• Alejandro Deustua

El Arma Petrolera y el Interés Nacional

Un incremento súbito de 60% del barril de petróleo Brent debido a un ataque a una refinería saudita que trata el 6% de la oferta global de crudo muestra la persistente y extraordinaria vulnerabilidad de la producción mundial de hidrocarburos en el área de conflictos intratables más antigua del mundo.


Si el precio del barril no hubiera bajado rápidamente a niveles ligeramente superiores a los que se cotizaban antes del ataque, los mecanismos de trasmisión de la economía global habrían llevado el pánico recesivo a cada esquina del mundo.


Peor aún, ese impacto habría golpeado fortísimamente los mercados bursátiles porque ARAMCO (la empresa estatal a cargo de la refinería y producción saudí) planea una operación de colocación de papeles en las bolsas de productos básicos (ARAMCO suma ingresos superiores a los de Royal Shell, Exxon Mobil, Chevron y Total juntos –TE-).


Aunque The Economist da cuenta del escepticismo de los expertos sobre la recuperación efectiva del daño causado por misiles y drones a la infraestructura saudita, el hecho es que los mercados han creído en que la oferta se normaliza llevando tranquilidad, aunque no certidumbre, a las plazas de venta.


Un factor determinante en el retorno a la situación ex ante ha sido la oferta pública norteamericana (hoy, el primer productor mundial en términos nominales) de proveer de crudo al mercado acudiendo a sus reservas si fuera necesario.


Esa tranquilidad momentánea, debida a la alta sensibilidad positiva del sector hoy, ha derivado también de un cambio de escenario en los mercados que sufrieron los impactos de las crisis petroleras de los años 70 del siglo pasado. Felizmente un buen número de ellos ya no presentan flancos de vulnerabilidad financiera que, en aquella época, se concentró en altísimos niveles de deuda “empujada” por petrodólares reciclados en la banca privada a ridículamente bajas tasas de interés.


Para estos países –y para el resto del mundo- el problema económico es otro: la desaceleración incremental del crecimiento global y, especialmente, del comercio. Si el schock petrolero saudí hubiera devenido en permanente, el declive de la perfomance se habría incrementado sistémicamente dinamizada por el incremento de los precios del petróleo, una disfuncional vinculación con los mercados bursátiles y la fuerte caída de la demanda internacional.


En ese caso, como es evidente, las exportaciones de productos básicos se habrían contraído sustancialmente al margen de que los productores expandieran sus ventas para compensar la pérdida de valor con ganancias por volumen. El Perú y el resto de los suramericanos habrían ingresado a una espiral contractiva en el mercado real aunque la salud financiera regional la hubiera tamizado.


Tal es el peligro que hemos corrido y que nuestra vulnerabilidad indica que podemos volver a padecer.


En ese escenario Estados fallidos y desestabilizadores como Venezuela habrían recuperado sustento con renovadas ganancias petroleras generando aún más inestabilidad política en la región.


El problema general está fuera del control de los Estados pequeños y medianos. Pero algún margen de acción existe. Primero: vigorizar nuestras reservas y la producción nacional de hidrocarburos tan alicaída hoy por factores exógenos. Segundo, actuar dentro de nuestro ámbito de influencia.


Ello implica que la Cancillería peruana no debería eximirse ya de tratar de terminar en el plazo más inmediato con la influencia de la dictadura Maduro y la amenaza que genera. Para ello puede emplear el marco de la reunión de consulta del TIAR que ya ha sido convocada por los miembros del Consejo Permanente de la OEA para la segunda quincena de setiembre.


Pero si la Cancillería dispusiera abstenerse, tal como se abstuvo en la convocatoria de esa reunión, la Alta Dirección incurriría en responsabilidad mayor en tanto que habría sacrificado uno de los pocos foros en los que puede actuar en un marco de crisis global.


Como puede actuar aún en el plano multilateral en el actual período de sesiones de la Asamblea General de la ONU sumando su preocupación a la de los Estados que desean contener el conflicto iraní- saudita, en un punto alto de ebullición, sobre el cual no tiene capacidad de acción alguna que no sea la de la comunidad internacional.


Habiendo el Medio Oriente retomado su interminable e intratable dinámica belicista en una coyuntura en la que interactúan el retiro norteamericano del acuerdo nuclear pultilateral con Irán, la escalada militar entre Estados Unidos e Irán, la guerra en Yemen –otro Estado fallido- en la que a través de facciones distintas facciones se enfrentan Arabia Saudita y la potencia persa y el interminable conflicto árabe-israelí, es de suponer que los países liberales de nuestra región intentarán concertar alguna posición.


Aunque ese conflicto esté fuera de su alcance de realizaciones (pero no de sus efectos), su dimensión diplomática –de cuyos papeles depende tanto la política exterior peruana- debería haber participado hace tiempo en alguna acción colectiva para intentar distender el conflicto. Si ello no ha ocurrido en el pasado cercano, es hora de replantear nuestra acción externa tan concentrada en el poco eficaz Grupo de Lima o en declaraciones de condena del terrorismo internacional.


No es responsabilidad peruana que el conflicto sistémico siga escalándose. Pero sí está dentro de nuestras posibilidades tomar medidas preventivas en el campo económico nacional (y global si algún medio de cooperación puede establecerse), en el político regional y medidas colectivas en el campo estratégico multilateral.


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