• Alejandro Deustua

El Mundial y la Nación

El campeonato mundial de fútbol no sólo es el torneo de mayor convocatoria global sino también la insuperable contienda lúdica entre naciones antes que entre Estados.


Si bien los contendores provienen de Estados nacionales, ellos no compiten en función de gobiernos, soberanías o jurisdicciones sino en representación de comunidades con identidades básicas formadas en culturas y espíritus gregarios, valores y modos de vida singulares. Ellos representan a comunidades nacionales mimetizadas con sus equipos en la cancha.


A diferencia de los clubes trasnacionales, las selecciones confrontadas son la más pulcra expresión del nacionalismo y la alegoría más pacífica del conflicto a la que asistimos a través de medios globales.


Como en el mercado, el esfuerzo de esos equipos nacionales son recompensados con goles, clasificaciones y triunfos finales (o privados de ellos) en beneficio o detrimento emocional de corporaciones formadas por millones de accionistas-ciudadanos.


Como en la guerra, esos competidores se enfrentan, a pesar de los empates, en extraordinarios juegos de suma cero en los que ellos empeñan su vida profesional y el aprecio ciudadano sabiendo que al final habrá un solo ganador, un emperador que no sojuzga y que se renueva cada cuatro años.


Como en las religiones, los contendores tribales comparten pasiones místicas y heroicas, realizan sacrificios y hazañas que redimen espiritualmente jugándose el pellejo por una victoria que exalta la identidad nacional.


Como en la comunidad internacional, los competidores cooperan también entre ellos para que la sobrevivencia colectiva del juego, organizada en reglas por jueces e instituciones comunes, permitan que cada nación futbolera pueda volver al foro en el campeonato siguiente.


Y, a pesar de que los integrantes de estas representaciones comunitarias –los jugadores- son asalariados desiguales, todos laboran con su mejor esfuerzo procurando la mayor productividad, los mejores tácticas y diseños de juego, la mayor eficiencia de procesos y la maximización de resultados en procura del éxito y de su mejor posicionamiento en el mercado futbolero casi siempre coincidente con el reconocimiento y gratitud nacionales. Cuando fracasan, el menosprecio social es el cruel castigo que les imponen las naciones que representan.


Si alguien pensó que la globalización trasnacionalizaría todos los comportamientos y desarraigaría todas las identidades, el campeonato mundial nos recuerdo cuán lejos estamos de ello.


Y si los que no leyeron a Smith creyeron que el mundo era el coto exclusivo de los individuos, este campeonato los devuelve a la realidad de la nación. Ésta, mimetizada en una de sus formas lúdicas más expresivas, muestra que el triunfo es mejor apreciado en el marco comunitario proveedor de identidad y recompensas según el esfuerzo y habilidad de cada quien.


De este tipo de nacionalismo deberían aprender gobernantes y funcionarios que prefieren definir el interés nacional a su imagen y semejanza.


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