• Alejandro Deustua

El Aislacionismo del Sr. Trump y su Efecto General en América Latina

En el siglo XIX y desde que terminó su vínculo con Francia luego de la guerra de independencia, Estados Unidos se rehusó a establecer alianzas de seguridad. Si esa disposición concluyó con la Primera Guerra Mundial, se retomó en la postguerra en el marco de la neutralidad hasta las inmediaciones de 1942. De allí en adelante la superpotencia, aún en épocas de plena hegemonía, requirió de aliados en múltiples escenarios. El Sr. Trump parece estar terminando con esa etapa de vinculación de su país con el mundo. Su perfomance en las recientes reuniones mantenidas con los principales socios occidentales lo comprueba.


En efecto, al inicio de la reunión cumbre de la OTAN sostenida entre el 11 y 12 de julio pasado, el Presidente Trump no tuvo mejor idea que iniciar su presentación con el hostigamiento, ante cámaras, de uno de sus mayores aliados –Alemania-, criticando la relación energética de ese país con Rusia y aduciendo, al mismo tiempo, que bajo esas condiciones aquélla solicitaba protección americana.


En apariencia, el Sr. Trump no sólo no parecía darse cuenta de que Estados Unidos, aun siendo la potencia mayor, no es ya el protector singular de Alemania sino un miembro principal de una alianza superior regida por una cláusula de seguridad que establece que la agresión a uno debe ser respondida por todos. Peor aún, el Sr. Trump prefirió cuestionar públicamente la credibilidad de su aliado sólo para reclamar paridad porcentual en el financiamiento de la alianza.


Si es verdad que los miembros de la OTAN se han comprometido a que sus contribuciones correspondan al 2% de su PBI, Trump confundió reclamo monetario con agresión verbal y estratégica más propia del trato con interlocutores inamistosos.


Ese tono, en apariencia, se mantuvo a lo largo de la cumbre dejando a todos una sensación de incertidumbre sobre la prioridad de la alianza en la agenda norteamericana. E intensificó en Alemania la convicción de que la Unión Europea no puede seguir dependiendo de la primera potencia para su defensa y que, por tanto, debe apresurar la organización eficiente de su propio marco de seguridad (que ya está nominalmente establecido).


Luego, en curso hacia el Reino Unido, el Presidente consideró que la guerra comercial iniciada con el escalamiento arancelario al acero y aluminio en la relación con China y con diferentes socios (incluyendo la Unión Europea) no debía ser objeto de la retaliación que las propias autoridades norteamericanas esperaban. Peor aún, Trump ya había minimizado esas respuestas exclamando que la guerra comercial era fácil de ganar. Sin embargo, cuando la retaliación ocurrió, la descalificación estratégica apareció con absoluta ignorancia de lo que está en juego: Europa es entonces un enemigo, dijo entonces el presidente norteamericano.


Antes de llegar al Reino Unido a bordo de esa retórica fratricida el Presidente criticó la debilidad del gobierno británico, elogió al renunciante Canciller Boris Johnson y atacó al alcalde de Londres. Tal fue la consideración que tuvo para su principal aliado en la “relación especial” trasatlántica.


De esta última y grave torpeza el Sr. Trump quiso escapar dando vuelo a un eventual acuerdo comercial con el Reino Unido, quizás improbable debido a las complicaciones del Brexit e ignorando que el acuerdo alcanzado entre la Unión Europea y Japón puede ser un incentivo para que el Reino Unido establezca más bien uno similar con la UE.


De esta manera el Sr. Trump agravó con promesas vacías un rumbo aislacionista que la comunidad internacional y la mayoría de las autoridades sensatas de la primera potencia rechazan.


Luego, habiéndose despojado, quizás sin saberlo, de toda capacidad de liderazgo en Occidente y habiendo reducido la imagen y el rol de la primera potencia a su acápite económico-militar, el Sr. Trump siguió rumbo a Helsinki. Ésa sería, dijo, la escala en la gira europea de más fácil gestión.


Y efectivamente lo fue para él como producto de su ligereza en el trato ruso-norteamericano, pero quizás no para su país ni para las instituciones de inteligencia norteamericanas que fueron denigradas frente al interlocutor ruso que había sido imputado de injerencia en las elecciones estadounidenses y que había sido la causa de las acusaciones del Sr. Trump contra la Sra. Merkel en Alemania!!.


