• Alejandro Deustua

Europa: Consecuencias Geopolíticas de una Crisis Económica

Los resultados electorales en Francia y Grecia y la toma de posesión del Presidente Putin en Rusia implican para Europa bastante más que el rechazo al crudo ajuste impuesto por el Pacto Fiscal, la búsqueda de un nuevo y difícil equilibrio entre austeridad y crecimiento o la voluntad gubernamental de absorber la protesta política.


Esos resultados son producto de la ola de protesta que barre Europa y que, luego de producir 17 cambios de gobierno desde que estalló la crisis, ha llegado al núcleo continental (el eje franco-alemán), destrozado el estratégico flanco sur oriental del Viejo Continente (donde nació la Guerra Fría) y desafiado el poder, hasta ahora incuestionable, de quienes gobiernan Rusia pretendiendo una posición dominante en Eurasia.


Más allá del debate económico, Europa se encuentra hoy frente a la consecuencias geopolíticas de un poder desestabilizador por lo menos equivalente a la reacción ciudadana frente a la desmesura de políticas fiscales contractivas adoptadas a la hora nona (debido a la inobservancia del Pacto de Estabilidad) y frente a la imprudencia de políticas de profundización integracionista como medio de solución de crisis (la creación del euro desprovisto de fundamentos y de salvaguardas de flexibilidad). Esta situación obliga a que el nuevo diálogo franco-alemán sobre austeridad y crecimiento tenga éxito. Si éste no se produce mediante un protocolo complementario al Pacto Fiscal o cualquier otra fórmula, el debilitamiento del núcleo europeo llevará a una fuerte pérdida de cooperación en el área, al incremento de la fricción y a la quiebra del euro. La cautela europea impedirá ese resultado, pero quizás repitiendo la fallida fórmula de “más Europa” (en este caso, fiscal y política) a costa de la flexibilidad y de opciones de salida requeridas por los países más afectados.


En ese caso, se habrá esquivado el problema sin tomar el pulso de los nacionalismos emergentes que han generado anarquía en Grecia. El incremento de los mismos puede conducir a la agudización de los problemas con Turquía (el Mar Negro, Chipre, proyección sobre el Medio Oriente) y con los países balcánicos (donde la influencia ortodoxa juega un rol político).


Finalmente, si el desborde popular no es controlado en Rusia, el rol ordenador de esa potencia en Eurasia se debilitará comprometiendo una zona central para el equilibrio global. En tanto el problema ruso es menos económico que político, es indispensable una mayor apertura democrática en ese país. La historia en la zona muestra, sin embargo, una tendencia al autoritarismo. Si Rusia desea hoy un rol global en tiempos distintos, debiera optar por lo primero. Si opta por lo segundo habrá regresado al siglo XIX en medio de un Europa convulsa. Esta problemática no es asunto que decidirán sólo los economistas.


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