• Alejandro Deustua

El Fútbol Como Sistema y la Fifa Como Orden

El futbol profesional puede tener un carácter global pero su esencia competitiva se define nacionalmente. Esta característica se repite con cada campeonato mundial que congrega identidades, intereses y pasiones locales antes que principios colectivos (salvo por la necesidad de respeto de las reglas del juego, el fair-play y del fútbol mejor jugado según el criterio de cada quién).


Definido así, el fútbol y su organización se asemejan al sistema internacional y su orden se rige por los regímenes que regulan la competencia organizada.


En efecto, el fútbol se organiza en una especie de sistema westfaliano donde selecciones y equipos representan a sus Estados en contiendas lúdicas (la primera de las cuales se escenificó en Montevideo en 1930).


Ese sistema se estructura en torno a polos de poder y se despliega en regiones en las que predominan unas pocas potencias. A pesar de que el balance de poder mundial en esta materia ha devenido en un instrumento cada vez más dinámico en proporción al mayor número de equipos nacionales (que, a su vez, incrementan su capacidad competitiva), el sistema se ordena mediante una competencia de selecciones y clubes generalmente dominada por dos regiones: Europa y Suramérica. Aunque África muestre una influencia mayor, Asia anuncie un repunte intermedio y Oceanía deje nota de apariciones cada vez menos decorativas, estos ámbitos están lejos de alterar el predominio anunciado.


Así, en el marco de las diecinueve copas mundiales disputadas hasta hoy (descartando la brasileña del 2014 que no ha producido todavía un campeón), ocho han sido ganadas por suramericanos y once por europeos. Esa tendencia no ha sido quebrada ni por la primera potencia mundial real (Estados Unidos) ni, descartando a Brasil, por ninguno de las potencias emergentes agrupadas en los BRICS (entre ellos, sólo Rusia y Suráfrica juegan en este sistema al más alto nivel, mientras que los países de mayor densidad demográfica como China e India son históricamente marginales aunque formen parte del régimen de la FIFA).


Así el gran campo de batalla del fútbol ha sido tradicionalmente dominado en Europa por Italia (4 copas mundiales), Alemania (3), Inglaterra (1), Francia (1) y España (1) y en Suramérica por Brasil (5 copas mundiales), Argentina (2) y Uruguay (2).


Al margen de estas potencias ninguno de los equipos que representan a las 208 asociaciones nacionales ha ganado una copa del mundo (aunque este año pudiera aparecer alguno más, éste será también europeo o suramericano).


En términos de normas y reglas este sistema es ordenado por una gran cofradía (la FIFA) que se define como entidad sin fines de lucro cuyo órgano supremo es el Congreso de la entidad (una especie de Asamblea General de la ONU) que se reúne cada dos años y cuyo agente ejecutivo principal es el Presidente que se elige periódicamente (cada cuatro años) sin límite reelectoral.


A pesar de que cada asociación integrante del Congreso dispone de un voto, la FIFA ha tenido sólo ocho presidentes desde su fundación en 1904. Estos grandes popes han sido generalmente reemplazados en el cargo por razones extra-democráticas vinculadas a la salud u otros intereses.


Ello otorga al presidente de la FIFA (siempre, por tradición e interés, un europeo con la sola excepción de un brasileño entre 1974 y 1998) un inmenso poder. Éste tiende a ejercerse de manera corporativa y piramidal con estructuras muy sofisticadas en los países mayores y extremadamente primitivas en los menores.


En este marco ineficiente y anacrónico la FIFA interactúa con el mercado global del espectáculo y de sus actores principales -los jugadores y sus soportes- a lo largo de un entramado de entendimientos entre representantes, autoridades institucionales y caciques locales que invaden el ámbito de las confederaciones regionales.


La opacidad de las reglas permite la porosidad y es proclive a la corrupción en varios niveles. Mediante lazos feudales y corporativos autoridades locales enquistadas en el poder a través alianzas provincianas adineradas (cada cual a su escala) se vinculan con las más altas en el escalafón. En el proceso, éstas tienden a asegurar la permanencia de los presidentes de confederaciones regionales y la del propio presidente de la FIFA (el actual cuenta ya con dieciséis años en el cargo que parece un período modesto comparado con otros directores mejor recordados).


Este tipo de sistema interactúa con los países candidatos a ser sede de los campeonatos del mundo. Éstos y la FIFA se encargan de las negociaciones con agentes privados encargados desde el patrocinio publicitario hasta derechos televisivos mientras los locales se hacen cargo de la realización de obras a que el Estado se compromete. Y todo funciona bajo la jurisdicción FIFA superando, a veces a la nacional.


En el caso brasileño ello ha llevado a elevar el precio de la infraestructura necesaria a US$ 11 mil millones sobrepasando de lejos los montos originales. Como si ello fuera poco, se ha permitido que miembros sin ninguna tradición pero con mucho dinero y excentricidad puedan organizar mundiales en medio del desierto a un costo económico y laboral (vidas y condiciones de trabajo) escandaloso.


Tales costos y prácticas del orden futbolero están generando extraordinarios pasivos sociales expresados en graves protestas dentro los países organizadores que superan los beneficios comerciales y políticos del súbito incremento de la cohesión e identidad nacionales que el fútbol genera.


El sistema que envuelve ese orden bien podría adecentarse si sus representantes desearan mejorar la competencia. Pero, en apariencia no lo desean. Menos cuando éstos están al tanto de su importancia política, lo que ha llevado a altas autoridades –Henry Kissinger de su mejor época entre ellos- a procurar mejorar su aceptación mundial y la de sus países mediante el auspicio del juego bonito.


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