Es más, desplegando toda la fantasía de la diplomacia presidencial, Trump indicó que, si bien la relación de su país con Rusia era pésima hasta entonces, a partir de ese momento ocurriría el milagro de una nueva etapa de innominada cooperación. Una relación constructiva entre Estados Unidos y Rusia puede ser útil para todos….siempre que se base en fundamentos sólidos o en procesos creíbles.


La eventual aseveración de que las más altas autoridades norteamericanas no son siempre fiables no es nueva. Pero ahora esa afirmación se ha fortalecido correlativamente a la pérdida de credibilidad del Presidente estadounidense en su país y en la comunidad internacional.


Tal es el costo de la improvisación, de la frivolidad y de haber transitado tan rápida y demagógicamente de la exaltación de la prioridad nacional, cuando Trump asumió el poder hace un año y medio, hacia manifestaciones inéditas, imprudentes e irracionales de aislacionismo no vistas en tres cuartos de siglo.


Esta situación ciertamente afecta de manera determinante a América Latina, la que de protestas anti-hegemónicas ha pasado hoy a la preocupación por la carencia de liderazgo hemisférico cuya concentración en el área no va mucho más allá del caso venezolano.


La expresión negativa de ese tránsito no sólo es estructural sino estratégica y diplomática.


En efecto, a la pérdida del núcleo cohesionador americano se ha agregado hoy la incertidumbre en el trato convencional con la autoridad norteamericana.


Ello ocurre porque mientras se manifiesta la “natural” tendencia al desalineamiento y/o diversificación que deriva de la configuración de una incierta multipolaridad, bajo las actuales circunstancias aparece también en la región la desorientación estratégica. Ésta es producto de que el escenario histórico de pertenencia (Occidente) está perdiendo un pilar fundamental (Estados Unidos) mientras el otro (Europa) se debilita. Agregue usted a ello la errática conducta de la superpotencia y tendrá a la vista determinantes factores de distorsión de nuestras políticas.


Bajo estas condiciones no es razonable esperar un nuevo orden regional y sí mucho “pragmatismo” en la conducta externa de nuestros países. Ello genera desorden al que contribuye tanto la creciente competencia extra-regional en América como la falta de cohesión política y económica latinoamericana. Estas fuerzas centrífugas llevan consigo el potencial de generar mayor fricción intra-regional.


Tal escenario podrá ir escalando lenta o rápidamente dependiendo, a su vez, de factores adicionales. Entre ellos, por ejemplo, de cuánto se intensifique la guerra comercial iniciada por Estados Unidos con socios y adversarios. En ella hasta los interlocutores organizados en acuerdos de libre comercio con la primera potencia corren el riesgo de ser afectado por el debilitamiento de los tratados respectivos y por medidas punitivas impuestas por Estados Unidos (al margen del caso de Canadá, el caso de México es una alerta al respecto).


En ese contexto, el incentivo para que los latinoamericanos y sus subregiones encuentren una mayor cohesión es manifiesto y debiera ser una primera opción de política. Pero ésta está impedida por la fragmentación regional pre-existente generada por Venezuela y Cuba y por nuevas manifestaciones de debilitamiento estatal que se expresan en conflicto interno con tendencias a la guerra civil (Nicaragua), colapso estatal (Venezuela) o fuerte erosión institucional (Perú, Brasil, Bolivia).


Es hora de que las políticas exteriores de los Estados suramericanos replanteen sus bases de interacción si no se desea que la anarquía, el conflicto y la incapacidad para afrontar nuevos desafíos estratégicos, económicos y tecnológicos los encuentren en situación de mayor vulnerabilidad frente a shocks sistémicos que pueden estar recién empezando.


Y habría también llegado el tiempo de que Estados con valores e intereses convergentes, intenten, minimizando las limitaciones de sus capacidades, proteger su interconexión (el caso, p.e. de la Alianza del Pacífico). Y, en función de ello, procuren éstos la estabilización del escenario hemisférico.


Ello será insuficiente para desempeñar un rol mayor en el ámbito global pero será determinante para procurar balancear su proyección asiática sin arriesgar su pertenencia occidental en un contexto de gran debilidad transatlántica y para dejar la puerta abierta a un cambio de la conducta norteamericana nuevamente vinculada al compromiso internacional.


La limitación adicional al respecto sigue siendo, de un lado, la debilidad sistémica para sustentar estrategias de gran escala (aunque fuera para reducir vulnerabilidades) y, del otro, nuestra afición a la imprudencia en esta materia de la que hay ejemplos que se encuentran no muy atrás en nuestra historia.


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