• Alejandro Deustua

El Retorno de Chile al Esquema de Integración Andina

En 1976 Chile se retiró del Acuerdo de Cartagena aduciendo incompatibilidad entre el modelo económico de apertura que establecía el gobierno de Pinochet y la disposición andina a mantener el modelo de sustitución de importaciones (las razones políticas, aunque evidentes, no se oficializaron) Luego de haber consolidado su modelo económico y su democracia, Chile retornó en setiembre del año pasado a la Comunidad Andina (una cuestionable evolución del Pacto Andino) como miembro asociado. Y ahora, en la cumbre andina de Tarija, Chile estará representado por su presidenta luego de que las más altas instancias de la CAN definieran, en junio, las modalidades de su participación comunitaria.


Esta reincorporación es ciertamente buena para Chile. Ello le permitirá mejorar considerablemente su inserción regional al complementar su asociación con el MERCOSUR con la que ahora perfecciona con la CAN. De esta manera el ámbito plurilateral se le abre en Suramérica luego de haber completado la red de acuerdos económicos bilaterales con prácticamente todos los países del área.


Por lo demás, el problema del aislamiento (señalado eventualmente como fuerte preocupación por la prensa chilena) queda superado sin perder autonomía económica. Ello ocurre en tanto su asociación no reclama los compromisos de la plena membresía mientras que mantiene control sobre su relación comercial en tanto los acuerdos de complementación económica de la ALADI, antes que las obligaciones supranacionales que otros sí tienen, comandan su vínculo con la CAN y el MERCOSUR. A ello se agrega una participación institucional parcial que ahora se le reconoce.


De esta manera, la importancia que Chile otorga a la consolidación de un espacio económico ampliado en la región para una economía abierta como la suya se materializa en la realización de un interés nacional.


Ello es también bueno para la CAN en términos de mercado (que puede profundizarse y ampliarse si se mejoran los ACE), de integración en otros ámbitos (la física, la social o la tecnológica) y de cooperación (política, ambiental, migratoria o de seguridad). Pero esa ganancia comunitaria depende de que Chile se proponga un rol contribuyente a la estabilidad de una subregión intensamente inestable y de que ésta logre avanzar hacia una convergencia económica y política lamentablemente perdida.


A lo primero podrá contribuir Chile mediante el aporte que pueda realizar una democracia representativa que, sumada a las de Perú y Colombia, pudiera influir sobre la deriva "refundadora"que atrapa a Bolivia y Ecuador. Ello ocurrirá si Chile está dispuesto a contribuir a la materialización de algo improbable: contribuir a la revitalización de la "cláusula democrática" en la subregión. Ese esfuerzo, sin embargo, no será posible si las autoridades comunitarias siguen haciendo la apología de la "diversidad" contrariando los términos básicos de convergencia política en un esquema como el que se propuso ser el andino.


Chile también podrá contribuir a la estabilidad andina si contribuye a activar la red de países que han suscrito acuerdos de libre comercio con Estados Unidos complementado los que se logren con la Unión Europea. La ganancia colectiva en enriquecedora inserción externa se probará en este punto si Chile se muestra dispuesto a articular el "arco latinoamericano del Pacífico" que, sobre la base mencionada, tendrá su prueba de fuego en la próxima reunión de la APEC.


Finalmente, la racionalidad política de la reincorporación de Chile a la CAN se medirá también en términos de su disposición a solucionar problemas de límites y otros históricos requerimientos con miembros andinos. De poco servirá la participación chilena en la CAN si, a los serios problemas de cohesión que ésta tiene, se añaden los de la inflexibilidad frente a reclamos jurídica y justicieramente sustentados por países que, además de vecinos, son antiguos socios andinos.


En el campo económico, Chile debiera proponerse mejorar las condiciones de la zona de libre comercio andina y su proyección externa. El avance acá implica la promoción por los andinos del aprovechamiento del mercado chileno y de una disposición de ese país a actuar en los mercados de sus socios promoviendo la participación local en los emprendimientos financieros y respetando mejor los usos y costumbres del medio. Los intentos de lograr posiciones de dominio sectorial sólo agravarán los niveles de fricción subregional.


En este punto, si Chile suma esfuerzos con Perú y Colombia ciertamente puede contribuir a lograr la vigencia fáctica de la economía de mercado en la subregión que las políticas económicas de Bolivia y Ecuador obstruyen. El obstáculo, sin embargo, será casi insalvable dadas las características ideológicas de los gobiernos de los países mencionados. Por tanto, la labor de persuasión de los Estado andinos liberales tendrá que incrementarse si se desea mantener el mercado subregional. Nuevamente acá, el reconocimiento comunitario de una "diversidad económica" que vaya más allá de las diferencias de desarrollo de los países miembros será la piedra de molino que puede hundir el escenario subregional si ésta no es adecuada removida.


Si a pesar de estos requerimientos políticos y económicos, Chile se orientara sólo a participar de manera ad hoc y sectorialmente en las áreas en las que puede obtener ventajas nacionales, su participación no sólo no generaría utilidad colectiva sino que, a la luz del escueto mercado andino y del peso abrumador de su normativa, podría apresurar otra revisión más del pomposamente llamado Sistema Andino de Integración. Convertirlo oficialmente en un espacio económico de integración física, cooperación ad hoc y libre tránsito de bienes y servicios sería entonces lo más conveniente.


Es verdad que Chile, como miembro asociado y no pleno de la CAN, tendrá sólo voz en la larga lista de temas de cooperación que han sido señalados por la Decisión correspondiente y que podrá participar en las reuniones institucionales de más alto rango sólo cuando corresponda y a su solicitud o a iniciativa de las autoridades andinas. Pero bajo las actuales condiciones de la integración subregional esa limitación es más bien una ventaja. En ese marco Chile debe dar muestras de una participación cooperativa en la que debe empeñar su mejor y más equitativo esfuerzo.



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