampoco reconocen las morosas experiencias de la ALALC y de la ALADI. Prebisch los habría reprobado académica y políticamente.


Más aún cuando estos especuladores no sólo no han tenido en cuenta que la utilidad del mercado de escala no se mide sólo por su extensión si no por la efectiva generación de valor y por la capacidad de generar nuevo comercio. En lugar de sustentar esta multiplicación de los intercambios en el ámbito de los no tradicionales y de los servicios, los promotores andinos han preferido en cuantificar el potencial en términos de la cantidad de productos primarios que exportan. Y como si ello no fuera suficientemente grave, no se han percatado que uno de los requerimientos fundamentales para crear desarrollo –la viabilidad de los Estados que componen el espacio integrado-, está en cuestión en la región en no pocos casos.


Es más, como si ello no fuera bastante, los especuladores de la integración intentan apresurar un proceso de unión sin considerar la gran heterogeneidad macreoeconómica intraregional –países con críticos niveles de deuda externa, alta inflación y moneda dolarizada que conviven con otros más estables y equilibrados- y sin tener en cuenta la insuficiente complementariedad de intereses entre muchos de los miembros -que en algunos casos llega a la inexistencia de relaciones diplomáticas- ni considerar suficientemente la dispersión de las condiciones de inserción extraregional existentes.


En relación a este punto, no parece haberse evaluado bien la dimensión extraregional de los intereses brasileños que no generan consenso regional (p.e., su candidatura a un sitio permanente en el Consejo de Seguridad), la articulación chilena con Estados Unidos, la Unión Europea y el Asia (que favorecerá la competecia de bienes de esos países en el mercado regional) o las inconsistentes prioridades peruanas (afiliación y desafiliación del Grupo de los 21 en las NCM de Doha, negociación prioritaria del TLC con Estados Unidos y posterior propuesta de lograr la integración regional empezando por la unión monetaria), entre otras.


Si la integración suramericana es un instrumento vital para generar progreso nacional, el proceso para lograrla debe ser consistente y disciplinado. Si las opciones para mejorar la calidad del mercado, la competitividad de su agentes y las posibilidades de desarrollo pasan por la mejora sustantiva de la infraestructura regional (IIRSA) y el perfeccionamiento de la convergencia regional, éstas deben ser priorizadas. Luego se dará el siguiente paso. Los especuladores que desean acelerar el proceso generando un “burbuja” política regional sin tener piso para ello, deben quedar al margen.

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