• Alejandro Deustua

El Mestizaje Como Condición Nacional y Aproximación a Occidente

15 de octubre de 2021


En abierta contradicción con la realidad cultural y demográfica latinoamericana, este 12 de octubre el dictador Nicolás Maduró se ha sumado a la victimización nativista y antihispánica de los mestizos presidentes Pedro Castillo y Andrés López Obrador y del mestizo mayor, Evo Morales.


Al respecto, Maduro ha reiterado el requerimiento de AMLO a España para que el Jefe de Estado de este país pida perdón por los abusos cometidos durante la Conquista.


Éste no es el caso de Castillo quien, en su discurso de toma de posesión del cargo, se remitió a un pequeño recuento plañidero sobre las formas prepotentes (y, en efecto, violentas) de la conquista y sobre sus consecuencias.


Y, en lo que toca a Morales, en lugar de un pedido de disculpas ha habido más bien marginación constitucional e histórica de la repudiada época colonial que se consigna en el Preámbulo de la Carta Magna de la República Bolivariana. Allí aparece la era precolombina quechua-aymara bucólicamente idealizada sólo para “dejar atrás a la conquista y al Estado “republicano y neoliberal”. La República Plurinacional se pretende así, en el 2009, absolutamente original u originaria. Esa pretensión constitucional fue, curiosamente, asistida por pseudo-académicos españoles bien pagados y, según algunos, cercanos a Podemos, el híbrido partido español asociado al Partido Socialista proclive a una mayor fragmentación autonómica de España.


Como es evidente, el conjunto de estos reclamos anti-hispanos lleva implícita una nueva y artificiosa versión del indigenismo con el objeto de otorgar a las sociedades nacionales referidas un pretendido sello multicultural que divide y dispersa antes que unifica. Con un agravante: la forma en que se norma esa pretensión (en el caso boliviano) o se plantea el discurso multicultural (Perú, Venezuela) convoca anacrónicamente a nativismos disfrazados de diversidad a contrapelo de la calidad comunitaria de la Nación.


En Estado débiles en los que la fragmentación social y política tiende hoy a incrementarse, ese clamor es fuego cercano al polvorín en que se asientan hoy tales unidades políticas. Éstas, desprovistas o despojadas de un factor cohesionador social y cultural reconocido y satisfactorio para el conjunto ciudadano, absorben el discurso nativista de una manera que aviva el cuestionamiento de instituciones y autoridades ya bastante deslegitimadas. La alternativa pretendida es, por tanto, la dictadura y/o el autoritarismo como instrumento salvador de la unidad política.


Tal es el efecto “democratizador” de la propuesta multicultural local que tanto aliento recibe, además, de Estados Unidos y Europa. Es extraño que esos Estados, representantes centrales de Occidente, promuevan y aplaudan esta tendencia que, con el pretexto de proteger a las “minorías” nacionales, pretende un orden democrático que está (o estará) bien alejado de la civilización occidental a la que, periféricamente, pertenecemos los latinoamericanos, iberoamericanos o hispanoamericanos.


A la luz de la experiencia boliviana y de la que se intenta hoy el Perú, ese proceso conduce a la organización ideologizada y forzada de minorías sindicalizadas y contrarias a un Estado aglutinador moderno. Como puede comprobarse, su dinámica social, que idealiza una vuelta al pasado nativista, orienta esa mistificación hacia nuevas formas de organización “indigenista” (los sindicatos cocaleros o el magisterial vinculado a Sendero Luminoso, p.e.), a su asociación con el ejercicio de la violencia (el narcoterrorismo en el VRAEM, p.e.) o de la coacción (p.e., partidos “orgánicos” sin disensos sensato como el MAS boliviano o Perú Libre).


Sobre esas bases, estas organizaciones denuncian el “contrato social” existente y proponen, contradictoriamente, el anacronismo mediante “un nuevo pacto social” autoritario y dirigista en lugar de modernizar el existente acuerdo constitucional.


Esa dinámica pasa por la anarquía rediviva y tira por la ventana el concepto de Nación que proviene de una comunidad que comparte “naturalmente” principios y valores forjados en el largo (pero muy lento y vulnerable) proceso de modernización económica y social.


A ello es funcional un contexto externo cuyos agentes, luego de abrir mercados, generalizar las formas democráticas y establecer patrones globales de comportamiento (p.e. el respeto a los derechos humanos y al medio ambiente), fracturan y debilitan lo que acaba de construir de manera imperfecta.


De ese cuestionamiento dan fe los nuevos nacionalismos y regionalismos cuyos tutores gubernamentales exaltan la diversidad inconexa dentro de sus propios países y regiones. Y, de manera irracional, sobrevaloran el multiculturalismo –del que el indigenismo abreva- en países en desarrollo que carecen aún de vertebración estatal y social adecuada.


Esa fuerza centrífuga externa se afinca en los países en cuestión afiliando el indigenismo con el nacionalismo antioccidental al tiempo que éste pretende cubrirse de la influencia externa desarrollando formas primitivas de regionalismo carente de integración (una realidad bien distinta a la europea o la asiática). Tal anacronismo se expresa en quimeras decimonónicas como la de la “Patria Grande” bolivariana.


Como es evidente, esta pretensión viene siendo instrumentada con intensidad creciente y como excusa frente al fracaso de gobiernos socialistas (Venezuela) o de tendencia socialista (Bolivia) cuya incapacidad, se está llevando de encuentro a las comunidades nacionales (o el intento de conformarlas).


