• Alejandro Deustua

El Abismo Nuclear en América Hace 51 Años

La descripción sumaria de la Guerra Fría que refiere que su dimensión “caliente” se libró en los países entonces denominados del Tercer Mundo es moneda corriente. Ésta es repetida en los medios y hasta en ciertos centros académicos de manera inercial aunque en tonos que dependen muchas veces de la profesión ideológica del predicador.


Menos popular es la descripción de esa etapa de la postguerra que incluye el rol activo y determinante que desempeñaron en ella ciertos países tercermundistas.


Uno de ellos fue, ciertamente, Cuba, que además de usar la fuerza para expandir la revolución comunista (empezando por América Latina y África) contribuyó activamente a llevar al mundo a las puertas del abismo nuclear en octubre de 1962.


A mediados de ese mes, Estados Unidos descubrió que misiles de alcance intermedio y cabezas nuclearse estaban siendo desplegados en la isla caribeña a 90 millas náuticas de Florida. Esos misiles tenían un radio de acción capaz de cubrir con fuego nuclear casi toda Norteamérica, toda Centro América y el Caribe y casi toda Suramérica (hasta el norte del Perú).


La amenaza cubano-soviética no podía ser más real y presente entonces. Especialmente si fue complementada con la transformación de Cuba en una base militar de la ex –URSS que albergó cinco decenas de miles de personal militar soviético además de armas convencionales avanzadas y un subsidio vital sin el que la inoperable economía de la isla podía sobrevivir.


En esas circunstancias, el 23 de octubre de 1962 (hace 51 años) el Presidente Kennedy anunció al mundo el bloqueo militar de la isla. Al respecto todas las medidas necesarias serían empleadas para evitar que Cuba siguiera recibiendo material militar ofensivo en resguardo de la seguridad norteamericana y continental.


La medida no fue unilateral sino producto de la aplicación de la disposición del TIAR que establecía que en caso de una agresión extracontinental el Órgano de Consulta de ese instrumento interamericano (equivalente al de la OEA) debería adoptar las medidas necesarias para asistir al agredido y para la defensa común de los Estados miembros (art 6).


Por lo demás, estas medidas se adoptaban en función de la “cláusula de seguridad” de ese instrumento que disponía que un ataque armado contra cualquiera de los Estados miembros sería considerado como un ataque contra todos los Estados miembros (art 3).


Si bien la amenaza nuclear soviética en Cuba estaba dirigida principalmente contra Estados Unidos, ésta alcanzaba físicamente a la mayor parte de América. En consecuencia, todos los integrantes del sistema interamericano y del TIAR (menos Cuba) votaron a favor de la disposición de interdicción norteamericana que no excluía la participación militar de otros Estados del área.


Si este fue el momento de mayor riesgo de extinción colectiva que ha vivido el Hemisferio también fue quizás el momento de mayor solidaridad interamericana (comparable lejanamente con lo actuado a propósito de los ataques del 11 de setiembre del 2001 contra Nueva York).


Luego vinieron las negociaciones soviético-norteamericanas a las que Castro se opuso. Éstas culminaron el 28 de octubre con el acuerdo del retiro de los misiles soviéticos a cambio de garantías norteamericanas de que no invadiría la isla y de que retiraría misiles similares en Turquía cuyo reporte público se haría seis meses después.


Fidel Castro, furioso, nunca perdonó a Nikita Kruschev por esa decisión negociad. Pero lo sobrevivió (Kruschev fue depuesto en 1964) como ha sobrevivido a todos los presidentes norteamericanos y latinoamericanos hasta el 2008 cuando “se retiró” sólo para ser reemplazado por su hermano Raúl que, en 1962 comandaba junto con Guevara y otros, una de las regiones militares de Cuba.


No existe en el mundo una autoridad política que se haya mantenido en el poder tanto tiempo después de haber llevado al mundo al peor de los crímenes: su destrucción total. Y no existe Jefe de Estado que, frente a la vigencia universal de los derechos humanos, de cuya violación sistemática Fidel Castro es personalmente responsable, se haya mantenido impune (y hasta moralmente protegido).


Y ciertamente no existe un personaje semejante que mantenga, más de medio siglo después de haber sometido a un pueblo, un cierto liderazgo en la región que antes agredió violentamente y que siga despertando la adulación y paternal tutoría sobre acólitos congéneres y Jefes de Estado.


La manera más piadosa mediante la que el resto del mundo puede exigir a Castro responsabilidad (es decir, castigo) es “abriendo Cuba al mundo” como se lo solicitó en La Habana Juan Pablo 2º. Algunos piensan que, en términos políticos, esa es la manera más realista de expiar culpas sin frustrar el futuro de la población antes sometida.


El problema es que Castro no siente culpa alguna y que, luego de haber apostado por la destrucción de medio mundo, sus seguidores prefieren no recordar o hacerlo soñando con un poder dominante y reincidente que no alcanzarán.


Es probable que la naturaleza se encargue del dictador Castro. Pero cuando Cuba se abra al mundo, debemos tener presente hasta dónde pudo llegar ese dictador.


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