• Alejandro Deustua

El Perú en la Asamblea General de la ONU

Los discursos de los presidentes latinoamericanos en la Asamblea General de la ONU suelen contener listados más o menos propagandísticos de la gestión de sus gobiernos, reivindicaciones internacionales justas pero muchas veces plagadas de irredentismo, propuestas más o menos razonables y acusaciones rutinarias o espectaculares. Si en ello, el punto de vista propio es relevante no siempre refleja éste bien el interés nacional pertinente.


Esta vez, el discurso del Presidente Humala ha afrontado adecuadamente su compromiso ante la Asamblea General centrando razonablemente cada una de estas características. En efecto, su discurso ha sido balanceado y sensato: las realizaciones del gobierno se han enfocado desde la perspectiva del complimiento de los Objetivos del Milenio, las expectativas nacionales se han concentrado en la agenda “post 2015” después de que se suscriba el acuerdo de París sobre cambio climático (a cuya agenda contribuirá el Perú organizando la COP 20), la propuesta de una reunión la ONU dedicada exclusivamente a tratar el problema de las drogas reitera la preocupación por esta amenaza (aunque pueda sonar a más de lo mismo cuando se plantea el principio de responsabilidad compartida desprovisto de una agenda de acción que escape a la gestión burocrática de los órganos con sede en Viena) y la reiteración del pedido de reforma del Consejo de Seguridad es un interés de muchos que viene cayendo en los sordos oídos de muy pocos (los actuales Miembros Permanentes de esa entidad).


Y si hubo toques dramáticos en el discurso, éstos se limitaron a señalar una estadística en la que probablemente pocos confían (según la CEPAL el cambio climático le cuesta al Perú 4 puntos porcentuales de su PBI). Éstos fueron compensados con autocrítica en materia institucional y de corrupción. Por lo demás, en ningún caso se estuvo próximo a la lírica de trinchera del Presidente Maduro que, con Chávez como ángel inspirador, no quiso dejar títere con cabeza (cuestión imposible porque de la sala cuasivacía seguían saliendo delegados en busca de aire salvador).


Estos pocos toques dramáticos fueron bien corregidos por un buen capítulo sobre política exterior. Si bien éste no tenía por qué empezar solicitando el desbloqueo de Cuba (menos cuando los hermanos Castro desean que Cuba siga siendo la misma dictadura), el hecho es que el Presidente dio cuenta de la buena relación con los vecinos, de la contribución a la comunidad internacional implícita en la rápida ejecución con Chile de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia (sin mencionar la contienda sobre el triángulo terrestre, lo que fue un error si el interés nacional está de por medio), de la influencia de la inclusión social en la política externa que la ONU defiende, de la relevancia del Perú como Estado y cuna civilizatoria, del rechazo al terrorismo y de otros delitos del crimen organizado (la trata de personas, el tráfico ilícito de armas) y de la reiterada preocupación por la problemática ambiental.


De esa lista emergen, sin embargo, un par de observaciones. Si el Perú tiene experiencia comprobada en la lucha contra el terrorismo y su política declarada es la condena de quienes lo practican, no parece sensato ni responsable que el Presidente no haya participado en la cumbre de países que sentaron las bases de una Resolución del Consejo de Seguridad que condena el extremismo violento y que subrayó la necesidad de prevenir el viaje de terroristas extranjeros para brindar su apoyo al ISIL.


En esa reunión participaron países latinoamericanos y caribeños como Argentina, Chile y Trinidad Tobago ayudando a que el documento se aprobara por unanimidad.


En la medida de sus posibilidades, el Perú debe participar en estas formas de creación de seguridad colectiva no sólo por deber comunitario sino porque este inicial y unánime compromiso de un grupo de Jefes de Estado contra la barbarie de ISIL se revelaría luego en una Resolución del Consejo de Seguridad cuando sobre el tratamiento de fondo de esta amenaza puede existir carencia de consenso (probablemente por diferencias entre Estados Unidos y Rusia).


Por lo demás, el Presidente pudo también hacer mención a la participación peruana en operaciones de mantenimiento de la paz (que se ha ido incrementando desde finales de los años 50 del siglo pasado) cuando el Secretario General de la ONU planteó la necesidad de una mayor contribución colectiva frente a la acumulación de crisis que se han presentado este año.


En efecto el Secretario General Ban Ki Moon no pudo ser más explícito al iniciar su discurso sosteniendo que el “horizonte de esperanza” está hoy signado “por la oscuridad” y que nunca los principios de la Carta de la ONU han sido tan cuestionados.


Al respecto, el Sr. Ban Ki Moon no se limitó a comentar que “la diplomacia está a la defensiva, socavada por los que creen en la violencia”… “la diversidad está bajo asalto”…y “los usureros de la guerra” “sabotean el desarme”, sino que listó uno a uno los conflictos en la República Centroafricana, Gaza, Ucrania, Sudán, Mali, Somalia, Nigeria, Irak y Siria.


Si el Perú desea ser reconocido como una potencia regional de alcance medio, entonces debe participar en asuntos de seguridad colectiva cuando las circunstancias lo requieren y las capacidades existen como lo hacen Brasil, Argentina, Chile y Uruguay. Si así ocurre hoy con el batallón peruano en Haití no se explica por qué ahora debiera ser distinto.


Es verdad, que contribuir al incremento de la respuesta al cambio climático mediante compromisos efectivo de cortes de emisiones es un aporte sustantivo a la creación de bienes públicos globales. Pero para insertarnos mejor en el sistema requerimos de algo más que conferencias y acuerdos de libre comercio. Si nuestras capacidades está ahora restringidas a operaciones de mantenimiento de la paz y éstas son requeridas, el Perú debe brindarlas.


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