• Alejandro Deustua

El Medio Oriente Agrega Nuevamente Desestabilización a un Frágil Sistema Internacional

De manera simultánea a la absorción de Crimea por Rusia, del fortalecimiento de la proyección de ese Estado sobre Europa del Este y de la afirmación coercitiva de su naturaleza euroasiática el Medio Oriente está cambiando de fisonomía.


En efecto, la toma de dos de las ciudades más importante del norte de Irak (Mosul y Tikrit) por fuerzas del ISIL (Estado Islámico de Irak y del Levante) que, a su vez, controlan una pedazo del territorio oriental de Siria, está convirtiendo a una fuerza terrorista desprendida de Al Qaeda en un ejército de ocupación.


Esta violentísima fuerza terrorista sunita, que se ha enfrentado a las fuerzas norteamericanas, ahora retiradas del escenario y cuyo líder principal fue muerto por éstas, está además consolidando posiciones que no parece ser precisamente sitios de refugio sino las bases de un territorio que, según el objetivo de los atacantes, podría convertirse en el sustento del califato que los extremistas árabes buscan en la zona.


Esta situación deriva, en gran medida, de la irresponsabilidad del gobierno iraquí que, habiendo logrado el sustento para reconstruir la institucionalidad iraquí, se ha comportado sectariamente favoreciendo a chitas y marginando y persiguiendo a sunitas.


En efecto, en lugar de focalizarse en la prioridad de lograr un Estado gobernado por sus propias fuerzas, el gobierno iraquí ha potenciado el conflicto religioso árabe, tirado por la borda el esfuerzo de la coalición que derrocó al dictador Hussein (un sunita), infertilizado el esfuerzo de guerra aliado (y, especialmente, el norteamericano luego de que éste cometiera el error estratégico de destruir la fuerza armada iraquí sin distinguirla del dominante partido Baath) y generado un vacío de poder en la zona que tampoco ha sido llenado por las facciones kurdas del norte iraquí. Así el gobierno de Nuri Maliki, en teoría militarmente superior, está derivando en un Estado impotente.


Como consecuencia, hoy vuelve a reinar el caos en la antigua Mesopotamia mientras las fuerzas de ISIL avanzan y provocan el retorno beligerante de las fuerzas chiitas iraníes restaurando las condiciones bélicas de una alianza faccional intolerable para los vecinos.


Y si se toma en cuenta que el ISIL forman parte también del amorfa agrupación de rebeldes que combaten a Asad en Siria, será difícil que esos grupos puedan ser asistidos por Occidente sin antes asegurar destinatarios más seguros.


La consecuencia es, de un lado, el aumento exponencial de la amenaza árabe radical en Mesopotamia y, del otro, la creación de una entidad bastarda con vocación estatal que agudizará la desestabilización de la zona e incrementará la amenaza a Occidente.


A este escenario se sumará el arraigo de un dictador en Siria que, combatido por Occidente, puede, sin embargo, terminar siendo el mal menor. Especialmente luego del fracaso de la denominada “Primavera Árabe” que ha desestabilizado el Norte de África dejando en pie reformista sólo a Túnez y Marruecos y en manos de un nuevo gobierno militar a Egipto (éste, que ya recibe ayuda norteamericana, ha pretendido legitimarse con unas elecciones en las que ha ganado, al estilo soviético, con el 95% de los votos).


Así, a una situación inestable en Europa del Este que confronta a Rusia con Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN se ha sumado una seria involución en el Medio Oriente donde facciones terroristas pretenden constituir un Estado, gobiernos militares suceden a otros mientras los demás luchan por no caer en el caos o simplemente han desaparecido hasta nuevo aviso (Libia).


Mientras Europa del Este aún puede estabilizarse mediante la transición cooperativa a un nuevo orden (difícilmente Crimea sea devuelta), la segunda parece abandonada a su suerte sin que la potencia mayor haya podido lograr progreso en la solución del problema palestino-israelí y con las conversaciones sobre enriquecimiento de uranio por Irán semiparalizadas.


Tal desequilibrio del sistema internacional –al que no agregaremos hoy el estado de contienda en el norte y este asiáticos, resulta extremadamente alarmante.


Frente a ello las fuerzas de Occidente están en la obligación de seguir desempeñando un rol de pretensiones estabilizadoras. Y éste no pasa, por su retroceso militar ni el sobredimensionamiento diplomático que se viene probando insuficiente.


Estados Unidos, la OTAN y los miembros aptos de la Unión Europea deben poder reaccionar como las grandes potencias que son, la urgencia debe poder ser evaluada en el ámbito de la ONU, coaliciones ad hoc de Estados con intereses convergentes deben planificarse y los socios latinoamericanos de Occidente, además de dar su consejo, deben tratar de brindar su apoyo entendiendo que también afrontan el riesgo sistémico cuyas manifestaciones económicas ya son evidentes. Esos roles no podrán ser sustituidos por unos cuantos drones monitoreados desde Washington.


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