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  • Alejandro Deustua

El Estado de la Unión

14 de febrero de 2023



El “Estado de la Unión” presentado por el presidente norteamericano ante su Congreso es un acontecimiento anual de gran relevancia internacional. De él se espera tanto el diagnóstico de la situación de la primera potencia como su derrotero inmediato. El resultado, sin embargo, suele no corresponder a las expectativas globales.


Cargado de tintes partidarios y dirigido principalmente al ciudadano norteamericano, la atención a la situación interna debe, como es obvio, prevalecer sobre la externa. Pero en tiempos de gran inestabilidad y en medio de un gran movimiento de fuerzas sistémicas, la excesiva desatención a la situación internacional incrementa la preocupación general.


Especialmente si esa desatención se limita a mencionar, sin más, la guerra en el Este de Europa, que no ha dejado de escalar desde que Rusia invadió Ucrania y a sugerir que el conflicto sistémico con China parece estar revertiendo en beneficio norteamericano. Pocas veces en la historia contemporánea de los Estados Unidos su presidente ha dejado de informar, tan aparatosamente, sobre su política exterior.


Entendemos que ello pueda deberse a la magnitud de los problemas nacionales de los Estados Unidos y a la afirmación de una nueva candidatura presidencial. Pero aquéllos también registran vacíos que debieron esclarecerse.


En efecto, el presidente Biden ha sostenido que su gobierno está encaminando la recuperación económica de su país con la mayor creación de empleos de la historia en menos de un período de gobierno (12 millones de puestos), que el COVID ya “no controla la vidas” de los norteamericanos y que se ha superado “la más grande amenaza a su democracia (la herencia Trump) desde la Guerra Civil”(1861-1865).


Estos logros son, sin duda, muy importantes. Pero no resaltaron que, el año pasado la economía norteamericana evitó dos grandes peligros: una fuerte recesión y una galopante inflación. En el primer caso, se detuvo la desaceleración y se recuperó en algo la senda del crecimiento (2%, FED) mientras que los 7 incrementos de las tasas de interés lograron que la inflación comenzara a declinar (6.5%). Sin embargo, los temores recesivos forman aún parte de las expectativas y, por tanto, el FED mantendrá sus políticas contractivas (aunque sin mayores incrementos de tasas).


Mientas tanto, si la inversión no residencial creció en el año, la residencial se contrajo fuertemente y el ingreso disponible se recuperó sólo en el segundo semestre permitiendo un mayor consumo que apuntaló el crecimiento.


De otro lado, si bien el desempleo cayó en términos históricos (a 3.5%), la demanda de trabajadores no ha sido alcanzada por la oferta en medio de un indefinido cambio del mercado laboral (¿trabajo híbrido?) manteniendo un fuerte componente inflacionario (MS).


Por lo demás, el inmenso gasto público (US$ 6.7 trillones) fue superior a la recolección tributaria (Tesoro), incrementando el déficit y la altísima deuda alimentados por Trump. Estos desequilibrios no encontraron alivio comercial en tanto el déficit correspondiente ha subido a 12.2% (NYT).


Aun si estos detalles no fueron presentados por el presidente Biden, que la economía norteamericana esté en mejor pie es una muy buena noticia para casi todos. Pero sus problemas no aseguran aún los sólidos fundamentos de largo plazo requeridos. Y sus políticas industriales y de sustitución de importaciones corroboran que el rol del Estado va en aumento junto con el gasto social (seguridad social, médica, subsidios).


Esa tendencia parece consistente con un preocupante sesgo mercantilista: el uso sistemático de medidas coercitivas unilaterales y el recurso proteccionista que no ha cambiado en relación a su predecesor. Este fenómeno, que castiga a terceros, contribuyó a explicar la concentración del presidente en el progreso económico de su país sin tener en cuenta al resto del mundo.


Este problema es registrado por la UNCTAD que estima que el comercio global habría crecido sólo 3% en el año (por debajo de lo esperado en el 1er semestre) (ONU).


De otro lado, si la recuperación de la democracia norteamericana es esencial para Occidente, su impacto en la comunidad internacional, una vez superado ese resorte de autoritarismo que es el COVID, no es motivo hoy de exaltación pública.


Que el presidente Biden espere fortalecerla en el mundo es alentador. Pero ello no provendrá sólo de la defensa de Ucrania ni de la expectativa de su incorporación a la Unión Europea en lontananza. Si bien el 45.3% de la población mundial vive en alguna forma de democracia, sólo 8% lo hace en condiciones de “democracias plenas” (vs 8.9% en 2015). Si bien aquéllas se ha incrementado en número (de 21 en 2021 a 24 hoy), la cantidad de estados autoritarios se mantiene (y los híbridos han crecido).


Más aún, en la versión más pesimista de Freedom House 2022, los países que han “mejorado” son menos (25) que los que han “declinado” (60) en un escenario en el que las capacidades de eludir el Estado de derecho por Estados autoritarios ha aumentado.


De otro lado, si el presidente Biden pretende en serio contribuir a mejorar esa realidad, el esfuerzo norteamericano bien podría diversificarse en asuntos de seguridad y de mercado.


Si en lo primero sólo el principio de la integridad territorial estuviera en juego en el conflicto de Europa del Este, Estados Unidos bien podría apoyar, por ejemplo, al Perú en recuperar fortaleza y convicción en la lucha contra el narcoterrorismo tan nocivo para los Estados democráticos y su territorio. Y en lo segundo, habría sido importante que el presidente Biden tomara en serio la necesidad de integración comercial o la reorientación de inversiones norteamericanas en el formato “near shore” p.e.


Especialmente si el esfuerzo de la primera potencia en consolidar la centralidad sistémica implica también desplazar a China de escenarios próximos a Occidente y minimizar la dependencia que aquélla genera.


Y si la prevalencia sistémica y geopolítica reclama la formación de alianzas y asociaciones adicionales a las de los frentes atlántico (OTAN) y pacífico (QUAD), es extraño que el presidente Biden insista en definir su esfuerzo sólo como un incremento de las propias capacidades prescindiendo de otras formas de asociación como las que produciría una recomposición multilateral. Ese planteamiento promueve la fragmentación global y genera preocupaciones en Latinoamérica.


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