• Alejandro Deustua

Implicancias del Cambio Estratégico en la Defensa Norteamericana

Estados Unidos acaba de oficializar un cambio sustancial en su posición de defensa. La publicación de su Estrategia Nacional de Seguridad de este año así lo establece. En ella se determina que la prioridad de la lucha contra el terrorismo ha sido reemplazada por el renovado conflicto estratégico entre Estados.


Según ese documento, China y Rusia son rivales manifiestos que amenazan intereses prioritarios norteamericanos tanto a través de la competencia directa como mediante el restablecimiento de viejas zonas de influencia.


En el caso de China el escenario desafiante a la proyección de poder norteamericano se ubica en el Mar del Sur de la China cuya activación es complementada por el agresivo potencial nuclear de Corea del Norte.


En el caso de Rusia el desafío proviene del restablecimiento de la influencia de la potencia euroasiática en su propia periferia (empezando por Ucrania –Crimea- y Georgia), de su afán en debilitar la OTAN y de la alteración rusa de los parámetros de proyección norteamericana y europea en el Medio Oriente.


Si ambas potencias contribuyen, además, a socavar el orden establecido en la postguerra empleando diferentes tipos de poder (convencional, no convencional, nuclear, cibernético) que ponen en cuestión el poder norteamericano, la principal preocupación norteamericana es la amenaza estatal.


Teniendo en cuenta la capacidad de la superpotencia de establecer el clima de seguridad y defensa en el escenario global, es muy probable que esa percepción sea correspondida no sólo por los Estados mencionados sino por otros emergentes. En consecuencia, es muy posible que el conflicto interestatal termine siendo, nuevamente, la primera problemática de seguridad y defensa para algún número de los miembros del sistema internacional.


Al margen de los factores que inducen la nueva percepción norteamericana y, eventualmente la de los demás Estados, traducida en estrategia, no es ésta necesariamente una vuelta al pasado. Es más bien una constatación de la realidad del poder del Estado (que en los últimos años ha tendido a subsumirse en un mar de procesos y amenazas transnacionales), de la emergencia de nuevas potencias en la estructura del sistema en el tránsito hacia la multipolaridad y de la actitud de cada una de ellas en la proyección y defensa de sus intereses nacionales (fenómeno que no debe ser confundido con la perversión contemporánea del concepto de nacionalismo aplicado a conductas subestatales o confundido con proteccionismo).


Ésta realidad comparte el escenario estratégico predominante con los problemas globales como los que plantea el medio ambiente, la erosión democrática y de derechos humanos, las desigualdades, la pobreza, las pandemias, los desastres naturales y, especialmente, el terrorismo. Pero no está subordinada a esos problemas.


Como es claro para todos, el terrorismo, preexistente desde siempre en ciclos de mayor o menor gravedad, emergió como primera amenaza contemporánea a raíz del ataque a las torres gemelas en Nueva York en el 2001.


Éste evolucionó rápidamente con las pretensiones de sus agentes por el control territorial en Afganistán y en Irak para terminar proponiendo un califato expansivo y dominante desde Siria y el norte iraquí. Su letalidad y ambición logró cuajar en casi todos los miembros del sistema la decisión de contenerlo y desarticularlo. En consecuencia el terrorismo global se mantenía en la parte alta de las agendas nacionales de seguridad.


Para tener perspectiva de la capacidad de la amenaza global de alterar súbitamente las agendas de seguridad nacionales cabe recordar que, en otra escala, ello ocurrió también con el narcotráfico. En efecto, cuando Estados Unidos “declaró la guerra” a ese fenómeno destructivo, generalmente vinculado al terrorismo local del momento, cambiaron también las prioridades de seguridad de las agendas de los países andinos.


Por lo demás, la amenaza global terrorista encontró en la globalización contemporánea un escenario retroalimentador y legitimador de su propia letalidad.


Hoy las amenazas globales –y el terrorismo- no han desparecido pero entre las grandes potencias el Estado como agente de conflicto vuelve a visibilizarse en un nuevo escenario (el fin del momento unipolar, la erosión de la democracia y del régimen liberal financiero y de libre comercio) con una recuperada característica (la competencia como norma de conducta, la fragmentación de espacios liberales). Claramente ello tendrá implicancias similares en la potencias menores.


Eventualmente éstas podrían actualizar también los mecanismos mediante los que la fricción o el conflicto se expresan (desde el uso de la fuerza militar convencional y no convencional, el balance de poder, la disuasión, la contención, las zonas de influencia y, eventualmente, la guerra -sobre la que The Economist acaba de editorializar dramáticamente-). Estos mecanismos, que eran despreciados hasta hace poco por académicos y estrategas militares y diplomáticos como medios de interacción, vuelven a tener presencia y a reclamar atención política y económica. Esa realdad no equivale a su elogio pero sí incluye recomendación: el nuevo escenario, que no implica supresión de cooperación adecuada, debe tenerse en cuenta en el planeamiento de los Estados menores.


El escenario material donde la evidencia del conflicto se muestra de manera más cruda es la península coreana donde la República Popular Democrática de Corea, con un respaldo que China desmiente pero del que no puede dejar de responsabilizarse, ha demostrado su capacidad nuclear ofensiva y su voluntad de activarla. En ese contexto convencional y nuclear, el conflicto del Medio Oriente que gira en torno de capacidades nucleares contenciosas sigue en jerarquía.


Pero hay otros escenario donde el conflicto convencional y nuclear están latentes (Chine e India, Rusia y China, China son algunos de ellos) además de otros donde el conflicto activo, “gris” y asimétrico reina (en el Asia Central: Afganistán; en el Sureste asiático: Myanmar; en el Medio Oriente (Sira, Irak, Irán, Turquía, Israel, Palestina): en el Golfo Pérsico: Arabia Saudita, Qatar, Yemen); en el Noreste del África: Sudán; en el África Central: Congo, Chad; en Europa del Este: Ucrania y hasta Moldavia. Entre otros.


Ninguno de estos tiene dimensión sistémica (aunque atraen la mayor o menor atención militar de grandes potencias, especialmente el palestino-israelí y su interacción con los escenarios iraní y la remanencia del conflicto sirio e iraquí).


Si estos pudieran considerase parte del stock de conflictos en los que la conflictividad tradicional es subyugada por la no tradicional, el hecho de que la relación de conflictos entre Estados Unidos, China y Rusia sea declarada por la primera potencia como estratégica (siempre lo fue) y que se actúe en consecuencia con el mayor perfil (lo nuevo) revela que la competencia sistémica ha ingresado en una nueva etapa y que el cambio de la estructura y de la polaridad, que ya era dinámica, se ha acelerado.


América Latina, que es un continente violento, no alberga conflictos convencionales activos. En el nuevo escenario, sin embargo, éstos pueden activarse. El foco más preocupante al respecto es la condición estratégica de Venezuela que se ha alterado sustancialmente en la última década (fuerte deterioro económico, social e institucional con importante potencial militar y alianzas extra -regionales) e ingresa a la nueva era bajo una dictadura extraordinariamente cruel y con vitales vínculos económicos y militares con Cuba (todavía un alfil ruso) y también con China y Rusia. En el nuevo escenario éste será un factor mayor de inestabilidad y riesgo en la región. De no desescalarse ahora sólo empeorará su condición a costa del conjunto regional.


Ello implicará vulnerabilidad adicional para Suramérica que, sin alineamientos militares sólidos y vinculaciones económicas principalmente definidas por estructuras y procesos antes que por políticas de real y eficaz asociación estratégica, tendrá serias dificultades en gestionar.


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