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  • Alejandro Deustua

Exploraciones de Paz y Nuevas Jerarquías

8 de agosto de 2023



Mientras la guerra en Ucrania confirma el largo plazo como horizonte y escala el nivel de confrontación, un escenario de preliminares conversaciones de paz va emergiendo con cuatro decenas de participantes. ¿Son éstas paños fríos para la inseguridad colectiva, una señal de agotamiento de las partes o un indicador de salida negociada? De momento puede tratarse de todas esas alternativas.


La contraofensiva ucraniana se inició en junio con renovado apoyo bélico de los miembros de la OTAN. Mayor entrenamiento, nuevos sistemas ofensivos, considerables mejoras de equipamiento en tierra y de capacidades aeronáuticas, la inauguración del escenario marítimo y la disposición de más eficaces sistemas antimisiles evidencian un superior despliegue de fuerzas.


Aunque la contraofensiva evoluciona más lentamente de lo previsto y su respaldo no parece tan cohesivo hoy, el empeño de las nuevas capacidades garantizan la supervivencia ucraniana y fortalecen la disposición de sus fuerzas a prevalecer.


De otro lado, Rusia ha afianzado el control de 20% del territorio ucraniano, complicado el terreno de batalla, incrementado los niveles de reclutamiento, reincidido en la amenaza nuclear in extremis, reestructurado el comando militar y agilizado su contacto con potencias medianas y menores. Y su economía, a pesar de las medidas coercitivas occidentales, no da señales de colapso.


Así, mientras las autoridades ucranianas reiteran que no empezarán negociación alguna en tanto las fuerzas de ocupación no se hayan retirado, representantes rusos muestran una estudiada dualidad: Putin afirma que no ve problemas en conversar con autoridades ucranianas bajo premisas inaceptables para éstas mientras su alter ego (el ex -presidente Medvedev), muestra una intolerancia radical.


Como es evidente, bajo estas condiciones no hay lugar a entendimientos serios e inmediatos en perspectiva. Pero sí hay diálogo fuera de la ONU.


En realidad, contactos bilaterales iniciales se han desarrollado a lo largo del primer semestre del año pasado y posteriormente se han materializado en reuniones que expresan la preocupación por terceros.


Hoy esos contactos han devenido en plurilaterales: luego de considerarse en Dinamarca eventuales escenarios de “paz” (junio), acaba de realizarse en Arabia Saudita (5 y 6 de agosto), una reunión de altos representantes de alrededor de 40 gobiernos. A ella concurrieron el grupo de estados que apoyan a Ucrania (representantes de Estados Unidos -el Asesor de Seguridad de la Casa Blanca-), de la Unión Europea (miembros de la presidencia del Consejo Europeo), de países europeos, de China y de un grupo de medianas potencias que desean desempeñar algún un rol de aproximación entre los contendores (Brasil, India, Sur África).


Aunque la reunión tuvo un alto nivel de reserva, los medios han dado a conocer que se trata de sentar las bases para futuras negociaciones en un marco multilateral. Tal empeño proseguirá.


Al respecto, no parece verosímil que se haya tratado la propuesta ucraniana de paz original (noviembre del 2022 sobre restitución territorial, cese de hostilidades, liberación de prisioneros, prevención de escalamiento, justicia, seguridad nuclear, alimentaria, energética y ambiental) sin considerar la propuesta china de mayo de este año (respeto de la soberanía nacional, abandono de la mentalidad de Guerra Fría, cese de hostilidades, solución de la crisis humanitaria y de prisioneros de guerra, seguridad de plantas nucleares, reducción del riesgo estratégico, facilitación de exportación de granos, cancelación de sanciones económicas, protección de cadenas de valor y reconstrucción). Especialmente si el representante chino estuvo presente en la reunión saudí reportando inclinación por un arreglo pacífico que, en un giro de la “amistad sin límites” con Rusia, procuraría con una perspectiva “independiente” e “imparcial”.


Al respecto, Rusia (que no participó) ha planteado su disposición a negociar sobre la base de que Ucrania reconozca su “nueva realidad territorial” luego de que, en marzo del 2022, afirmase que el cese al fuego era posible si ese país se declaraba neutral en relación a la OTAN y aceptaba limitaciones de su capacidad militar.


La ausencia de un representante ruso en la reunión tiende a confirmar la impresión de que ésta fue, en buena medida, auspiciada también por Ucrania. En consecuencia, las autoridades rusas descalificaron la reunión.


Pero Putin no actuaba en el vacío. Pocos días antes congregó en San Petersburgo una cumbre ruso- africana en los que prometió acuerdos de armas y de aprovisionamiento de trigo sin lograr, sin embargo, apoyo incondicional.


Por lo demás, en la reunión saudí se hicieron sentir los países comúnmente considerados como neutrales o “equidistantes” que desean formar parte de un serio emprendimiento de solución de conflictos. A estos efectos, Brasil se ha negado a condenar la invasión rusa a pesar de que, bajo el gobierno de Bolsonaro, suscribió la resolución de la Asamblea General de febrero 2022 que rechazó la invasión. Hoy sus autoridades parecen tener otra perspectiva de la guerra: se trata, según ellas, de un conflicto entre superpotencias y de Rusia con Occidente.


De otro lado, si India y Sur África, que también participaron en la reunión saudí, persiguieran el mismo propósito, lo que emerge es una nueva instancia organizada que ejerce influencia sobre el eventual apaciguamiento y sus términos: los BRICS (y otros como Turquía y Arabia Saudita). Si, con anterioridad, la ambición de poder de sus miembros se expresaba en términos económicos y financieros (salvo China, que blande también su poder militar) ahora lo hacen en un escenario de guerra abierta y de conflicto sistémico. La participación en ese escenario cambiará la centralidad y la orientación de esa entidad y propulsará las capacidades de sus integrantes. Una jerarquía intermedia de poder sistémico se estaría consolidando en un ámbito de guerra al tiempo que sus miembros desarrollan, cada uno, asimétricos polos de poder.


En ese marco, ya no es sólo el impacto de la guerra lo que debe importar a América Latina y al Perú, sino los términos de su solución en tanto el escalamiento no prosiga.


En efecto, hoy ya no es sólo la ausencia de fertilizantes, el bloqueo de granos ucranianos que genera inseguridad alimentaria y presiona la inflación o la alteración de los términos del intercambio y de los flujos financieros lo que nos debe preocupar. Ahora la materialización de una nueva jerarquía de poder en el sistema es cada vez más evidente. Como evidente es también el hecho de que aquellos que no participan por pasividad, incapacidad diplomática o pésima lectura del escenario descenderán aún más en esa jerarquía emergente mientras descreditan su fiabilidad al no tomar posición sobre la base de lo asumido en el ámbito de la ONU.

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