• Alejandro Deustua

El Presidente Norteamericano En Latinoamérica

El próximo recorrido latinoamericano del Presidente George Bush por cinco países de la región (Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México) se inscribe en una nueva iniciativa diplomática que la Casa Blanca y el Departamento de Estado han lanzado a nivel global.


En buena cuenta motivada por la necesidad de complementar el esfuerzo militar en escenarios de seguridad (Medio Oriente, Corea del Norte) o por el requerimiento de atención en ámbitos de renovada dimensión estratégica (China, Rusia) la iniciativa diplomática norteamericana tiene, en el caso de América Latina y dentro de su especificidad, también una racionalidad compensatoria.


Frustrada ésta a inicios de la administración Bush por los requerimientos del 11 de setiembre (desde el tratado de inmigración con México, que no cuajó, hasta la sorpresa del Secretario de Estado Powell en Lima el día de los ataques terroristas a Nueva York), las visitas del próximo 8-14 de marzo tienen una función de recuperación política y ciertamente carece de un propósito de despedida de una administración que tiene aún año y medio de vida útil.


Sin embargo, con tan poco tiempo para madurar, las visitas sólo podrán sentar las bases para su desarrollo durante el próximo gobierno norteamericano, atajar en el corto plazo la beligerante dinámica antiestadounidense que el presidente Chávez siembra por donde transita y promocionar asociaciones liberales que potencien esa orientación política y económica en el área. En cambio, el propósito de fortalecer el vínculo hemisférico en un contexto de competencia e inestabilidad internacional crecientes podrá realizarse sólo en el mediano plazo.


Entre estas motivaciones, el Subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, Thomas Shannon ha resaltado la importancia de nuevas asociaciones con países de la región. Éstas se entienden como una muestra de la "política de participación" norteamericana que se resume en la promoción de la democracia con resultados. Éstos debieran ser los que superen "el nuevo desafío": la pobreza, la desigualdad y la exclusión que caracterizan aún a la región y estimulan el resentimiento y la inestabilidad.


Según el señor Shannon, Estados Unidos contribuirá a ello materializando el propósito de los tres pilares de la política exterior norteamericana hacia América Latina: ayudar a cerrar la brecha social, cooperar a que los Estados latinoamericanos alcancen su potencial a través de asistencia superior (US$ 1700 millones) y mejor orientada (la Corporación del Desafío del Milenio) y asegurar el compromiso norteamericano en la lucha contra amenazas transnacionales (terrorismo, crimen organizado, pandemias desastres naturales).


Dentro de este marco, el Presidente Bush especificará algunos puntos que lleven a "alianzas positivas" con sus anfitriones: emprendimientos de seguridad energética con Brasil (etanol), progreso del vínculo con Uruguay (a cuyo izquierdista presidente, Bush devuelve la visita), ratificación de la alianza antinarcoterrorista con Colombia, promoción de la diversidad cultural en Guatemala, apoyo al esfuerzo por consolidar el orden público y la lucha contra la pobreza en México.


Como es evidente, en esta agenda sólo hay intereses convergentes de carácter general y específico con Estados latinoamericanos que entienden la visita del presidente norteamericano como la de un Jefe de Estado y no sólo como la del gobernante de la primera potencia con cuya política en el Medio Oriente no pocos discrepan por convencimiento, estrategia u oportunidad. Por esas razones concretas y por tratarse de quien representa a la mayor potencia occidental con la que se comparten principios y valores comunes, esta visita debe ser adecuadamente aprovechada y no sólo bienvenida por los países anfitriones y por los demás.


En efecto, si, por los motivos que fueran, la iniciativa plurilateral que patrocinó el ALCA para potenciar una relación hemisférica material y racionalmente renovada sólo pudo implementarse parcial y bilateralmente, la visita del presidente Bush a cinco países que cubren el bagaje de grandes, medianas y pequeñas potencias latinoamericanas presenta a la región una nueva oportunidad de asociación que no debe desperdiciarse. Especialmente cuando el formato bilateral permitirá a cada Estado interlocutor identificar mejor sus intereses y plantear directamente las formas concretas de su realización.


De esta forma, los latinoamericanos, a través de interlocutores circunstanciales pero representativos, tendrán la posibilidad de recuperar "su" relación con Estados Unidos configurándola de manera singular y ad hoc. Si ello ocurre, este grupo de países complementarán lo que, grosso modo, los norteamericanos esperan de esta visita: la reincorporación de América Latina a la agenda de prioridades estadounidenses aunque fuera de manera tardía y parcial.


Ello será posible si los compromisos bilaterales que se logren, son evaluados sobre una base de complementariedad suficiente como para sentar las bases de una nueva etapa en la relación interamericana. Si esa complementariedad se logra, sobre esa base se podrá consolidar la solidaridad e interdependencia hemisféricas hoy mermadas cuyo carácter occidental tiene el potencial para influir mejor en un sistema internacional que tiende a fragmentarse.


Ciertamente que para que ello ocurra es necesario que los beligerantes partidarios de la fragmentación regional tomen nota de que América Latina no volverá a las épocas del autoritarismo y de la economía cerrada ni al patrocinio de un sistema basado en estas preferencias.


Pero ello no basta en lo concreto. Si los Estados latinoamericanos deben redoblar sus esfuerzos de inclusión social y económica para asegurar su viabilidad, progreso y seguridad en el marco occidental, la primera potencia debe facilitar esa tarea patrocinando mayor flujo de recursos productivos, estableciendo acuerdos comerciales que atiendan el trato preferencial y equitativo y patrocinando acuerdos de seguridad formales respetando la jurisdicción y el control del Estado anfitrión cuando éstos impliquen presencia externa y no sólo transferencia de recursos.


Así, si la cooperación para el desarrollo es bienvenida, la condicionalidad a que la somete los fondos del Compromiso del Milenio podría ser flexibilizada. Pero mejor que ello, América Latina debe poder lograr a una mejor participación en la inversión externa norteamericana que desde hace décadas se orienta al Asia y que en la región está excesivamente concentrada.


Por lo demás, los acuerdos comerciales debieran dejar de ser vistos en Estados Unidos como un componente de su disposición asistencial (o "promocional" como hoy se le llama) sino como verdaderos instrumentos de complementación comercial que tengan en cuenta las diferencias de desarrollo entre las partes.


Y en materia de seguridad, Estados Unidos bien podría rebajar sus exigencias para la transferencia de material y su uso, deponer exigencias para asegurar cooperación en esta materia (p.e. abandonar la inaceptable reclamo de trato excepcional fuera del ámbito del tratado CPI), proponer metas para la atenuación del narcotráfico, consolidar asociaciones palpables para el combate de amenazas globales y promover mejor la actualización de la seguridad colectiva hemisférica.


A todo ello ayudaría una visión general más apegada a la realidad. Como es evidente, no todos los países de la región han superado los puntos de no retorno en el ordenamiento democrático y de libre mercado como parece asumir el discurso diplomático de algunos funcionarios del Departamento de Estado. Por tanto, no parece adecuada la premisa propuesta de que nos encontramos en una nueva etapa política y económica y que la cooperación asumirá ese hecho. En los países grandes (México y Brasil), medianos (Colombia) y pequeños (Uruguay) que visitará el presidente Bush hay mucho que consolidar aún en materia de democracia, de libre mercado y de adecuada distribución de la riqueza.



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