En efecto, tal pretensión intenta revertir los esfuerzos de construcción de la nacionalidad reemplazándolos por simples sociedades basadas sólo en el contrato de intereses (los nuevos “pactos sociales” ) entre múltiples sectores nativistas y el resto de la ciudadanía. Al tiempo que claman superioridad moral en el esfuerzo, esa prevalencia se desea mantener por el simple ejercicio de la fuerza (Venezuela) o de coacción de un grupo étnico sobre el conjunto ciudadano (Bolivia).


Como elemento de soporte de esos grupos nativistas de formato plurinacional o multicultural viene muy a mano la identificación de un enemigo externo que justifique adicionalmente su autodefensa y, por tanto, su supervivencia. Por ello es bueno traer a cuento al viejo colonizador (España, p.e.) como símil del viejo discurso antimperialista y antioccidental. Y en el proceso denostar (o simplemente marginar) toda alusión al mestizaje que nos vincula raigalmente a Occidente.


Concentrémonos, de momento, en este punto. Si en el centro del discurso indigenista el factor étnico es esencial , el mestizaje erosiona ese factor devolviendo la fantasía nativista a la realidad.


En efecto, resulta extremadamente interesante que en países predominantemente mestizos como los son Perú, Venezuela y, quizás en menor proporción Bolivia, el mestizaje no aparezca en el lenguaje y el debate políticos (y que, salvo excepciones, hasta haya dejado de ser tratado en el quehacer académico, político partidario y cultural cuando nuestra esencia es, en esa materia, esencialmente mestiza).


La exclusión de tan importante realidad, sin embargo, no ha escapado a la estadística. En efecto, según la Encuesta Nacional de Hogares, la mayoría de los peruanos se autoidentifica como mestiza (50.8%) mientras que la autoidentificación quechua es del orden del 21.5% y la suma de quechuas, aymaras y nativos amazónicos es de 25.4% del total (los negros, morenos y zambos corresponden al 6.2% y los blancos al 5.3%).

https://www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/publicaciones_digitales/Est/Lib1642/cap02.pdf


De otro lado, el porcentaje de peruanos que hablan castellano como lengua materna correspondía en 2017 al 76.4% (20.1% son quechua hablantes, 2.8% hablan aymara y 0.7% alguna de las lenguas de la Amazonía) según el INEI.

https://www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/publicaciones_digitales/Est/Lib1711/cap07.pdf


Es más, si la lengua es una característica principalísima de las comunidades humanas, la religión también los es: en el Perú el 76% de los ciudadanos se declaran católicos. https://www.inei.gob.pe/media/inei_en_los_medios/13_ene_Peru-21_14-y-15-a.pdf


Si en ambas categorías predominan factores de origen europeo se concluye que el carácter etnográfico y religioso de la población peruana no sólo es predominante mestiza y católica sino que el poblador peruano tiene raíces culturales locales fuertemente atadas a Europa y Occidente.


Entonces, ¿por qué le cuesta tanto al presidente Castillo ver esa realidad? ¿Es que no transita por el centro de Lima o no ha visto pintura barroca cajamarquina? Si su discurso e ideología no percibe esa masiva evidencia y, en consecuencia, insiste en desnaturalizar a los peruanos y ofender a España, tenemos en la Jefatura del Estado un serio problema de distorsión perceptiva.


De otro lado, en Bolivia la predominancia del mestizaje es también clamorosa. Según un estudio de la Fundación Boliviana para la Democracia Partidaria de 2009, el 70.1% de los bolivianos se declaran mestizos o cholos y sólo el 19.9% se autoidentifica como indígena originario. De otro lado, 5 encuestas sobre la materia indica que las mismas personas que se declaran mestizas también se identifican, en alguna medida, como miembro de alguna etnia.

Esta aparente contradicción deriva del hecho de que el censo boliviano del 2001 no incluyó la opción “mestizo” al tiempo que planteó sólo opciones referidas a algún tipo de pueblo originario. En el borrador censal del 2011 se insistió en el error (Página Siete. La Paz). Como consecuencia, el 58% de los bolivianos afirmó no pertenecer a ninguno de los 36 pueblos indígenas reconocidos por la Constitución (El País). Si esa mayoría poblacional no es originaria ni blanca es, entonces, mestiza.


En consecuencia, la condición “plurinacional” del Estado boliviano está en cuestión y la encuesta del 2009 que indica un predominio marcado de la población que se autoidentifica como mestiza parece más cerca de la realidad. A pesar de la asistencia de entidades internacionales en la aclaración de este problema, hay indicios de que Morales ha deseado atajar la realidad mestiza de su país. A estos extremos se puede llegar en la materia.


En cuanto a Venezuela remitámonos a una afirmación: “Venezuela es un país que llega al siglo XXI aceptando el mestizaje fecundo que lo ha hecho un país pardo. Luis Moreno Gómez (1987) lo afirma sin titubear: Venezuela es parda, parda en la piel, parda en la mente y en la vida social” (Dinorah Castro de Guerra. Antropóloga, M.Sc. y Ph.Sc. en Genética Humana, Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), Venezuela y María Matilde Suárez. Socióloga. Doctora en Etnología, Université de Paris, Francia. Investigadora.

https://www.interciencia.net/wp-content/uploads/2018/01/654-CASTRO-5.pdf


Si ésta es la realidad en Perú, Bolivia y Venezuela bien harían sus gobernantes en dar cuenta del mestizaje como centro de atención y base de aproximación a sus respectivos países y a Occidente antes que emprenderla contra uno de sus orígenes (España) y atizar el mito nativista u originario.


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