• Alejandro Deustua

El Parroquialismo de Nuestra Política Exterior: Un Ejemplo

24 de diciembre de 2021


El parroquialismo que ha consumido la atención ciudadana desde que el Sr. Castillo se hizo con la presidencia y la falta de perspectiva operativa y estratégica de nuestra política exterior ha desviado nuestra atención de las más poderosas fuerzas que la condicionan.


Si el gobierno parece haber olvidado la importancia del sistema internacional y privilegiado su atención en la región (¡como hace más de tres cuartos de siglo!), lo ha hecho por decisión pero también por ignorancia y oportunismo ideológico.


Al respecto, ni los problemas globales como la pandemia, el medio ambiente o el narcotráfico o los choques económicos externos lo han impulsado a evaluar, de manera atenta, los condicionamientos estructurales del sistema y orden internacionales que obstruyen la fluidez de nuestra acción externa y minimizan aún más nuestra ya complicada situación estratégica y geopolítica.


Para empezar, ninguna atención seria se ha prestado a la confrontación sistémica entre China y Rusia asumiéndose, a priori, que una inconclusa multipolaridad y los supuestos beneficios que pueden extraerse de ella son un regalo contextual. La ignorancia en este punto es extraordinaria en tanto es la propia cancillería que sugiere que este tipo de orden forma parte ya del escenario y hasta opta por él como si se tratase de un asunto culminado y meramente diplomático.


Al respecto, ni siquiera se ha tenido en cuenta que la confrontación entre Estados Unidos y China está en incierta evolución y, por tanto, un orden multipolar no se ha establecido aunque el bipolar se haya quebrado.


La materia es aún más preocupante porque, en el devenir de nuestra política y relaciones exteriores (la que involucra a nuestros agentes económicos y otros actores sociales relevantes), la contienda entre nuestros principales interlocutores económicos no se da en términos de seguridad razonable y estabilidad de intercambios.


Es más, esa contienda puede arriesgarlos si, por ejemplo, las barreras arancelarias, derechos compensatorios y otro tipo de medidas coercitivas que se imponen entre las dos potencias mencionadas -el caso de los productos tecnológicos es un buen ejemplo-, afectara eventualmente la adquisición de productos y servicios que necesitamos (p.e. prohibiendo o complicando su compra directa o su contratación vía terceros). O si la presencia china en la región pasara a ser considerada como un problema estratégico mayor por la primera potencia cuando ahora es sólo una preocupación.


No menos alarmante es la implicancia potencial de ese conflicto en nuestros más extensos vínculos externos (por ejemplo, el aprovisionamiento de equipo militar o la transferencia tecnológica en áreas que van desde la inteligencia artificial y robótica -esencia de la 4ª revolución industrial- hasta la ciberseguridad, implementación de resguardos frente a un conflicto espacial o el aprendizaje de manejo de nuevos conceptos vinculados p.e. a la guerra asimétrica o híbrida).


En este escenario, habiendo China devenido en nuestro principal socio comercial (30% del volumen del total de los intercambios) (EP) y en un muy importante inversionista extranjero (el 2º destino en América Latina después de Brasil según la Embajada china aunque su aporte no aparece en la estadística del Ministerio de Economía), su rol como potencia desafiante en el sistema internacional debería interesarnos. Especialmente después de que China ha desplazado económicamente a Estados Unidos en el Perú (la primera potencia es el segundo socio comercial del Perú y el tercer inversionsita extranjero en el país -MEF-).


Pero la reflexión y la cautela al respecto no sólo no ocurre sino que la cancillería piensa que puede desarrollar su tradicional preferencia multilateral o establecer o intensificar relaciones bilaterales al gusto como si nuestras capacidades fueran mayores. Ello es una clara señal de que no distingue entre diplomacia y política exterior.


Es más, a la cancillería no parece interesarle siquiera la necesidad de establecer relaciones claramente preferenciales con potencias occidentales (asunto que forma parte de nuestra tradición e historia) para fortalecer valores comunes hoy en cuestión y servir de ancla geopolítica antes de seguir incursionando, sin más, en las aguas del Pacífico.


Esto es importante en tanto la prioridad que ha cobrado la cuenca de ese océano desde el siglo pasado hoy se ha potenciado y complicado por realidades económicas y de poder. Las primeras están siendo ordenadas por diferentes regímenes a los que el Perú se ha incorporado sóloparcialmente siguiendo la sana tendencia de ampliación y consolidación de mercados extra-latinoamericanos iniciada en 2009 y también como instrumento de equilibrio y afiliación con nuestros vecinos que desean también mejorar su acceso al mercado asiático.


