• Alejandro Deustua

El Desempleo en la Unión Europea: Un Riesgo Estratégico

Entre varios otros fundamentos, los procesos de integración se justifican por la creación de bienestar colectivo y la eliminación de la discriminación entre sus miembros. Luego de medio siglo de experiencia y de consolidarse como el escenario de mayor profundidad y amplitud integracionista, la Unión Europea genera hoy todo lo contrario: el malestar que golpea a sus ciudadanos –es decir, los de sus estados- es enorme y la discriminación que lo acompaña es inédita desde 1957. Éste es hoy también más grande y peligroso porque el incremento del riesgo de agitación social en la UE es el mayor entre todas las regiones del mundo (1).


Tal situación, creada por la crisis de la unión monetaria y por la crisis norteamericana, obliga a preguntar si el desempleo y desigualdad que hoy pervierte la zona tienen correspondencia en el valor del euro. Este interrogante no ha sido respondido por las autoridades de la UE (la Comisión se niega a considerar sobre esa posibilidad y, consecuentemente, no ha preparado o no ha hecho público el cálculo de costo de salida del sistema monetario de los miembros más afectados para facilitar la solución de sus problemas) sino a través de la conducta de sus autoridades e integrantes.


En efecto, la focalización en la salvación del euro –cuyo proceso se considera avanzado pero aún en riesgo- y en el equilibrio de las economías de quienes hoy lo padecen mediante durísimos programas de ajuste dispuestos por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y FMI han sido la máxima y excluyente prioridad. Estas medidas, que no han considerado suficientemente su costo social, han contribuido a generar, una vez descargado el efecto de la crisis, un desempleo comparable sólo con los que se vivieron en épocas de grandes catástrofes en el Viejo Continente.


Es más, salvo por el Reino Unido –que no pertenece a la Eurozona- ningún Estado integrante ha planteado la alternativa de una recuperación de soberanía en nombre del interés ciudadano y/o del interés nacional. En lugar de ello se ha instalado en la Unión Europea un debate entre los que desean un ajuste mayor y los que plantean uno menos violento cuyo centro de gravedad se desplaza hoy menos a la generación de crecimiento que a aliviar los plazos del ajuste de manera excepcional.


Y su eficacia no parece fiable como tampoco su estadística prospectiva. En efecto, la proyección de crecimiento de la UE para este año, estimada en un minúsculo pero esperanzador 0.3% por el FMI, ya estaría siendo contestada por esa misma entidad (2). Según The Economist esa proyección habría variado a la baja para estimar más bien una contracción de -0.2% que prolongará la recesión y consolidará una estructura vertical centro-periferia en el área que se esmeraba en distribuir los beneficios con equidad.


Esta realidad se refleja en un creciente desempleo que alcanza ya la tasa promedio de 10.9% para el conjunto europeo y 12% para la Eurozona según la OIT. Ello indica, como es obvio, que el gran logro de integración de finales del siglo XX –la moneda única europea- perjudica hoy más a los europeos que la emplean que a los que se han excluido del sistema.


En el agregado, ello se traduce en una inmensa masa de 26.3 millones desempleados (10.2 millones de los cuales surgieron sólo en los últimos cinco años) en la región que, junto con Estados Unidos, generó el mayor bienestar colectivo en la historia. Con varios agravantes.


El primero consiste en el hecho de que la discriminación propia del desastre no se limita a la consolidación de un centro de países solventes –con Alemania a la cabeza- y otros que no lo son, sino que incluye también la perversa y adicional jerarquía entre países con desempleo creciente desde el 2010 (un total de once) y países donde el desempleo ha descendido bajando de los niveles de 2008 (Alemania, Austria, Luxemburgo, Malta y Hungría). En el medio se ubica un grupo de países (denominados por la OIT como países de insuficiente recuperación) donde el desempleo ha cedido algo pero no ha decaído hasta los niveles de 2008.


Este último grupo, que permite abrigar cierta esperanza de que la mayoría revierta los niveles de desempleo de la precrisis, está sometido, sin embargo, a otra discriminación: el desempleo que afectaba a los jóvenes (que es estructural porque ya tenía un alto nivel antes de la crisis), ha alcanzado 23.5% en promedio. Este grupo generacional es, a su vez, objeto de una adicional y escandalosa triple discriminación: la que golpea a países como España o Grecia con desempleo juvenil bien por arriba del 50%, la que arrastra a 30% de los jóvenes al límite de la pobreza y a la exclusión social y la que condena a los jóvenes sin preparación (es decir, sin educación universitaria o secundaria no concluida) a padecer tres veces la dimensión de desempleo de sus congéneres.


Con semejante grado de discriminación entre países, pueblos y grupos generacionales –y de malestar consecuente-, la Unión Europea sólo puede esperar que el incremento del riesgo de agitación social sea alto o muy alto. Pero que el cambio del nivel de ese riesgo sea el más alto del mundo según la OIT ciertamente es una sorpresa y una amenaza estratégica mayor.


Si, luego de disfrutar un modo de vida que privilegió el consumismo, el exceso de riesgo en la inversión, la corrupción y la ausencia de disciplina económica establecida en el Pacto de Estabilidad, que la involución del modo de vida europeo derive en mayor riesgo social asociado a una mayor agitación no es sorprendente.

Lo sorprendente es que las redes de protección y los niveles de vida remanentes en Europa que debieran mantener a sus ciudadanos a distancia de los peligros sociales que afectan a las regiones con bajo nivel de desarrollo no estén funcionando o hayan dejado de hacerlo. Y la amenaza se explica porque la quiebra de la cohesión social en el corazón de Occidente puede ir más allá de la quiebra del euro según ese diagnóstico.


En efecto, el indicador de OIT muestra que la tasa de cambio del riesgo de agitación social en la Unión Europea (10% entre 2006-2007 y 2011-2012) casi duplica a la de Medio Oriente (6%) y es alrededor de doce veces mayor que la del Este y Sur de Asia y de América Latina.


Es verdad que estas regiones parten de niveles de riesgo mayores o altas y por tanto su ritmo de cambio debe ser menor o bajo. Pero aún así el ritmo de cambio del riesgo en la UE parece excesivo si se toma en cuenta la suma de los países que ya bajaron el nivel de desempleo del 2008 y los que han progresado en ello aunque insuficientemente.


El hecho es que, al margen de esta discusión metodológica, ese riesgo tiene carácter estratégico para América Latina porque el mercado europeo sigue siendo importante para nuestras exportaciones y nuestro financiamiento, porque la UE alberga a buena parte de nuestros migrantes y porque la fractura europea de largo plazo generará un vacío que otros, especialmente Asia, tenderá a ocupar en el sistema internacional sin mayor contrapeso.


Si la dimensión humana de ese desastre tiene también este contexto es necesario que el Perú y otros Estados sensatos del área puedan discutir con la UE su situación y cómo mejorarla o mitigarla.



(1) ILO: World of Work Report 2013: EU Snapshot 2013

(2) IMF: World Economic Outlook April, 2013


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