• Alejandro Deustua

Indefinición en la ONU: Venezuela

Finalmente la gravísima situación de Venezuela ha llegado al Consejo de Seguridad de la ONU para ser discutida como un caso que puede poner en peligro la paz y la seguridad internacional.


Pero así como no ha hubo consenso para esa convocatoria (las potencias occidentales integrantes del Consejo lo hicieron con la oposición de China y Rusia entre otros) tampoco lo ha habido para la solución.


Ello ha consolidado el camino de las medidas coercitivas unilaterales con Estado Unidos a la cabeza. El progresivo bloqueo de los fondos venezolanos en el exterior se ha convertido en el principal instrumento de presión.


Aunque necesarias, ellas desmerecen el gran avance multilateral logrado por el Grupo de Lima tras el reconocimiento de Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela y la consideración de Maduro como usurpador. A él se sumó Estados Unidos y las principales potencias europeas tras cuajar en la OEA esa definición mientras que la expresión de los opositores se orientó más al llamado al diálogo que a la defesa del dictador.


Si ese éxito diplomático debía ser efectivo bajo la Carta de la ONU, entonces el argumento de que la situación de Venezuela puede poner en peligro la paz internacional debió sustanciarse mejor en términos de seguridad.


Pero la Subsecretaría de la ONU, que sugirió un ambiguo diálogo, apenas se refirió a una evidencia política: la “polarización” ciudadana, las crisis humanitaria y migratoria y la nueva escalada represiva en ese país. El Perú, uno de los convocantes de la sesión, no enriqueció ese argumento añadiendo sólo los excesos de la dictadura.


Al respecto no hubo referencia alguna al Estado fallido que es Venezuela y sus consecuencias externas. Y nada tampoco sobre la amenaza del narcotráfico y de las organizaciones terroristas con presencia en Caracas.


Pero más lamentable fue la carencia de debate sobre la dimensión estratégica del apoyo chino y ruso a Maduro. En efecto, nada se dijo sobre la relación entre los créditos chinos acumulados desde el 2008 por US$ 70 mil millones (WP) que financian a un enemigo de los países suramericanos mientras adopta una posición antioccidental en el Caribe y el norte subregional.


Y nada tampoco sobre los bombarderos rusos de largo alcance que trajeron al área el recuerdo de la crisis de 1962 al alimón con el control del 49% la principal distribuidora de hidrocarburos venezolanos, de la complicación de la cuenca del Orinoco y el 70% de la compra regional de armas rusas concentradas en Caracas.


Y, como si fuera insignificante, la decisiva y controlista presencia cubana (15 mil asesores militares y de inteligencia) desapareció de toda argumentación sobre seguridad colectiva.


Nuestra diplomacia (y la de los socios del Pacífico suramericano) declarativa y formalista no está contribuyendo a la solución de la crisis venezolana en la perspectiva de la seguridad con planteamientos como la reformulación de la alianza estratégica con China, la redefinición conjunta de acceso al mercado regional por Rusia y la presión política sobre Cuba.


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