En el proceso, sin embargo, ello ha ocurrido sin evaluar bien quién pretendía, en esos acuerdos, el liderazgo ordenador. En el TPP (el acuerdo de Asociación Transpacífico) del que el Perú es parte, Estados Unidos intentó, mediante un liderazgo tardío (se incorporó luego del inicio del proceso) encabezar el cambio de reglas en el área. Pero el Congreso norteamericano no aprobó el arreglo y la administración Trump se retiró de él. Hoy que el presidente Biden no ha rectificado la línea de Trump a pesar de patrocinar una política de reinserción norteamericana en acuerdos regionales y globales con el propósito de acabar con el neo- aislacionismo.


El TPP, por tanto, no sólo careció de líder regimental original sino que, habiendo evolucionado hacia el CPTPP (Comprehensive and Progressive Agreement for Trans-Pacific Partnership (CPTPP), ha abierto su espacio a China la que, recientemente, se propuso como miembro. Su iniciativa aún se evalúa entendiendo que China no es una plena economía de libre mercado que desee abrirse más y que, más bien, busca incrementar su influencia en el área.


Esto ocurrió luego de que China sí suscribiera el RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership) que incorpora a 20 países (15 de la ASEAN y 5 más) que, con 30% de la población mundial y 30% del PBI global, es considerado el mayor acuerdo comercial mundial. En él China sí podría influenciar las reglas de juego (y/o su aplicación) forjadas principalmente por la ASEAN. Estados Unidos (como el Perú) no forma parte d ese acuerdo.


Esa influencia china se dejaría sentir en el TPP original en tanto que 7 de sus miembros (de un total de 11) integran ambos acuerdos.


De ese escenario, no están ausentes las diferentes alianzas militares ni los mecanismos de cooperación de seguridad que tiene Estados Unidos suscritos en el Pacífico. Ello incluye al más reciente instrumento de cooperación militar acordado entre Estados Unidos, Australia, Japón y el Reino Unido (AUKUS) sobre la base de un concepto estratégico japonés en el Océano Índico.

El AUKUS implicó la conformación de un nuevo espacio estratégico en el Pacífico cuyo dominio está orientado a contrarrestar militarmente la influencia china y cuyo costo inicial pagó Francia al cancelarse un contrato con Australia para la venta de submarinos nucleares.

De ese escenario, articulado sobre la dinámica de competencia estratégica con China (que no desea pero no excluye la guerra), no forma parte el Perú (ni ningún país suramericano). Perú está ligado, más bien, al área de in fluencia del Comando Sur norteamericano en un escenario recortado pero vecino al escenario de conflicto naval.


Como puede verse, tanto en el ámbito continental hemisférico como en el marítimo en el Pacífico, la realidad de competencia y de conflicto sistémicos entre Estados Unidos y China está involucrado el Perú de manera marginal y periférica. Pero lo está de manera suficientemente importante como para que su conducta quede condicionada por ese enfrentamiento.


Como se ha dicho, esa contienda tiene una dimensión multidimensional (militar, económica, tecnológica, etc) cuyos escenarios abarcan la guerra (la “trampa de Tucídides”) y la competencia por el predominio global y regional. De esa contienda -y de otras- emergerá un orden de muy difícil regulación. Éste puede ser de dos calidades. Uno multipolar (aunque, si éste se consolidara, no es posible hoy sentenciar el grado de su pluralidad) y otro regimental (que puede ser o no el de una ONU redefinida).


En el caso en cuestión los escenarios actuales más peligrosos son las pretensiones chinas de incorporación plena de Taiwán cancelando el régimen de “un país dos sistemas” y sobre las islas del mar del Sur de la China reclamadas simultáneamente por sus vecinos menores (ello no descarta los problemas que plantean Hong Kong y Corea del Norte). Ambos escenarios tienden a registrar escalamientos periódicos con intervención de fuerzas armadas de distinto pero alto poder.


Y con el mismo nivel de peligro inmediato Estados Unidos, la OTAN y Rusia progresan en otro enfrentamiento a propósito de Ucrania colocando a la Unión Europea -nuestro tercer socio comercial y principal inversionista- en un significativo nivel de alarma (de ello nos ocuparemos luego).


Mientras tanto, la cancillería no da señas de preocupación ni de planeamiento al tiempo que el gobierno se encierra sobre sus lastimosas pequeñeces de manera cotidiana.

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