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  • Alejandro Deustua

El Nuevo Muro de Berlín

06 de Octubre de 2006



Si hay un símbolo de la opresión comunista durante la Guerra Fría, ése fue el muro de Berlín construido en 1961. Y si hubo otro que destacase el fin de esa confrontación entre dos sistemas opuestos, éste fue la caída del “muro” en 1989 un par de años antes de la implosión de la URSS.


La oposición a ese muro emblemático del totalitarismo represor marcó la mitología de la política exterior norteamericana de la Guerra Fría, estableció nuevos parámetros de seguridad en Europa, fortaleció en Occidente la conciencia del “mundo libre” e impulsó el objetivo de una Europa unida “desde el Atlántico hasta los Urales”.


Por lo demás, en la larga perspectiva histórica la barbarie que representaba “el muro” sólo podía ocurrir en un continente del que los estadounidenses primigenios se distanciaron para destacar su excepcionalismo moral y político desde el siglo XVIII. Este distanciamiento ideológico, en su versión antisoviética, fue recordado sistemáticamente por los presidentes norteamericanos, desde Kennedy hasta Reagan, en el corazón de Berlín.


Ello confirmaba otra evidencia para los americanos: América –o el Hemisferio Occidental- nunca requirió ni recurriría a semejante atrocidad. El bloqueo económico de Cuba era el recurso extremo y excepcional al que la superpotencia podría atreverse.


Posteriormente, sin embargo, las diferencias contemporáneas nacidas de los conflictos regionales y de las diferencias entre hemisferios ricos y pobres relativizaron la retórica antisegregacionista entre los aliados norteamericanos. Por razones de seguridad fronteriza y como atenuante de las amenazas globales representadas por los nuevos flujos migratorios Israel construyó un muro que lo separase de los territorios malgobernados por la Autoridad Palestina y España construyó rejas protectoras en Ceuta y Melilla con la esperanza de contener la avalancha de migrantes africanos. Mientras tanto, a pesar del rigor muchas veces injuriante de las políticas de inmigración y de aduanas norteamericanas azuzadas por los ataques terroristas del 2001, en América la idea del “muro” no prosperó. Ello ocurría a pesar del recurso a leyes estatales cada vez más radicales en la frontera sur de Estados Unidos mientras que el Ejecutivo norteamericano mostraba una cierta flexibilidad frente a la presión migratoria. Al respecto se elaboraron planteamientos sobre tratamiento a los inmigrantes ilegales planteando condiciones para su eventual legalización (en el caso de los que estuvieran trabajando en Estados Unidos por un largo período de tiempo) o su retorno calendarizado a sus países de origen.


Y si bien el acuerdo migratorio que el gobierno del presidente Fox buscó con el presidente Bush se frustró a partir del 11 de setiembre del 2001, Estados Unidos nunca deseó zaherir al vecino con disposiciones más draconianas. Menos cuando ese vecino es el tercer destino de las exportaciones norteamericanas, es una pieza vital de la red estadounidense de acuerdos de libre comercio (que, por definición, deberían orientarse a la intensificación de la libre movilidad de los factores de producción, incluyendo el trabajo) y constituye la cabeza de playa de la relación de Estados Unidos con América Latina.


Sin embargo, a pesar de ello y de que los cancilleres de México y Centroamérica transmitieran oportunamente al gobierno norteamericano su opinión preventiva y contraria a la eventualidad de que la idea del muro en la frontera entre Estados Unidos y México se materializara, el Congreso norteamericano acaba de aprobar una ley que autoriza la construcción de ese baluarte de modernísima tecnología segregacionista a lo largo de 1200 kms. Su financiación también ha sido aprobada (los reportes periodísticos señalan un monto de US$ 1200 millones de los US$ 6 mil millones solicitados). Al hacerlo Estados Unidos ha cruzado estratégicamente una línea histórica en América que tiene el potencial de dividirla con mayor intensidad en momentos de grave fragmentación hemisférica, de generar más antinorteamericanismo regional como variante del antiliberalismo emergente y debilitar a los gobiernos democráticos que, como el de México, hacen esfuerzo denodados para mantenerse en la línea de la modernidad.


Los congresistas norteamericanos que han apoyado la ley amparados en los prolegómenos de la campaña electoral, no tienen idea del daño que acaban de causar. Por ello, no basta la solicitud de paciencia planteada por el Subsecretario de Estados de Asuntos Hemisféricos, el señor Shannon a los países latinoamericanos a la espera de una ley migratoria de carácter integral. La respuesta de nuestras cancillerías debe de recurrir a la elocuencia de Ronald Reagan: “ Señor Bush, derrumbe usted ese muro” que se parece mucho al de Berlín.

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